Iba presurosa la Virgen María hacia mi casa y yo la seguía pensando en la bienvenida. Bendita entre las mujeres; Morena estás y graciosa; Alégrate Sión...no,no Alégrate, llena de Gracia. Sin saber porqué esta salutación me sonaba a nueva y sabida...
Llena de Gracia, llena de gracia yo me repetía, mientras su silueta apresurada recortaba el lejano crepúsculo. Una una viva imagen del canto que sus labios balbucían: ¡La voz de mi Amado! Helo aquí que ya viene, saltando por los montes, brincando por los collados. Semejante es mi amado a una gacela, a un joven cervatillo Ct2,8-9.
Me paré a contemplarla un ratito y Maria también se detuvo volviéndose hacia mi sonriente y repitiendo: “La voz de mi amado...saltando por los montes”
Jamás lograré explicar lo que pasó, pero en un instante temblaron hasta mis huesos: no, no repetía para Ella, era para mí que me repetía: Empieza a hablar mi amado y me dice: “Levántate, amada mía, hermosa mía y vente...porque...aparecen las flores” Ct.2,10-12
Cuanto más la escuchaba más claro veía que mientras yo me excusaba y demoraba su venida, la profundidad de mi ser la llamaba, y ella sencilladamente respodía: ¡La voz de mi amado!.
Sí, ya veo que muchos no me creerán; yo tampoco podía creerlo, pero la sonrisa de su rostro no mentía: este yo era su amado, y era para visitarme que apresurada me precedía. Cómo podía yo haberme jamás imaginado que doncella tan jovencita dominaba ya tanto recobeco de nuestra vida. Cómo admirarse ya de que se enamorara de la interesante Idea que es una Palabra eterna reclinada en un pesebre.
No les puedo decir si este despertar duró un solo instante o decenios. Qué más da. Pero me reveló en un momento qué gracia tan grande era andar el camino con Ella, la Agraciada. Hasta se me ocurrió a ver si no sería que se estaba entrenando conmigo su gran responsabilidad de educar al Hijo del Eterno Padre; quizás algunos se rían, pero llega un momento que cuanto más increíble es una cosa, más suena a hecho real.
Cortito resultó este quizás largo camino que parecía desvelarme eternidad tras etenidad, este camino hacia mi morada con la madre María...
No es el pan lo que da Vida al hombre
GUAUAU..Que lindo todo lo que van compartiendo...Me han recordado momentos hermosos pasados con María, uno de ellos hace años en unos ejercicios espirituales se nos pidió qe nos fueramos de pasadia con María y así fue mi contemplacion a aquel lugar, que hermoso aun recuerdo sus gestos , el ángel, fue tan linda esa experiencia que parecía real...María la llena de gracia intercede por nosotros...un abrazo grande y gracias por compartir lo que llevan dentro....
"Yo el amado..." Amado de María, la enamorada de la Palabra, que noche y día en su carazón la aposentaba, con silenciosos labios la repetía, mientras se iba configurando a su poderosa belleza por momentos. Ya desde sus principios jugueteaba con la Eterna Palabra y vestía sus delícias. Pero en la Anunciación algo nuevo había pasado. Era bella como siempre, pero ahora destellaba un poderío que no nos era conocido. No sólo acariciaba la Palabra: Con sólo el destello de su mirada la derramaba y repartía a su alrededor sin medida, como un sembrador.
Corto había resultado el camino en su compañía, y mi ser entero reposaba bajo la caricia de su inmenso maternal poder, recién estrenado.
Era Madre, ¿quién lo podía dudar? Sin repugnancias, admiraciones, avisos o severidades, como si de su propia persona se tratara, su penetrante mirada ya se había posado suavemente por todos los rincones oscuros de mi alma, sobre aquellas heridas y soledades que yo más rehuía. Aquellos secretos que me ahogaban de por vida, para los que no existía esperanza de cura ni alivio; en su presencia quedaron desposeídos de todo su veneno y osadía en un sólo instante; algo así como el parecido de aquellos demonios impotentes y avergonzados mirando la mano de Jesús, que los desposeía, en los dibujos de mi devocionario de la infancia.
¿Cómo podía ella saber tanto de mi; cómo podía amar tanto hasta mi misma amargura y pena, ella tan inexperta jovencita, sino porque en aquellos momentos de mi enajenación y sueño en Nazaret, el Espíritu nos la había hecho madre?
El chirriar del cerrojo de mi jardín, me sacó de repente de la concentración y éxtasis que embargaba mi pecho. Siempre medio despistado este Jordi, además de enajenado por los misterios de aquella jovencita madre:
¿Que pasaba? Un poco antes ya de acercarnos al jardín, su paso se había convertido en vacilante, y ahora su cara iluminada tan sólo por la luna, estaba realmente pálida. Le así la mano y también estaba algo fría. Entonces caí en la cuenta de que la Palabra era realmente niñito en su seno. ¿Cómo se me había ocurrido permitirle un viaje así, sin tener yo ni idea de qué podía pasarle a una madre recién estrenada? me recriminaba yo mismo, pero sin que ni mi carazón ni su carita lamentaran de verdad le fecundidad de aquel camino: pálida y todo, me sonreía.
Entramos en el jardín pisando hierbas altas y pegándosenos semillas en el calzado.
-¿No será mejor sentarse en esta piedra? Le pregunté vacilante.
Era una piedra bastante grande, plana, y que además tenía historia. Hacía tiempo que se había desprendido de la pared de la cerca cuando yo pasaba, y justito fue si no resulta en un grave accidente. Yo le había dedicado una cuantas palabras gordas, y allí se había quedado estorbando, azotada por lluvia, sol y viento, bien impasible ella, como desafiándome.
¿Quién podía haber jamás sospechado que se estaba preparando para dar reposo a una virgen grávida? Ya nada resultaba extraño y hasta yo mismo me iba sintiendo transformado. Acaricié la piedra mientras le quitaba el polvo con mi mano. Era bien lisa. ¡Qué lindo rostro tan cuidado conseguiste, mientras yo pensaba que tu único cometido era estorbar el paso!.
Yo creía que al saltar de la pared la piedra iba a por mí, y resulta que estaba eligiendo el lugar oportuno para ser reposo de una tal madre. Todo hacía pensar que desde muy lejos venía preparando su llamada a ser un cortito alivio para la Virgen Madre. Era la primera vez que yo sentía respeto por la piedra, e insconscientemente imitando la sonrisa de María, le dije ¡gracias! mezcladas con un mucho de ¡perdón!.
Al momento sospeché si María con su viaje conmigo, con su canto al amado, con sus caricias a mi alma atribulada, no estaría preparando en mí algún tipo de sosiego o morada para la Palabra hecha carne.
María se sentó despacito en la piedra. Yo sentía cómo ésta exultaba al ver cumplido el sueño de toda su vida milenaria, originada en antiguas erupciones volcánicas, lodo arrastrado al fondo de los mares, recocido en el seno de la tierra hasta llegar a la pared de mi jardín, después de siglos de llegar a ser roca quebrada... Estaba serenamente convulsa ante esta media eternidad totalmente colmada, como una especie de cántico de Simeón lapidario.
Buena piedra díme ¿qué reposo para el Verbo Encarnado se me habrá a mí encomendado? Habla pronto que mi vida es corta, no como la tuya tan alargada.
Mientras interrogaba a la piedra, tenía las manos de la Virgen entre las mías, fuertemente apretadas.
La misma piedra me parecía cada vez más el retrato de María. Humilde, no me insinuaba mis pasadas iras; sonriente me daba las gracias, y hasta un poco tímida me insinuó: ¿no será invitar a la gente que ecuchen: ¡La voz de mi Amado!, un buen solaz para el Niño y la Madre?
Piedra, piedra, como se te notan los muchos años que has estado esperando. ¡Qué admiración y reverencia no sentí por ella en aquel momento!. Me daba la sensación que María difícilmente encontraría trono de marfil más digno que aquella piedra. Yo mismo estaba bien cambiado; ya no preocupaban ni selvas ni desolaciones ni siquiera establos malolientes.
En este momento solo me empezaba a preocupar dar reposo al Niño y a la Madre. Un solo momento de reposo valía una toda una eternidad… Entonces advertí que la Virgen tan cansadita me repetía no con la boca sino con las manos: ¡La voz de mi Amado!
Le apreté las manos con más fuerza y sentí lágrimas que resbalaban de mis ojos… La piedra me miraba un poco envidiosa: ¡ella no sabía llorar, la pobre!.
No es el pan lo que da Vida al hombre
Es muy hermoso lo que estás escribiendo, Jordi.
Gracias
Gracias Isaías. Siento que todas las palabras quedan tan cortas, a la hora de Felicitar a María...
Un abrazo
QUE PRECIOSURA LO QUE HAS ESCRITO, ES SOPLO DE QUIEN CAMINA EN EL ESPIRITU DE DIOS Y DE SU ENCARNACION...MIL GRACIAS
El apremio para dar una noche de reposo a María poco a poco iba levantando todo un temporal de preocupaciones y cuidados que por dentro me ajitaba: Qué le iba a dar para la cena; qué le sentaría bien y qué le podía sentar mal; dónde podría comprar o pedir a estas horas; cómo arreglármelas para que ella pudiera pasar la noche un poco cómoda en mi casa tan estrecha… era la primera vez que en la vida añoraba de verdad no vivir un palacio. Es que ahora no tenía absolutamente nada preparado y de nada me había proveído. No era cosa nueva para mí, pero esta noche resultaba un bochorno, pobre atentísima María.
Ella estaba sentada descansando y lo único a que yo entonces alcanzaba era a calentar un poco sus manos envueltas en las mías. Trataba de ordenar ideas pero nada conseguía, hasta que caí en la cuenta: ¡puede que ella tenga frío!. Le solté las manos un instante y puse mi ropa en sus hombros.
-Jordi, no tendrás tú frío…
-No madrecita; esta noche, para mí, no es fría.
Al volver a tomar sus manos, noté que se le habían calentado un poco. Me sentí loco de alegría. Todas mis preocupaciones se fueron dispersando como hojarasca de otoño. De sus manos fluía como un manatial capaz de ahogar toda inquietud, enjugar toda lágrima, cumplir todo sueño y colmar un universo.
Hasta de la piedra me había olvidado. Ella tenía muy larga historia, pero no había llegado al confín del universo.
-¡Aprovecha ahora, piedra, que está al alcance lo más insospechado!, le susurré. Y ella sin salir de su éxtasis me mostro un semblante de total aprobación; ya vi que había caído en la cuenta de ello mucho antes que yo. Y pausadamente añadió:
-¿Puedes imaginar algo en todo el universo que no se haya enterado todavía?
Quedé literalmente pasmado.
Después me pregunté: Niñito, niñito, llamado Hijo de David, anterior a Abraham, que cabalgas a tus anchas por el universo e historia, aun siendo tan pequeñito ¿no puedes ahorrar estos mareos a tu madre?. ¡Claro que puede!, hasta la misma piedra me hubiera respondido.
Entonces ¿no sería como un enigmático Jonás, dormido en el fondo de la nave en la tormenta?. Yo no sabía de tanto misterio, pero la mejilla de la madre, pálida seguía.
Mas al mirar fijamente la cara de María, bañada en claridad de luna, vi que su mejilla empezaba a adivinarse levemente sonrosada. Mi gozo se debió traducir en un no sé si algo doloroso apretón de sus manos.
-¡Que perfume a rosa que hace tu jardín!, exclamó ella con profundo gozo.
Admirado, tuve que remontarme a mis tiempos juveniles para recordar semejante alabanza a lo que había sido jardín.
Estaba tan pre-ocupado con acomodar a la Virgen, que me notaba medio salido de la realidad. Sí, se trataba de auténtico aroma de rosa lo que yo ya tenía por fragancia a Virgen María.
En seguida me volví hacia el lugar de la pared de la cerca, donde hacía ya muchos años había visto de paso lo que creí ser el postrer combate de un viejo rosal contra la hiedra, complicada red asfixiante que lo aplastaba contra el muro. Y no me equivocaba, pero era impensable lo que veía: ¡unas enormes rosas asomaban entre los pocos resquicios de la frondosa hiedra!. Eran ellas nuestras bellas amigas de infancia, con la misma hermosa compostura, con la misma penetrante y regalada fragancia… Si ya estaban florecidas al entrar en el jardín, cómo podía no haberlas ni notado. Y aquella juvenil lozanía, ¿les vendría únicamente de su titánica lucha por defender un resto de su espacio, de su lucha por la vida?. Yo ya no lo creía así.
-Este aroma de tus rosas me ha reconfortado… Ni en mi jardín ni en Nazaret encontré aroma igual.
Mi corazón saltaba de alegría. Jamás había había sentido mía una cosa tan increíble como para ser capaz de aligerar a María; y que además tan poco, no, que nada había yo cuidado. El fluir de Paz de sus puras manos me parecía como el descender de la lluvia que da pan al hambriento y semilla al sembrador. Creo que había sido la primera vez que vislumbraba el sentido de su Canto: “mi Amado… ya viene, saltando por los montes, brincando por los collados.”
Todo, absolutamente todo contribuía a avivar este paraíso celeste en que me sentía enteramente sumido. Pero una espina como la del rosal se me había clavado en carne viva.
No puedo decir que ella enseguida se diese cuenta; fué algo más, como sus manos me revelaron. Se soltaron de mi abrazo, y ahora tomó en sus manos las mías, mirándome como apenada. Y los secretos ya no contaban.
-¿Porqué te afliges, Jordi?
-¿No ves Madre mía? Todo en mi pobre jardín te esperaba… menos yo. El rosal luchado con cual Sansón con calellera de nuevo crecida; hasta la misma piedra, simplemente esperando, que parece no tener nunca prisa. Unicamente yo no esperaba, perdiendo el tiempo en lamentos por la casa que tenía.
-No, Jordi,no. Eras tú quien de verdad me esperaba. Cuántas veces desde lo profundo de tu corazón, sangrando de heridas, me exclamabas: “Levántate, amada mía, hermosa mía y vente...porque...aparecen las flores” .
Su respuesta iba de nuevo acampañada de aquella imperturbable sonrisa de chiquilla tímida. No podías dudar de era verdad lo que decía, por más que te chocara, porque su decir era puro reflejo del mismo Verbo; por algo había asentido al reclamo de Dios de que se hiciera en ella según su Palabra.
Cuanto yo más la miraba, más inexplicable me resultaba, más misterio descubría. Yo la tenía que cuidar como tierna jovencita y madre recién estrenadita, y ella me demostraba haber sido ya madre mía desde los principios de su vida...
Estaba totalmente admirado y hasta un poco incrédulo de que jardín y yo hubiéramos preparado con tanta antelación y hasta con denuedo la visita de la Madre María, según sus propias palabras y algún otro indicio…
Además todavía me duraba el pasmo por la afirmación tan segura de la piedra, de que no había rincón del universo que no estuviera enterado de que tal Madre y tal Hijo andaban por Nazaret y estaban de visita por mi casa, cuando yo mismo apenas si acababa de enterarme.
-¡Cuánta violeta que florece entre tanta hierba! Hermosa, pequeñita y humilde siempre se esconde, mezclada entre la hierba; pero su fragancia la delata.
observó encantada la Virgen.
-¿Envuelta en este perfume a Rosa, hasta de noche percibes la frágil violeta?
le pregunté yo otra vez desconcertado.
La Virgen asintió con tal naturalidad, que la sentí a ella misma tranformada en violeta. Me sorpredí a mí mismo porque siempre había identificado a la Virgen nazarena con la rosa de abril. Pero ahora ¡qué bien que le sentaba la pulcritud de violeta, tanta hermosura escondida, tanta fragancia liberada al viento desde lo secreto.
Me hizo sentir a mí como hierba despeinada de semilla enojosa al calzado, pero el mero poder servir de velo a tanta gracia me hizo olvidar el ansia de ser árbol frondoso. De verdad resultaba cosa sublime protejer tanta belleza, enbriagarse de su fragancia, escuchando de su callada boca canciones irrepetibles.
Entonces comprendí porque una celestial doncella podía ser tan verdaderamente madre: Porque nuestra rosa de abril era también perfecta violeta.
Fue un sólo instante, un solitario reflejo de fruncir algo el ceño, pero bastó para ser detectado. Ella debía tener contadas todas las arrugas de mi frente, y no le pasaba por alto el más mínimo cambio de postura en una de ellas.
-¿Qué cosa agitó el corazón de Jordi?
Esta vez yo realmente no quería hablar. No era cosa como para decirse; era una pura primitiva ocurrencia, que afloró desde no sé qué antro de mi alma. Un irracional reflejo. Sea lo que fuera María había preguntado y esperaba respuesta. Era irresistible.
-Es una tontada, madre; una pura ocurrencia. No tiene sentido.
-Tu corazón claramente se ha alterado.
-Que por una vanalidad así se haya alterado, es lo que precisamente me averguenza.
Era inevitable; no podía ocultárselo, a pesar de ser algo tan vago, que ni recordaba quién lo dijo ni sabía si era cierto. Cuánto menos, podía yo justificadamente aplicarlo a ella.
Precisamente cuando mi alma estaba contemplando embebida a nuestra virgencita convertida toda ella flor pequeña y lila, un confuso recuerdo lejano afirmaba que una violeta tanto más fragante se volvía, cuanto más se la pisoteaba.
¿Acaso mi virgencita, cuya fragancia estaba ya llegando al extremo del universo, había sido ya tan pisoteada, a pesar de lo frágil y delicada que nos aparecía?. Su rara magia en acariciar y curar toda alma dolorida, ¿no le vendría de que misteriosa espada ya estaba infiltrándose hasta su corazón?. Cual insospechada versión de nueva Eva, ¿el fulgor de su inocencia obediente no habría sido vinculado de alguna manera a nuestra obstinada rebeldía?.
Tanto tacto de madre, en una doncella madre de hacia tan sólo un día, hacía presentir que el Hijo que había ella aceptado, iba a cargar con nuestra obstinación, odios y osadía.
Todo me hacía sospechar que hasta su acompañarme en el camino, pudiera ser sólo una muestra de los retorcidos caminos de amor y sangre por los que Dios la estaba introduciendo. Otra vez la más extrema contradicción me confundía: mi pálida violeta doncella era al mismo tiempo señal en el cielo y gritos de madre que alumbraba un pueblo entero. La miraba y quedaba más asombrado: ¿linda nazarena, será posible que seas ya madre curtida de tanto hijo pródigo o acusador, si sólo hace unas horas que acogiste a tu Jesús?
Yo me lo temia todo, pero no sabía de cierto absolutamente nada, ni tan sólo si pisar una violeta servía o no de nada. Pero todo me lo temía, porque había un hecho totalmente innegable: ¡Qué no vería el ángel en la cara morena o en el corazón amante de nuestra nazarena, para verse obligado a prometerle que para Dios no hay cosa imposible.!
Así se lo conté a ella, y cuando llegué aquí no pude hacer otra cosa que el besarle la mano. Ella seguía prodigando sonrisa –testigo de la prometida Fuerza del Dios poderoso-. Si en aquellos momentos hubiera llevado el velo en la cara, habría sido consumado retrato de violeta escondida. Y añadió,
-Si quieres ser hierba que alberga la violeta, serás tú quien reciba la primera pisada…
-Si es por tí, no me importa madrecita.
En seguida me extremecí pensando si no había sido un osado, como Pedro en la Cena. Pero aunque sólo hubiera sido por aquel breve momento, el haber podido olvidarme de mi, me hizo sentir agradecido.
¡Hola! Saludaba María mirando a la penunbra.
Quién podria estar allí, pensaba yo y seguidamente oí su traviesa risa.
-Pero Raquel, ¿qué haces ahí a estas horas?, le dije yo medio enfadado, a la chiquilla, sobrina de la Sra Salomé.
-¡Le he dicho a mi tía que habías llegado con una chica, y no me ha creído!
Yo sentí un respiro cuando oí hablar de Salomé; era un ángel de mujer solícita. Y ahora un ángel bajado del cielo. No podía sino hacer migas con María. Ya estaba segura una descansada noche para María.
-Pues repítele a tu tía que sí, que he venido con una chica y que además está bien delicada.
Raquel desapareció rauda por entre las sombras, y a los pocos minutos aparecía la esbelta figura de Salomé.
No es el pan lo que da vida al hombre
Salomé se nos acercó escrutadora y sólo con una mirada al rostro plateado de María, ya lo tenía claro.
-Felicidades señora, está Ud. de buena esperanza. Ne se preocupe, que pronto desaparecerán mareos y náuseas. Aquí en el jardín mismo crece toda clase de hierbas medicinales, que debieron plantar no sé que antiguos abuelos. Todo el mundo viene a buscarlas: es la farmacia del pueblo...
María me miró entre irónica y entrañable: todo el mundo sabía más que yo de mi jardín. En efecto, antes de acabarse aquella graciosa mirada, Salomé ya volvía con las hierbas.
-Raquel trae una cacerola, que hay que calentar agua.
La voz de la tía sacudió a Raquel, ensimismada comtemplando la cara de la Virgen María.
-Tía, ¿sabes que yo ya había visto muchas veces a esta señora María?
-¡Pero qué cosas que dices siempre, hija mía!. ¡Corre!, le añadió un poco enojada.
-No se enfade Salomé, que es muy buena niña. Los pequeños a veces ven las cosas de diferente manera; tercié yo, recordando el aviso de la piedra.
Encendí fuego, y la plateada serenidad de la noche, se transformó a nuestro alrededor en danza de colores y sombras. Nuestra Raquel se volvio inmediatamente a ensimismar en el rostro de María, tranquilamente inquieto, iluminado ahora por las caprichosas llamas de la hoguera. Los ojitos de la niña ya se iban cerrando cada vez más, y al mismo tiempo se acercaba más y más a María; al final se sentó en su regazo. Casi al mismo instante quedó dormida...
Salomé había entrado a arreglar mi habitación para la madre María. Yo de vez en cuando avivaba el fuego, porque la noche, aunque no fría, sí era fresca y un poco de calor se agradecía.
Procuré imitar la mirada inmutable de la piedra, que penetraba montañas y mares, y no se amedrentaba ni por la lejanía del fulgir de las estrellas. Las figuras de María y Raquel entrelazadas por un ensueño y un abrazo, se me figuraba como una Pietà, alejada de cruz y crueldades, adornada de villancico sólo percepcible al oído de serafín dorado. Era escultura inmóvil de salmo, que mi interior alborotaba: “El Señor da el alimento a sus fieles mientras duermen”.
Cuánto más miraba el rostro de María, más maternidad cumplida en él se asomaba. Era la misma doncella nazarena destellando madurez de Matrona Montserratina; era insignificante violeta regalando primores de Rosa de Abril.
La pequeña Raquel no estaba menos transformada. Sí, era ella,la de siempre, la traviesa y juguetona, pero ahora tan completamente relajada, que reflejaba sin esfuerzo una creación entera. No, no, aquella carita dormida tracendía creaciones: El Padre Eterno con el Lápiz del Espíritu, y la Madre con su imperturbable mirada, estaban bosquejando la Imagen del Hijito. ¡Con qué realismo podía estrenar aquella pequeña la copla del poeta: Cuando tú me mirabas, tu gracia en mí tus ojos imprimían...!
Cada vez yo que clavaba mirada en aquel rostro tan fresco, aparecía algún nuevo matiz de ancestral belleza... De manera que yo ya no supe si se trataba de magia divina que transformaba una faz de chiquita, o que mis ojos empezaban a tener mirada de padre.
Era un espectáculo embriagador, y hasta casi al fin no caí en la cuenta que también yo había visto miles, millones de veces aquella carita de ensueño. La había visto en sonrientes semblantes de niños, en expansivos rostros jóvenes, en serenas o cansadas miradas de adultos, en infantiles caras de viejos; la había visto perfumada de inocencia, angustiada de tentación, humillada de caída, indiferente de sumisión, tensa de rebeldía, taimada de traición, cruel de dominio, ida de desesperación.
Era el parecido que da vida a todo caminar humano. Fijándome un poco más bien, era casi una réplica del rostro de María.
Salomé pasó cargada de paja y entró de nuevo en la habitación. Después tomó la niña de los brazos de María, para acostarla. El agua ya hervía. Preparó una rápida cena, y la medicina.
Finalmente la Virgen Madre tenía decididamente mejor color, pero Salomé creyó necesario velarla. Quiso llevar a Raquel a dormir en casa, mas ésta protestaba entre sueños.
-¡Yo quiero dormir con la Señora María!.
Cuando Salomé ya se impacientaba, bastó para calmarla una sola mirada de la Virgen.
Yo me senté junto al muro para pasar la noche.
Un silencio grita a otro silencio el eco de su gozo...
Ya las llamas se habían apagado, y entre la ceniza asomaban las brasas, abrazo ya inseparable de leña y fuego, siempre dispuestas a calentar el silencio y abandono. La luna también empezaba a velar su cara con manos de sombras, rozando el perfil de las montañas. Todo sabía a misterio y algo de congoja y terror.
Las estrelas brillaban y brillaban cada vez más etéreas y movedizas. ¿Sería que impregnadas de la sabiduría de la piedra, nos espiaban y luchaban también con sus párpados para no dejarse perder detalle de aquella noche? Parecían emjambres de centilesas al aviso, agarrándose mútuamente las manos, para no desfallecer ante la oscuridad que se avecinaba. Hasta por mis venas empezaba a fluir todo su espanto.
El Espíritu parecía cernerse sobre el jardín, en otro episodio de guerra contra la frialdad y desazón de nosotros, los humanos, para reanimar toda la tierra. El universo se estaba transformando en día de Yahvé, noche de tiniebla y fuego.
Ante mis ojos empezó a discurrir mi vida, incrédula e indiferente a la ansiosa mirada de un Padre que como invisible sombra nunca me dejaba; una vida toda ella alienada, de la que nada cabía esperar, condenada.
¿Para qué María habría perdido el tiempo cerrado llagas, si yo enterito yacía en tierra, vacío como un cadáver? ¿Para qué, oh Dios, tanto desvelo tuyo, tanta amabilidad de María derrochada? Me habías creado a fin de vivir junto a Tí, y yo estaba muerto y alejado.
No era ni dolor, ni lágrima, ni lamento. Era como cárcel de Edipo iluminado con una sabiduría que sólo era sopotable sacándose los ojos, lujo que los ojos de alma no permitía... No quedaba absolutamente nada que hacer, no había salida alguna.
La tiniebla asfixiante se comprimía a mi alrededor, entre compasiva y amenazante.
Algo en el fondo de mi corazón voceó un ruego aprendido de boca de ángel: “¡Señor para tí y tu Reino no hay nada imposible!.
Mis ojos se entreabrieron y en la noche se adivinaba a Salomé recogiendo más hierbas por el huerto, y murmurando,
-Esto parece más noche de parto que de comienzo.
-Ay, pobre pequeña María, acarreando su hijito, porque yo además debo haberle cargado con toda mi jornada.
Volví a perderme en el desolador sueño de mi vida, pero ahora estaban el Salvador Jesús y la Madre María. De parto la madre, y el crucificado Jesús, clamando al cielo: “Padre, ¿porqué me has abandonado?”
Mi pánico superaba toda imaginación, me desbordaba. Mirando los ojos doloridos de Jesús y de la Virgen, vi que, junto con aganía, también desbordaban feliz hermosura de cara de Raquel...
No era mi pánico lo que me embargaba, sino el eco de mi pecado en el corazón del Padre, que claramente se dibujaba en los rostros de Jesús y María. Era, por decirlo así, herida viva en el corazón de Dios Padre.
Recojí todo lo que me quedaba de alma, y para agradecérselo intenté imitar la sonrisa de María.
Un hijo pródigo como yo, en nada podía ayudar al Padre. Sólo podía alegrarle o curarle el corazón, devolviéndole gracias y sonrisa.
Las estrellas ya se perdían en el fondo de un cielo cada vez más iluminado, mientras todavía pasmadas, unas a otras exclamaban:
¿No habremos visto la casa de Dios y la puerta del cielo?.
La piedra me hacía de almohada, cuando me acabó de desvelar la chillona voz de Raquel:
-¡Jordi, esta noche soñé que todos nosotros jugábamos con el Hijo de la señora María!.
-Buenos días, gacela saltarina.
-Buenos días, Jordi. En el sueño jugábamos al escondite. Cuando no os veía, yo pasaba miedo, pero al final siempre todos habíamos de buscar a Jesús que es quien mejor se escondía, y a veces en los sitios más descubiertos. Si él no se movía, nadie de nosotros le encontraba. Una vez le encontré yo: le iba ya a pisar, y al final me di cuenta que estaba ante mí sentado, mirándome fijo.
-¡Eres Jesús!, le dije yo agarrándole para que no se pudiera ocultar de nuevo. “Qué ojos de lince tienes Raquel”, me respondió él con cariño. Desde entonces ni la oscura noche, ni el estar sola, ni la fiebre y gemidos de la señora María esta noche, no me dan ya más miedo.
-¿Porqué le llamas Jesús, Raquel?
-¿Estarías espiando,eh, Jordi?, me replicó enrojeciendo súbitamente.
-No espiaba; yo debía estar también escondido.
-Verás. De verdad, de verdad, no fui yo quien encontró a Jesús... Yo estaba para llorar de miedo, toda sola en aquella oscuridad. Fue entonces que dije: ¡Jesús, Jesús!... porque así suspiraba la señora María, cuando estaba más enfermita y apurada. Y su hijo que estaba delante mío sin yo verle, volvió rápidamente su cabecita. Así supe su Nombre, así sentí su mirada que quita todo espanto, así le agarré yo para que no se volviera a esconder de mí, así...
-No me quieres decir qué pasó más?
-¿Me vas a creer?
-Por de pronto; nunca dices mentiras.
Ella acercándose a mi oído recalcó con voz bajita:
-Y Jesús me prometió no dejarme nunca sola. Siempre estará conmigo hasta cuando no le pueda ver... ¿me crees, Jordi?
-Sí... te creo; que nunca dices mentiras.
-Debe ser algo semejante a lo de la señora María, que siempre está con ella aunque no lo pueda ver, añadió toda hecha misterio.
Me dió un calambre cuerpo y alma. Yo creo que la estaba mirando con unos ojos bien semejantes a los ella habría abierto cuando Jesús le volvió el rostro en medio del espanto de la noche.
-Hay que ser niño para no perderse ni un detalle del misterio, balbucí yo, todo confuso y rebosando admiración.
-Buenos días Jordi, saludó una Salomé desconocida.
Tenía los ojos hundidos y el alma partida, pero sus pupilas siempre bellas, jamás habían aparecido así de vivas.
-Esta noche no sé con Quién luchó la señora María; esta noche no sé a quién engendró la madre María. Tan frágil y agotada toda ella, aparecía como mujer en lo alto gritando de parto y de victoria: todo un Signo Irresistible en lo más alto del cielo: clamor de madre y de ejército a un mismo tiempo, anclado en aquel más allá, en que sólo el Poder del Todopoderoso es norma, derroche, alegría y anhelo.
Jordi, en medio de la angustia por la vida de la señora María, me he encontrado inmersa en un extraño nacimiento, no de un niño todavía, sino como de una especie de río de Vida, que baja hasta inundar el mar muerto, se desborda hasta el océano, y no parará hasta regar el último ricón de la tierra.
Oscura ha sido esta noche, de tiniebla que alumbra el mediodía. Cada minuto de ella, era un engendrar vida que hasta dolor, muerte y pecado convierten en gracia y celebración.
Si en el Templo nuestro Simeón tuviera oportunidad de contemplar uno de estos momentos, toda su vida quedaría colmada. Un segundo de esta noche vale mucho más que toda una vida.
La delicada Llama que transformaba en fulgor las pupilas de Salomé, no dejaba lugar a ninguna duda. Desde siempre había sido ella un trozo de pan para todo el mundo, pero hoy estaba en pleno trance profético.
-Tía, esta noche soñé que todos nosotros jugamos con Jesús.
-Sí hija mía, sí, replicó Salomé ante la sorpresa de Raquel, que más bien esperaba una advertencia incrédula. Tan generoso asentimiento, le dió arrestos para proseguir:
-Y Jesús nunca se aparta de nosotros...
Salomé le acarició el cabello mientras volvía a asentir con mirada penetrante y faz gozosa. Raquel sabía que finalmente le tomaban la palabra totalmente en serio. Escondió la carita entre la ropa de la tía, para saborear en el silencio este momento inefable en que las dos almas habían llegado a ser plena compenetración.
No quería yo acortar aquel momento de tal comunión entre nena y tía, pero es que no había saludado todavía a nuestra frágil e intrépida Madre María. Y el deseo de sonreirle casi me arrastraba ya como torrente desbordado, cuando vi que ella salía de mi casita, toda decidida como después del encuentro de Nazaret, también sonriendo...
Contemplé su eterna sonrisa mientras ella se deleitaba en el abrazo de alma entre Raquel y Salomé: Su cara linda era personificación de aquella Sabiduría que casi todo lo abarca, comprende y renueva, sin entender casi nada todavía.
Es una delicia leerte Jordi.
Un abrazo, Andrea.
Cuando vengas Señor en tu gloria, que podamos acudir a tu encuentro
A nuestro alrededor todo se había revestido de fiesta y misterio. Hasta la piedra que llevaba media eternidad disfrutando de la fiesta y ávidamente husmeando el misterio, había quedado completamente desbordada. Ya el universo de antes que yo tan desabrido encontraba, escondía, desvelándolo un poquito, insondable misterio. Pero ahora por cada rincón asomaba la misma Faz del Dios vivo. Buscabas un poco, repasabas fijamente cualquier detalle y aparecía inconfundible aquél divino destello, revestido o velado de cosa cotidiana.
Era algo parecido a uno de los pasatiempos de nuestras revistas infantiles, en que tenías que buscar 10 animalitos en el dibujo de un paisaje, en el que ninguno de ellos abiertamente aparecía... pero allí estaban, invertido éste, disimulado aquél... hasta que uno tras otro, lentamente iban apareciendo todos; cuando habías descubierto uno, ya no tenía manera de esconderse: cada vez que pasabas la vista por donde antes sólo se veía un montón de piedras, allí infaliblemente esperaba manifiesto el conejito antes tan bien disimulado.
Definitivamente aquel paisaje de mi casita tan conocido, a que desde la niñez mis ojos se habían acostumbrado, aquellas casitas, calles y caminos tenían multitud de secretos inefables, bien quietos ellos, que suspiraban por ser descubiertos y agradecidos; aquellos campos que se desplegaban como alfombra hasta la falda de las montañas en el horizonte, eran mucho más que tierra bendita que engendra alimento; era un extenso ensortijado de escondida sabiduría y de humilde vida eterna. Cada una de estas perlas era de por sí capaz de colmar toda una vida. Cada vez que descubrías una te alucinaba; pero cuantras más veces la mirabas, más profundamente resplandecía y más aparentaba ser mera vida humana.
Nada ya tenía de extraño que yo hubiera confundido con estorbo arrogante, una piedra que desde siglos se preparaba para ser casa de Dios y puerta del cielo. Me resultaba ya normal que la penetrante mirada y el corazón sin dolo de Raquel hubiera ya visto miles de veces el rostro de María, antes de la primera vez en que se habían encontrado, para inquietud de la sensata bondad de Salomé.
Desde que la luz angélica me había enajenado, ya empecé a sentir que no se trataba de un mundo de sensateces, el lugar a donde era irresistiblemente arrebatado. Pero cuánto camino y criba, y paciente sonrisa de la Virgen no había sido necesaria para el mero despertar a esta maravilla de universo, que prometía ser un principio de atareada eternidad: cuanto más encontraba, más extremecimiento esperaba escondido.
Tampoco antes no había una sola hierba ni pared ni pajarito ni bicho que no apareciera imbuido y hecho destello de la Palabra eterna. Tanto tiempo hacia que los salmos machaconamente nos lo repetían: “Los cielos anuncian la Gloria de Dios...”(Sal 19,1).
Ya antes lo sabía, pero nunca había caído en la cuenta del estupor que con ello tenía que embargarme.
Sin embargo lo experimentado en mi viaje de retorno a mi morada, trascendía completamente aquel delirio que arrebataba el arpa del salmista. Ciertamente nadie con una mínima sensiblidad, podía negar que era la Eterna Sabiduría quien estaba jugando con los hijos de los hombres, al contemplar un poquito extasiadamente a Raquel con su alegre voz penetrante, juguetona toda ella, y al mismo tiempo tan callada pero profundamente agradecida porque yo creía que ella no decía falsedades, a pesar de las rarezas de dificil entender que profería. Tampoco yo las entendía a veces, pero para mí era absolutamente innegable que jamás mentía.
Fue cuando dormida descansaba en el regazo de María, que Raquel encarnaba definitivamente otro más allá: quizás veladamente, pero ahora traslucía mucho más que juguetonas travesuras ni que fueran de la Sabiduría misma: Ahora era una bella imagen de Dios mismo reposando en el seno de María.
Es que además, progresivamente, todos nuestros mismos rostros y figuras, sin perder nada de su propia fisonomía, empezaban como a parecerse sin medida.
Y fue precisamente Raquel quien me sacó un poco de este inefable soñar realidades. Se me acercó y quietamente inquirió:
-Jordi, ¿Tú eres tío de la Señora María, verdad?. Mira que os llegáis a parecer, eh.
Si hubieran sido otros tiempos, esta vez sí que le habría propinado uno de los desplantes de la tía Salomé, pero ya no podía... se había mostrado una persona demasiado seria, como para tratarla yo ahora de crío.
Por un instante realmente me quedé sin palabra que contestar. Y de súbito me vino la risa, recordando lo que tantas veces consideré intento inútil, el imitar la sonrisa de María, en momentos que lo creí como la única solución posible.
-Si yo soy tío de la Señora María, Raquel, ¡tú debes ir ya para hermanita!.
Ella sí que se rió a gusto. Yo no pude notar ni admiración ni sorpresa en su risa sino únicamente un profundo respiro que sin duda era expresión de su dicha porque al final mostrábamos comprenderla.
Absorto estaba yo en estos divinos acertijos, y sólo al final advertí que María y Salome estaban delante nuestro comtemplando divertidas nuestras disertaciones sobre parentescos con María.
Aun así, yo no me sentí cortado, sino que las seguí mirando. Viendo la juventud casi sin estrenar de María, se me ocurrió una pregunta casi mecánica: ¿Cómo pudo la Madre esperar tanto a nacer, después de haber nacido la hija?
Era ya innegable que la presencia de nuestra doncella madre, había sembrado de vida de un parecido inconfundible, tanto mi propia existencia y mi morada, como las de Raquel y Salomé. Sería destello de su corazón de madre, sería resplandor del niño Jesús que en su seno ya habitaba sin definirse bien todavía. Era ciertamente impronta de aquel tímido rostro sonriente de doncella, al que no había maldad que se resistiera, que respetuosamente todo lo penetraba y, con misteriosa Potencia todo lo rehacía, re-uniéndolo.
Ciertamente que a Raquel no se le había escapado detalle.
Por más que yo me resistiera, era evidente que las anotaciones de Raquel eran cada vez más claramente pura verdad que al fin se imponía. Ella no tenía la admirable dialéctica que contra mis objeciones esgrimía la Virgen, pero mostraba un tino bien similar para descubrir y recalcar insignificancias que acababan por ser del todo trascendentes. Resultaba claro que ello a María le encantaba hasta hacerle mostrar una serena exaltación. A mí también ello me admiraba y alguna vez me dejaba casi desorientado; comprendía perfectamente los desplantes entre enojados y cariñosos de Salomé, pues supongo que varias veces al día se debía ver sobrepasada por tanta increíble menudencia. No sé si no sería semejante a estar pisando un nido de hormigas no agresivas, pero imprevisibles.
Ya no más. También Salomé había sido arrastrada en el carro de fuego de la visita y agonía alumbradora de María. Yo no sabría jamás describir la emoción y el beso que se cruzaron silenciosamente con Raquel a la vista de María, pero no me cabe duda de que cuando se separaron debía resultar ya bien difícil adivinar qué parte de cada una de las dos almas eran de la tía y de la sobrina. Además, las dos habían resultado moldeadas tan afines al alma de la Virgen que cuando mútuamente se miraban, reflejaban la mismísima complacencia con que María contempló su mutuo abrazo.
¡Que ilusión no me habría hecho a mí entrar en el alma de Salomé, e ir desgranando la larga letanía de salidas impertinentes de Raquel, muchas de las cuales ya ahora presentaban destellos innegables de sabiduría y bondad eterna! Le pasaría con Raquel lo que me pasaba a mí al mirar alrededor: todo aparecía como un elaborada e inmensa mina portadora de todo secreto divino, en espera de gente resuelta a vender cuanto tiene, para dejarse poseer aunque fuera sólo por uno de ellos. Gracia sobre gracia se acumulaba en aquella chiquilla pequeña, tan familiarizada ya con el sentir divino: únicamente en Jesús y María había encontrado un rescoldo hecho a medida para el secreto fuego que animaba todo su hacer.
Pero aquella mañana era ya diferente. Nos sabía a los dos abrasados en la misma hoguera, para dicha suya. Descansada y hasta algo irónica, exactamente como la faz de la piedra, nos miraba algo admirada de que nos hubiera costado tanto caer en la cuenta de lo que a ella tan claro le resultaba; pero además, ahora su carita nos mostraba tal cariño, que no sólo nosotros dos y la madre María la espiábamos como enajenados, sino que creo que hasta el mismo niño Jesús, desde su secreta morada hacía lo imposible para gozar la vista de aquel rostro.
Si no fue mirando a Raquel, ciertamente que tuvo que ser una ocasión semejante la que hizo suspirar a Jesús: “Te doy gracias Padre… porque has revelado estas cosas a pequeños” Mt 11,25.
Había sido en la pasada noche de extraño alumbramiento, en que la madre de Jesús nos había unido en familia indisoluble a nosotros tres tan diferentes, y nos había agregado a su única familia de Nazaret. Había también sembrado nuestras personas y lugares con perlas de Palabra divina, que a ella literalmente embargaba, mientras acariciaba nuestros corazones para hacernos sentir más y más seducidos por aquel su “Hágase en mí”.
Violeta y Rosa de Abril, doncella y matrona montserratina, que llena con su fragancia cielo y tierra, poseída por el Espíritu y madre del Verbo eterno; compañera de caminos y veredas de hijas amantes e hijos pródigos, sin descansar de engendrar y enchanzar familia nazarena: bello rostro humano del Eterno Padre, cuya faz transmite e imprime en los humanos, hijos suyos también.
-Señora Maria. ¿está muy delicada su pariente como para tener que marchar tan pronto a la montaña de judea?, inquirió Raquel, precoz como siempre.
-Sí, es un poco ancianita, para tener un hijo. Puede que pase malos ratos.
-¿Más que Usted la otra noche?
-Raquel, terció suavemente la tía Salomé. ¿Es que no puedes pasar sin preguntar todo lo que se te antoja?.
-Es que estoy preocupada. También lo estaría si tú, tía, tuvieras que tener un hijo ahora.
Esta vez fue Salomé quien se rió con ganas, dejando a Raquel algo confusa; parecía que no lograba catalogar esta risa de su tía.
¿Cómo se habría enterado ya Raquel? Yo ya lo sabía pero no me había quedado resquicio para ponderarlo estos días. Para visitarnos, María casi que se había salido literalmente de su camino hacia Judea. "Ciertamente que pronto habrá de proseguir", me dije medio despertando. Qué pena que se acabara aquella visita de fecunda agonía. Visita que quisiera haber esculpido minuto a minuto en un libro imperecedero. Del fondo del corazón quería agarrar los pies de nuestra madre doncella, sin soltarla nunca, cual Magdalena prostrada ante el Resucitado.
-Jordi, aunque la señora María se marche, hace como su hijo Jesús, que no nos deja.
Al mirar la expresión de Raquel que me hablaba, se me partió el corazón de dolor y de verguenza: su valiente confesión surgía lozana de una alma amarada de pena. La partida de María era sentida como una especie de desaparecer de su nueva madre, aunque así no fuera.
¿Cómo podía yo haberme preocupado de mis penas sin haberla mirado a ella? Como devenida huérfana en un instante, se agarraba y proclamaba con toda fuerza su fe firme en una presencia en misterio, interpelándonos también a nosotros para que le diéramos nuestro apoyo total.
-¡Sí Raquel, los que de veras nos han amado una vez, ya no nos pueden dejar jamás, aunque se vayan más allá de las estrellas!
Ella me agarró el brazo con fuerza, hundió la cara en mi camisa, sollozando dolor, y de gozo en germen todavía.
A su lado delícias para siempre
Gracias Jordi
FELIZ PASCUA DEL ESPIRITU SANTO A TODOS
La mañanita era fresca, reluciente toda ella, sembrada de rocíos y flores. Toda una invitación a admirar la pujanza de la vida. ¡Qué lejos resultaba ya aquel crepúsculo que, medio incrédulo, contempló, velándola al mismo tiempo, la decidida marcha de María hacia mi morada y mi admiración zarandeada de tantos cuidados…! Yo tenía la sensación de haber recorrido en un día todo el ancestral camino que había moldeado a la piedra amiga. Aquella noche y alborada sólo habían dejado inalterados el pose y la decisión de peregrinar de María; nosotros tres y todo el universo a nuestro alrededor era una realidad completamente nueva. Aquella natural trascendencia que traslucía la palabra de María y la penetrante percepción de su mirada, era un reflejo de la profundidad infinita en la que está anclada toda la creación. Su lógica de doncella inocente, destellaba sabiduría divina y confundía toda humana necedad. Aquella inanidad de esclava, era capaz de acariciar desde la belleza suprema hasta la más supurenta herida. Ella sí que sabía de antiguas victorias y derrotas en el universo, imbuida como estaba del Espíritu que recónditamente todo lo convierte en camino, espejo y realización del Plan de Dios. Ella estaba ya soñando y ensayando al mismo tiempo los primeros pasos en vida humana, de la Palabra Creadora, toda obediente a su maternal mirada.
Pero la urgencia de hoy era su pariente Isabel, a indicación de un ángel. No la podíamos retener por más tiempo entre nosotros, después de que nos había desvelado el universo secreto. La mirábamos extasiados, a pesar de tener el corazón partido por la inminencia de su marcha.
Salomé, práctica ella, fue a buscar las provisiones para el camino. Yo no sabía cómo agradecer a la madre María por haberme agraciado con tan increíble camino en el que me había sido compañía. Para mí, fue un esbozo del camino de Emaús, en el que el corazón ardía, se me abrieron unos ojos para los que la desaparición no podía hacer otra cosa que cerciorar que estaba vivo en lo invisible El que vivía.
Sabíamos que su partida no alteraba ni disminuía aquel estrellado de sonrisas celestes, disimuladas en cualquier tramo de nuestras veredas terrenas hasta lo más alejado; Pero mi corazón sangraba extrañamente destrozado junto a aquel recién estrenado océano de alegría.
Hasta Raquel, sentada en la piedra, estaba como acariciándola.
-Señora María, la piedra debe estar muy triste. ¡Jamás la había visto llorar!
¡Qué salto no me daría el corazón! Otra cosa que jamás habría creído, me alejó de toda pena, e hizo concentrarme en mis ojos desmesuradamente abiertos. Examiné detenidamente la piedra, miré una y otra vez a donde Raquel miraba, no yo no podía ver nada más que aquella vieja y tranquila sabiduría que siempre rezumaba. Pero si Raquel la había visto llorar, pocas dudas me quedaron de que lloraba de verdad.
-¿No estás algo dolorida tú también, Raquel?
-Sí lo estoy, señora. Que aunque te quedas, también te vas. Pero la piedra lo está mucho más, que llora a lágrima viva.
Mi asombro iba creciendo por momentos, hasta que la madre María se nos acercó, y dándome una breve mirada sonriente, tomó la chiquilla en brazos, se sentó en la piedra con Raquel en su regazo, mientras le decía:
-Seguramente la piedra se ha vuelto tan sensible de tanto tratar contigo.
No sólo por ser palabra de María, sino que ya empezaba a parecerme evidente que a la bondad de aquella niña, no le resultaba nada difícil ni siquiera ablandar una peña.
Yo supongo que había dejado de llorar, y en aquel momento exultaba con toda su alma por segunda vez en tan pocas horas. Pero fue entonces precisamente cuando yo también la vi llorar, al manifestarme su serenidad mítica como un delicado equilibrio de extremado gozo y profunda pena, de constante conato e imperturbable aguante, de un adelantar constante entre la desintegración y la inmobilidad, entre amar y penar, esperar y frenar. Pero aquella proximidad de la Madre y Raquel, también a la piedra hizo trascender toda estructura.
A mí también se me concedió de nuevo olvidar todo mi mundo, para contemplar Madre y chiquilla, animadas por el mismo Espíritu, en una comunión de vida, que afloraba en sus caras: cuanto más mirabas a María, más amabas a Raquel; cuanto más mirabas a Raquel, más próxima y propia resultaba la interioridad de María.
Salomé proveyó a María lo que ésta le consintió: para una jornada. María nos despidió con un beso a cada uno. A mí me susurró: “mi amado ...ya viene... brincando por los collados”. Era la máxima distinción que sus labios podían proporcionarme. Pero esta vez sentí que no era sólo una distinción personal; el amado de Maria era una multitud sobre todo número “de toda tribu, pueblo y nación” (Ap.). ¡Qué misterio el Corazón de María!.
Al empezar a alejarse María me di cuenta que yo ya la había identificado en mi corazón con la mujer fuerte, la madre María, la señorial “Moreneta” y linda rosa de abril. Pero ahora al intentar retener avaramente en el corazón su figura de andar rápido, bañada de fresca luz matinal, caí en la cuenta que seguía siendo también la frágil doncellita del jardín de Nazaret.
Su figura se iba perdiendo en el horizonte, y Salomé llamó a Raquel: -¡Vamos!. Raquel oteando todavía el horizonte, esclamó: ¡ay, tía!.
Por un momento me pareció despertar de un sueño. La piedra inmóvil en su lugar; el jardin hecho una pequeña selva medio seca; Salomé y Raquel discutiendo. Nos despedimos y, mientras se iban Raquel dijo a su tía:
-¿Sabes tía que hoy la piedra lloraba a lágrima viva?
-Estando tan cerquita tuyo, cualquier cosa es posible.
Raquel visiblemente emocionada sonrió a la tía, y su sonrisa no era otra cosa que un pedazo de la sonrisa inefable de la doncella María.
Definitivamente el mundo estaba todo cambiado: Era la casa de Dios y la puerta del cielo.
S. Juan de la Cruz nos lo describió perfectamente en coplas:
"Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura;
y yéndolos mirando,
con sóla su figura,
vestidos los dejó de hermosura.
....
Y todos cuantos vagan,
de Tí me van mil gracias refiriendo.
y todos más me llagan,
y déjame muriendo
un "no sé qué" que quedan balbuciendo.
....
Descubre tu presencia,
y máteme tu vista y hermosura.
mira que la dolencia
de amor no se cura,
¡sino con la presencia y figura!.
En su presencia delicias para siempre.
Jordi. 2006