Mirad, el Señor Dios llega con poder y su brazo manda. Con estas palabras muestra a quienes se les ha confiado el ministerio de la divina y salutífera predicación, es decir, a los santos apóstoles y evangelistas e incluso —para decirlo de una vez por todas— a quienes en el correr de los tiempos iban a ser puestos al frente de la grey racional y se confiaría la celebración de los divinos misterios, cómo podrían llegar los amigos de Dios a adquirir celebridad y a cubrirse de gloria.
No conviene —viene a decir el texto- que los predicadores del evangelio, al anunciar a todos y en todas partes la gloria y la salvación de Dios, lo hagan tímidamente y como en voz baja, como si buscaran pasar desapercibidos, sino como situados en un lugar eminente, y más visibles que los demás, convencidos de su sin igual libertad y libres de todo miedo. Alza, pues, la voz, no temas, dice el profeta. Di a las ciudades de Judá: Mirad, el Señor Dios llega con poder, y su brazo manda.
Al decir mira, no permite que la esperanza de su venida se proyecte sobre un futuro lejano; demuestra más bien que el Redentor vendrá pronto, en breve: mejor, que está ya ahí, a las puertas. Pues parece como invitarles a extender el brazo y señalar con el dedo al que anuncian. Y que no ha de venir como uno de los santos profetas ni como un orante cualquiera sino con la autoridad del Señor y con el poder y dominio propios de un Dios, lo indica claramente al decir: Llega con poder, y su brazo manda.
Y que este misterio de la divina economía no iba a ser infructuoso para el que por nosotros se hizo nuestro, soportó la cruz y murió en ella, lo demuestra diciendo: Mirad, viene con su salario, y su recompensa lo precede. Y señala cuál va a ser el premio, fruto de su muerte según la carne. Dice en efecto: Os aseguro, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. Así que no carece de premio ni es infructuosa esta economía.
Además, sus rebaños le siguieron y se apacentaron ante sus ojos; y ante sus ojos y con el poder de su brazo, reunió a los corderos. Los creyentes en él, cual ovejas acabadas de engendrar y recientemente nacidas, han sido introducidos en la nueva vida, es decir, han conseguido de lo alto la regeneración por mediación del Espíritu. Por consiguiente, lo primero que apetecen es la leche auténtica y son alimentados como los niños; pero después van creciendo hasta conseguir la medida de Cristo en su plenitud. Los corderos son alimentados y algunas madres o preñadas reciben los cuidados oportunos. Bajo la imagen de los corderos recién nacidos podemos ver, y con razón, representados a los paganos convertidos.