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El Testigo Fiel
«Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde el 20 de junio de 2003
San Oseas, santo del AT
fecha: 17 de octubre
†: s. VIII a. C.
canonización: bíblico
hagiografía: Abel Della Costa
Elogio: Conmemoración de san Oseas, profeta, que no sólo con sus palabras, sino con su misma vida mostró al Señor al pueblo infiel de Israel, como Esposo siempre fiel y movido por una misericordia infinita.
Ver más información en: Los Profetas

Debemos reconocer que las figuras de los profetas del Antiguo Testamento nos son refractarias, incluso las de aquellos que son «biográficamente» más conocidos, como un Isaías o un Jeremías. Sin actuar de ninguna manera como «médiums» ni como meros recipientes vacíos de visiones divinas, sino más bien todo lo contrario, actuando Dios «en ellos y por ellos» (para tomar prestado el lenguaje del dogma), comprometían su personalidad y su historia al servicio de una Palabra que los excedía, pero que ellos deseaban transmitir, aceptaban transmitir, con todas las consecuencias que tuvieran para su propia vida. No tenemos en la Biblia una «vida de» -Isaías, Jeremías, Ezequiel, Oseas, etc.- porque ellos mismos, en sus palabras, mantenían en un segundo plano su vida humana, para que sus hechos y sus palabras estuvieran por entero al servicio de la Palabra de Dios.

Tan importante que es para nuestros criterios actuales de lectura (aunque en realidad no lo sea en absoluto) conocer la vida de los poetas, los escritores, la vida ajena en general, incluyendo en esto a los escritores bíblicos, cuando abrimos el libro de Oseas nos parece que por fin vamos a tener a mano un profeta cuya vida se nos va a contar: «Palabra de Yahveh que fue dirigida a Oseas, hijo de Beerí [...]. Dijo Yahveh a Oseas: 'Ve, tómate una mujer dada a la prostitución e hijos de prostitución [...]'» (vv 1 y 2). Tal vez abrigamos la esperanza de que se nos cuente cómo se desarrolló esa extraña familia, donde los hijos tenían nombres tales como «No Compadecida» o «No Mi Pueblo». Sin embargo, una vez más esa expectativa por enterarnos de la vida ajena queda frustrada, porque de lo que nos enteramos es más bien de cómo esos hechos simbólicos en la vida del profeta (que ni siquiera sabemos si los realiza «realmente», es decir, si efectivamente tiene un hijo al que le pone «No mi pueblo», por ejemplo) actúan como disparadores de una palabra de Dios que se dirige, no a la vida del profeta, sino a la de Israel, y a través de esa vida de Israel, a la nuestra: «les he hecho trizas por los profetas, los he matado por las palabras de mi boca, y mi juicio surgirá como la luz», enuncia con toda claridad Oseas 6,5.

Sin embargo, junto con este principio general, que nos obliga más bien a buscar en los profetas, no lo que es de valor transitorio y anecdótico, sino aquello que se dirige a todos los creyentes en todos los tiempos, no implica que sus palabras no hayan sido pronunciadas, recibidas, transmitidas, en tiempos concretos, y atentos a situaciones históricas que muchas veces, por desconocerlas, nos pueden dificultar la comprensión profunda del profeta. Por eso varios de ellos, como Oseas, comienzan por decirnos a qué tiempo corresponden los oráculos. Vemos pues que Oseas comienza diciendo: «Palabra de Yahveh que fue dirigida a Oseas, hijo de Beerí, en tiempo de Ozías, Jotam, Ajaz y Ezequías, reyes de Judá, y en tiempo de Jeroboam, hijo de Joás, rey de Israel.»

En el 931 aC el pueblo bíblico -luego del siglo de David y Salomón, único en toda su historia en el que las antiguas «tribus» permanecieron unidas-, se había dividido en dos: el Reino del Norte, que conservó el nombre de Israel, y el Reino del Sur, que tomó el nombre de Judá. Durante algunos siglos, desde esa separación hasta el 722 (en que desaparece Israel), hay un solo pueblo de Dios pero dos pueblos bíblicos, cuyas historias se nos trazan en paralelo en los libros de los Reyes; pueblos a los que, por ejemplo, Ezequiel compara con dos hermanas, las dos de vida muy ligera, por decir poco (ver en Ez 23 la historia de Oholá y Oholibá). Oseas profetizó en el Norte, en Israel (a quien él llama indistintamente Israel o Efraín, una de los territorios que lo formaban, quizás el suyo de origen), en época del rey Jeroboam de Joás, es decir, Jeroboam II, que gobernó del 783 al 743. El libro, sin embargo, no sólo sincroniza con la monarquía del Norte, sino que también refiere a la del sur: los cuatro reyes mencionados corresponden al período del 781 al 716. puesto que el ministerio del Oseas fue en el Norte, es posible que esta correlación con los reyes del sur se haya agregado al compilar los oráculos y editarlos en el sur, después de la desaparición del Reino del Norte. Resumiendo, Oseas se ubica en algún momento del reinado de Jeroboam II, que los especialistas sitúan hacia el 750, y actúa hasta, posiblemente, poco antes de la caída del reino, quizás hasta el 723 o el mismo 722. Sus palabras fueron recogidas en el Sur, y aunque se referían a hechos concretos del Norte, fueron compiladas pensando ya en que podían ser aplicadas también a Judá (cfr. 1,7). Es interesante constatar que estas palabras dejaron de ser «históricas» casi en el mismo momento de ser pronunciadas, y pasaron a atravesar los tiempos y dirigirse a nuevas situaciones.

La época de Jeroboam II y poco inmediatamente posterior, a la que nos referimos, puede juzgarse como una época de gran ambigüedad:

-Por un lado es un período próspero, al menos al principio. Hay relativa calma en los pueblos, circula el dinero, la prosperidad, y con ello también el olvido de Dios. Ese olvido de Dios actúa siempre de una manera muy curiosa: los seres humanos queremos no recordar a Dios, pero no terminamos de ponernos de espaldas, sino que vamos de perfil, por así decirlo: se va Dios, pero quedan los ídolos, las idolatrías religiosas y profanas. No podemos vivir sin adorar, pero adorar al Dios vivo y verdadero es algo exigente, mejor al ídolo, que es mudo. La Biblia ve en la prostitución esta imagen del comportamiento religioso del hombre: no ama, pero busca comprar amor. Aunque la imagen de la prostitución no es exclusiva de él, Oseas es uno de los profetas que más ha insistido en ella (aunque Abraham Heschel hace muchas interesantes salvedades sobre esta "prostitución", ver en bibl. pág 113ss). Y no sólo como metáfora, sino haciendo de la metáfora algo vivido: «Dijo Yahveh a Oseas: 'Ve, tómate una mujer dada a la prostitución e hijos de prostitución, porque la tierra se está prostituyendo enteramente, apartándose de Yahveh.' Fue él y tomó a Gómer, hija de Dibláyim, la cual concibió y le dio a luz un hijo.» (vv 2 y 3).

-Pero por otro lado, es una época que ve surgir, en el 745, a Teglat-Pileser III de Asiria. Se ha descripto acertadaamente ese reino, y en particular ese gobernante con estas palabras: «no hubo soberanos más despóticos, más codiciosos, más vengativos, más despiadados, más orgullosos de sus crímenes. Asiría reúne todos los vicios. Aparte de la bravura, no posee ninguna virtud.» (citado en A. Heschel I, ver bibl., pág 94). Allí donde todos veían simplemente un tremendo mal que había que conjurar con medios políticos -alianzas, coaliciones, frentes-, Oseas ve de manera directa la mano de Dios educando a su pueblo: «Por eso, yo cercaré su camino con espinos, la cercaré con seto y no encontrará más sus senderos; perseguirá a sus amantes y no los alcanzará, los buscará y no los hallará.» (2,8-9) También la política de Israel es juzgada prostitución, y no porque no sea posible hacer alianzas con los vecinos para defenderse, sino porque esas alianzas se hacen a partir de un profundo olvido de la Alianza con Dios, a partir de una desconfianza en su soberanía de la historia.

Finalmente Samaría, capital del Norte, cae a manos de Sargón II, sus habitantes son dispersados, la tierra repoblada con extranjeros, y las tradiciones religiosas del Norte son recogidas en Judá. Oseas no vio la conversión del Norte, sino su destrucción. Su libro, sin embargo, contiene palabras de profundo consuelo y profunda esperanza. Algunas de ellas tocan el corazón del misterio de Cristo, sin desvelarlo, sin desocultarlo, tan sólo dejándonos ver, en el horror de los hechos de la historia, en una humanidad que parece -también hoy- querer más su propia perdición que su salvación, un rayo de luz:


«La visitaré por los días de los Ídolos, cuando les quemaba incienso, cuando se adornaba con su anillo y su collar y se iba detrás de sus amantes, olvidándose de mí, -oráculo de Yahveh. Por eso yo voy a seducirla; la llevaré al desierto y hablaré a su corazón. Allí le daré sus viñas, el valle de Akor lo haré puerta de esperanza; y ella responderá allí como en los días de su juventud, como el día en que subía del país de Egipto.» (2,15-17)
«Venid, volvamos a Yahveh, pues él ha desgarrado y él nos curará, él ha herido y él nos vendará. Dentro de dos días nos dará la vida, al tercer día nos hará resurgir y en su presencia viviremos.» (6,1-2)

Bibliografía: Es muy conveniente ampliar el conocimiento del contexto histórico de Oseas, mucho más que las breves pinceladas que doy aquí. En cualquier introducción al profeta puede encontrarse. En particular recomiendo, la introducción a Oseas del Comentario Bíblico San Jerónimo (tomo I, pág 675ss); también el cuaderno bíblico Verbo Divino dedicado a Amós y Oseas, por Jesús. M. Asurmendi (CB nº 64), y muy especialmente el capítulo dedicado a Oseas en la obra del rabino Abraham Heschel «Los profetas», tomo I, pág 92ss. Aunque breve, la introducción del P. Alonso Schökel, y sobre todo su traducción del libro, en la «Biblia del Peregrino», son de gran valor. Más importante que todo ello junto, es no dejar de leer el libro del profeta. La vidriera que ilustra el artículo es de artista románico desconocido, alemán, de hacia el 1132, mide 2,20 X 0,5 m., y se encuentra en la catedral de Augsburgo, junto con otras vidrieras del mismo autor dedicadas a figuras del A.T. 

 

Abel Della Costa
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