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El Testigo Fiel
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Los Profetas
El profetismo fue una de las instituciones del Antiguo Testamento más originales y fecundas para la fe bíblica, por eso, además de la celebración de cada profeta por separado, conviene evocar el conjunto.

El Martirologio Romano incluye como santos y testigos de Cristo algunas figuras del AT, pocas, si consideramos la enorme extensión de sus historias y personajes. Apenas 28 nombres individuales, además de los dos grupos de 9 santos Macabeos (1 de agosto) y de los innumerables Antepasados de Jesús (24 de diciembre). De esos 28 nombres, 18 corresponden a profetas, esto nos puede ayudar a calibrar la importancia de esta institución para la comprensión de la fe bíblica.

El profetismo no es originario de la Biblia, hunde sus raíces en la religiosidad espontánea de los hombres. Se podría decir que alguna forma de profetismo es indispensable en cualquier religión, ya que el profeta cumple como misión básica el ser un vaso de resonancia de la comunicación divina con los hombres en distintos momentos del tiempo.

Hay algunos tipos básicos de profetas, comunes a la religión natural: vates, adivinos, intérpretes de enigmas sacros, nigromantes, intérpretes de sueños, etc. De todos ellos ha tenido Israel, pero en determinado momento de su historia, a mediados del siglo IX, la palabra habitual para designar al profeta (nabí) comenzó a especializarse para un tipo nuevo de personaje religioso, que no coincide con ninguna de las categorías mencionadas: nacía así el profetismo específicamente bíblico, lo que llamamos el "profetismo clásico".

La escena en la que mejor podemos ver la confrontación entre el "tipo nuevo" del profeta bíblico, y el "tipo natural" del profeta es la de Elías frente a los profetas de Baal en el Monte Carmelo (1Re 18,19ss). Es verdad que el relato confronta un profeta del auténtico Israel (Elías) con profetas de dioses extranjeros (los 450 profetas de Baal), sin embargo el comportamiento de estos profetas no difiere de lo que podemos encontrar en los profetas antiguos, anteriores a Elías, incluso en Samuel.

El profetismo natural es puramente carismático: se espera que el profeta sea literalmente "tomado" por la divinidad, algo que el mismo profeta debe procurar por medios como una danza ritual enfervorizante, gritos, en este caso incluso autolesiones... cuando el profeta pierde el dominio de sí, se puede decir que ha sido poseído por la divinidad y se ha realizado el objetivo de su carisma: su palabra es ahora inmediatamente palabra divina y su acción una acción divina, inteligible o no.

De hecho, la palabra con la que se designa en hebreo -que es, como ya dije, "nabí"- es un derivado del verbo "nabá", que significa "caer en éxtasis", "estar en trance".

Elías, sin embargo, en ningún momento de esta narración cae en trance, ni ejecuta nada que no pueda comprenderse racionalmente. Es verdad que él pretende validez divina para su palabra, pero esa palabra no es caótica ni initeligible: se limita a repetir lo que el creyente ya sabe, o al menos debería saber: "Yahveh, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, que se sepa hoy que tú eres Dios en Israel..." (v.36).

La repetición no es un mero recitado, sino volver a decir hoy, para el público de hoy que está en aquella montaña ("todo Israel", v.19), aquello que es la exigencia esencial de Dios para todo Israel en todos los tiempos. La palabra de un profeta como Elías es una palabra que actualiza y recuerda, y al espantar las confusiones de la fe de Israel ("cojear con los dos pies", v.21), juzga y sana. La validez divina de la palabra de Elías no proviene de su enajenación, sino precisamente de lo contrario: de que Elías está anclado en la tradición de la fe, vive de ella y la trae de nuevo al presente. 

Aunque Elías no escribió nada, ni sus oráculos se han conservado fuera de una tradición narrativa que dio lugar al ciclo profético que ocupa la segunda mitad del primer libro de los Reyes, el germen de su actuación profética tenía que terminar en profetas cuyos oráculos se consignaran (por ellos mismos o por una tradición discipular) por escrito. Si lo propio del profeta es el recuerdo actualizador de la fe, era lógico que el clasicismo profético se alcanzara con los grandes profetas escritos: Isaías, Jeremías, Ezequiel, Oseas...

Frente al profeta extático, caja de resonancia de una divinidad que no termina de tocar este mundo, que no lo toca sin destruirlo, Israel recibió al profeta-poeta, capaz de "componer" la palabra divina en palabra humana.

El profeta es para Israel el "lugar" donde Dios se toca con el hombre, y se comunica con él. Principalmente con palabras, pero no solo con ellas, sino a través de toda su persona, incluso sus sentimientos y emociones, como se puede ver en Jeremías, o su entero proyecto de vida, como se ve en Oseas. 

Cuando tocó traducir los libros sagrados al griego, siglo IIIaC, los traductores, teniendo a su disposición otros términos quizás etimológicamente más apropiados, prefirieron para "nabí" el término "pro-fetes": el que habla en nombre de otro, el intérprete, porque esa es la precisa tarea de los profetas bíblicos: intepretar para los hombres de su tiempo la voluntad del Dios eterno.

Los profetas y el futuro

¿Pero qué hay de los profetas y el futuro? ¿Los profetas no tienen como función principal anunciar lo que va a ocurrir? No, no es esa la función principal (aunque veremos que está ligada a su tarea) y la relación de los profetas con el futuro es mucho más compleja que la de anuncio-cumplimiento.

En realidad, cuando fue declinando la presencia de los profetas en la vida religiosa de Judá, hacia el siglo IV a.C., fue surgiendo una nueva realidad religiosa, heredera de aquella, pero con otras características: la apocalíptica. Fue este un movimiento religioso de amplísima influencia, que desarrolló todo un modo de juzgar la realidad a la luz del juicio futuro de Dios. Sus videntes se consideraban a sí mismos profetas, y en cierto sentido lo eran (porque cumplían la tarea del profeta clásico: actualizar la palabra de Dios que juzga y sana), pero lo hacían con medios nuevos, con un lenguaje simbólico y arcano, con visiones literarias tendidas hacia la futura consumación.

A ellos debemos la especialización del término "profecía" entendido como "futurología". A esto se sumó que para el cristianismo naciente, Jesús no podía considerarse simplemente el acabamiento de la antigua alianza: era su acabamiento pero también su plenitud y revitalización; para expresar eso se acudió a una noción de largo alcance (muy bien representada en el evangelio de san Mateo, que es quien más la utiliza, aunque no es el único): Jesús es el "cumplimiento" de la palabra divina. Completa el sentido de una palabra antigua que, vista retrospectivamente, resulta ser no solo una palabra para su época, sino también una figura a descifrar.

Por ejemplo, la profecía del "Emmanuel" de Isaías 7,14 está sin duda anclada en su época: es un signo de Dios para el rey Ajaz: frente al miedo del rey y de la ciudad ante el imparable avance asirio, Dios le ofrece, señalándole la venida de un próximo heredero real, la garantía de que su promesa de continuidad de la Casa de David no va a fallar. Eso significa el signo profético tal como lo propone en el siglo VIII un profeta del siglo VIII para un rey del siglo VIII. ¡Inútil signo si el rey tuviera que esperar 7 siglos para ver el cumplimiento!

Ahora bien, la concepción virginal de Jesús iluminó de una manera nueva la profecía isaiana: los hechos de Jesús llenaban de sentido (¡cumplían!) insospechadamente un texto cuya capacidad de decir superaba las fronteras de su siglo: si una joven en el siglo VIII a.C. había resultado ser la receptora del "Dios-con-nosotros" davídico, ¡cuánto más una verdadera virgen concibió la plenitud de esa presencia divina entre nosotros!

Pero nótese que el proceso interpretativo no es simple y lineal: no es un texto del pasado que habla del futuro, sino unos hechos que, al producirse, iluminan unos textos del pasado, que se vuelven presentes, y re-iluminan con su potencial de sentido esos mismos hechos, para penetrarlos a fondo en la fe.

Esto no es un invento del NT: las propias palabras de los profetas fueron memorizadas y conservadas precisamente porque los seguidores de los profetas veían en esas palabras nuevas posibilidades de comprender la realidad, y por tanto de juzgarla desde la voluntad divina.

Los protagonistas del profetismo clásico

El profetismo tuvo en Israel su edad de oro desde el siglo VIII, con los primeros profetas escritos del Reino del Norte, hasta la vuelta del Destierro y el reacomodamiento de la comunidad en Judá, digamos hasta fines del siglo V. Unos fecundos cuatro siglos que nos dieron los nombres que hoy jalonan el Martirologio Romano como padres fundadores de la fe bíblica. 

Estos son los nombres de los profetas bíblicos y su orden en el tiempo:

Amós y Oseas, en el Reino del Norte (Israel), Isaías y Miqueas, en el Reino del Sur (Judá), a lo largo del siglo VIII a.C.

Sofonías, Nahúm, Habacuc y Jeremías, profetas de Judá (Israel desapareció en 723) a lo largo del siglo VII (Nahúm y Habacuc son de difícil datación, esta ubicación es la tradicional, pero podrían ser posteriores)

Ezequiel y II-Isaías (autor de los capítulos 40-55 de Isaías), profetas del período del Destierro (585-535), el primero al inicio, el otro al final.

Ageo, Zacarías (llamado I-Zacarías, es decir: Zac 1-6), III-Isaías, profeta anónimo, responsable de la tercera parte de Isaías (Is 56-66), Malaquías, Abdías, Joel, II-Zacarías (Zac 7-14), profetas de la vuelta del Destierro y en general del período persa, cuando va ocurriendo (y en ellos ya aparecen vestigios) la transformación del profetismo en apocalíptica. 

Quizás llame la atención que no mencione a Daniel, pero es que se trata en realidad de un escrito de tipo apocalíptico, no de un escrito profético, aunque nosotros lo enumeremos con los profetas "mayores" por su extensión, y no menos por su influencia posterior; en la Biblia hebrea (Tanaj) no se clasifica entre los profetas sino entre los "otros escritos". Y también puede verse que no menciono a Jonás, que en realidad es el personaje de un libro, no propiamente un profeta histórico, sino una figura literaria de ficción: el díscolo profeta protagonista del "Libro de Jonás".

Isaías, Jeremías y Ezequiel (junto con Daniel) forman el conjunto que en nuestras biblias se identifican como "profetas mayores", categoría que resalta la extensión de sus libros, tanto como la proyección de sus figuras. El resto forma el conjunto que nosotros llamamos "profetas menores" y en la biblia hebrea se denominan "Los Doce" (y se cuentan como un solo libro): Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías, Malaquías. El orden en esta colección proviene de la época de en que los rabinos supusieron la aparición de estos profetas, orden que, como podemos ver en la lista más cronológica que he puesto anteriormente, hoy no se sustenta completamente.

¿Y no hay profetas en el Nuevo Testamento?

¡Sí que los hay! Son explícitamente mencionados algunos profetas en Hechos de los Apóstoles (11,27; 13,15), pero además el propio Jesús fue visto por los primeros cirstianos (bien que imperfectamente, sin haber llegado todavía a la comprensión profunda que el Espíritu fue trayendo) como el profeta escatológico ("Un profeta poderoso en obras y en palabras", Lc 24,19) que inauguraba por fin la comunidad profética prometida para el fin de los tiempos (Joel 3,1, citado y aplicado a la comunidad cristiana por Hechos 2,17; ver Mt 5,12).

Carta a los efesios, escrita hacia los años 80, resume la cuestión: "estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el propio Cristo es la piedra angular" (2,20), está claro que la epístola no se refiere a los profetas antiguos sino a los de la comunidad, que, junto con los apóstoles, aseguraron la recepción de las tradiciones de Jesús, y su adecuada comprensión por la obra carismática del Espíritu.

Aun la Didajé, una obra del fin de la era apostólica, menciona a los profetas como una institución viva en la comunidad. Lamentablemente, algunos excesos en el uso de los carismas, como las revelaciones sobre las que se apoyaban movimientos de ruptura (como los montanistas, siglo II), hicieron que la Iglesia se replegara ante estos carismas, y cerrara filas en torno a una institucionalización creciente.

Pero desde luego que el espíritu profético no abandonó nunca a la Iglesia... ¡sería inconcebible nuestra fe sin profetas! Una y otra vez la Iglesia recibe el soplo profético de los grandes santos y reformadores, que le muestran nuevos caminos, o revitalizan los ya existentes.

Y aun más, cada uno de los que esto lee, en tanto ha sido bautizado, goza del carácter profétcio, si hemos de creer a la bella fórmula que se recita en la unción con el santo crisma, tras recibir el agua del renacimiento bautismal:

«Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que os ha liberado del pecado y dado nueva vida por el agua y el Espíritu Santo, os consagre con el crisma de la salvación para que entréis a formar parte de su pueblo y seáis para siempre miembro de Cristo, sacerdote, profeta y rey. Amén.»


Para estudiar más en profundidad el tema del profetismo puede acudirse al Cuaderno Bíblico Verbo Divino «Los profetas del Antiguo Testamento», de Louis Monloubou (nº 43, 1987). La preciosa obra "Los profetas", del Rabino Abraham Heschel es una verdadera joya para la comprensión de los profetas del AT y del carácter profético; "Profetismo y sacerdocio", de Ángel González, es un clásico que no debe dejar de conocerse. También está disponible libremente en Youtube mi videocurso sobre "Profetas".

 

 

 

 

 

Abel Della Costa
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