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El Testigo Fiel
«Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde el 20 de junio de 2003
Las oraciones básicas de la vida cristiana
Liturgia de la Eucaristía


 

Preparación de las ofrendas
La segunda parte de la misa comienza con la ofrenda del pan y del vino. En las misas dominicales y solemnes suele realizarse una procesión desde el final del templo hasta el pie del altar de unos fieles que llevan esas ofrendas, acompañados por el canto de la asamblea; durante todos estos ritos la asamblea permanece sentada.
La posición de "sentado" en la liturgia tiene el significado de que lo que realiza el sacerdote (o el que ejerce el ministerio de cada momento, como el lector o el guía) es una acción "humana", en cambio cuando estamos de pie, es porque ya lo que se realiza está presidido por el propio Cristo, como la proclamación del Evangelio, o la plegaria eucarística.
generalmente los fieles acompañas la preparación de las ofrendas por medio del canto, pero si no lo hay, o si ha terminado, el sacerdote dirá en voz alta, al elevar el pan (y luego al elevar el vino):
-Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan (vino), fruto de la tierra (de la vid) y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos, él será para nosotros pan (bebida) de salvación.
Y la asamblea responde:
R: bendito seas por siempre, Señor.

Terminada la preparación de las ofrendas, el sacerdote dice una última oración "como él mismo":
-Orad hermanos para que este sacrficio, mío y vuestro, sea agradable a Dios Padre todopoderoso.
A lo que la asamblea responde, todavía sentada:
R: El Señor reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia.

Es este el momento en que la asamblea se pone de pie, no cuando un poco después se diga "elevemos nuestros corazones", ése será el momento de elevar el corazón, no el cuerpo, el cuerpo ya fue elevado ahora, luego del ofertorio, porque la acción que comienza es de Cristo sacerdote. Eso se significa en la liturgia en que el sacerdote eleva los brazos para realizar la
Oración sobre las ofrendas, a la que todos respondemos
Amén.

Luego de ella comienza la
Plegaria eucarística (ya está la asamblea de pie)
-El Señor esté con vosotros
R: Y con tu espíritu.
-Elevemos el corazón
R: Lo tenemos levantado hacia el Señor.
-Demos gracias al Señor, nuestro Dios
R: Es justo y necesario.
Con estas dos palabras comienza el "Prefacio" del día. Al igual que la oración colecta, el prefacio se refiere estrechamente al carácter de la celebración de ese día en concreto, y contiene no sólo una oración a Dios, sino una profunda catequesis para cada fiel.
-Realmente es justo y necesario.....
El Prefacio termina con la recitación o el canto del Santo:
-Santo, (todos continuamos)
Santo, Santo, es el Señor Dios del Universo, llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
¡Hosanna en el cielo!
¡bendito el que viene en nombre del Señor!
¡hosanna en el cielo!

Según la plegaria eucarística que el celebrante haya elegido, generalmente comienza aquí al consagración, aunque en algunas plegarias vienen aun unas frases más antes de comenzar propiamente la consagración. El momento de arrodillarse es cuando el sacerdote realiza la "epíclesis" (invocación), es decir que extiende sus manos palma abajo sobre las ofrendas e invoca la presencia del Espíritu para que consagre esos dones y lleguen a ser el Cuerpo y Sangre de Cristo. Sólo Dios tiene ese poder.
En muchas celebraciones ese momento se marca con el sonido de campanillas que toca el acólito, y que indican claramente cuándo debemos arrodillarnos. Es un momento solemnísimo, el más solemne de toda la misa, y el centro mismo de la vida cristiana, por lo que permanecer de rodillas (pudiendo hacerlo, y a salvo de casos personales de excepción) indica un recogimiento especial.

El fin de la consagración viene indicado por las palabras del sacerdote:
-Éste es el misterio de la fe.
Para ese momento ya nos levantamos, y la asamblea responde:
R: Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven, Señor Jesús! (hay algunas variantes de esta fórmula)

Mucha gente, siguiendo una antigua costumbre, se mantiene de rodillas hasta el Padrenuestro, o incluso hasta el Cordero de Dios. Sin embargo en la liturgia los gestos de la asamblea deben primar por sobre los gestos particulares, así que al menos en las celebraciones grandes conviene que sigamos el gesto que el propio ritual señala.

Continúa la plegaria eucarística, pidiendo por toda la Iglesia: el Papa, los obispos, los sacerdotes en general, el pueblo fiel y los difuntos. Los textos pueden ser más o menos solemnes, según la plegaria escogida, que tiene que ver también con lo solemne de la ocasión. No hay más respuesta de los fieles salvo algún "amén", hasta la elevación final de las especies consagradas:
-Por Cristo, con él y en él, a ti Dios Padre todopoderoso, en la unidad del Espíritu santo, todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos
R: amén.
Esa invocación es propia del sacerdote y no debería ser recitada por toda la asamblea, costumbre que en algunos lados se ha impuesto sin que cuaje con el sentido de ese momento.

Oración de Jesús
A continuación el sacerdote invita a todos a recitar juntos el Padrenuestro. Él extiende los brazos (no los fieles). En algunas asambleas se ha impuesto la costumbre de tomarse de las manos durante la recitación del Padrenuestro, aunque no es estrictamente un gesto universal de la liturgia. El texto del Padrenuestro no debe variarse; si se canta y el texto, en razón de la melodía, se modifica, debería recitarse luego tal como es en su versión litúrgica, por tratarse de la oración que enseñó Jesús y no una mera letra que ocasionalmente rime bien.
Al final del Padrenuestro no se dice "amén", porque continúa con el embolismo:
-líbranos Señor de todos los males, y concédenos la paz en nuestros días, para que ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos contra toda perturbación, mientras aguardamos la gloriosa venida de nuestro salvador, Jesucristo.
A esto el pueblo responde con una antigua fórmula de glorificación, que había caído en desuso en la Iglesia católica y ahora ha sido felizmente restaurada:
R: Tuyo es el reino, el Poder y la Gloria por los siglos de los siglos. Amén.
El sacerdote pide a Dios el don de la paz para toda la Iglesia:
-Señor Jesucristo que dijiste a los apóstoles...
R: Amén.
-La paz del Señor esté siempre con vosotros.
R: Y con tu espíritu.
El sacerdote invita ahora a dar la paz a quienes tengamos al lado. Se trata de un gesto simbólico y litúrgico, para abrazos, besos efusivos, reencuentros familiares, pellizcos, etc. hay toda una calle por delante del templo, y muchísimos otros momentos, con dar la mano o el ósculo santo a quien tengamos a nuestra derecha e izquierda el Señor (que es el destinatario de la liturgia) ya entendió que estamos bien dispuestos a compartir su paz. Lo demás sobra, afea la celebración, y oscurece su delicado ritmo.
Si queda alguien que atienda, se continúa con el Cordero de Dios, que lo recita toda la asamblea:
-Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, danos la paz.
El sacerdote eleva el Cuerpo de Cristo y proclama, como Juan el Bautista:
-Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, felices los invitados al banquete del Señor
R: Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.

El sacerdote toma ahora él mismo la comunión, y comienza con ello el momento de la
Comunión
Según la costumbre del lugar, los fieles que comulgan se acercan al altar o a los puntos donde se esté dando la comunión.
Generalmente el rito de la comunión se acompaña con canto. En la medida de lo posible, todos los fieles (también los que no comulgan) deben acompañar a todos permaneciendo de pie y cantando, incluso luego de haber recibido la comunión. Hay un momento de silencio previsto luego de la comunión para la acción de gracias personal, y como enseguida acabará la misa, habrá ocasión de quedarse en recogimiento gustando ese encuentro íntimo con Jesús, por lo que el rato de la comunión no es el momento para la oración personal.
Ritos finales:
Terminada la comunión de todos los fieles que la reciben, el sacerdote vuelve al altar, guarda en el sagrario las hostias que no se han consumido, limpia con cuidado el altar y los utensilios de modo que no queden partículas visibles, y se sienta unos instantes en oración y silencio. Todo este momento (más largo para los fieles) es un precioso tiempo de recogimiento.
Terminado el cual se pone toda la asamablea de pie y el sacerdote recita la oración postcomunión, a lo que respondemos: Amén.
Luego:
-El Señor esté con vosotros
R: Y con tu espíritu.
-la bendición de Dios todopoderoso (va trazando la cruz en el auire y los fieles pueden inclinarse o realizar en ellos la señal, o las dos cosas) Padre, Hijo, y Espíritu santo, descienda sobre vosotros.
R: Amén.
-Podéis ir en paz.
R: Demos gracias a Dios.
En misas muy solemnes esta bendición es más larga: el sacerdote extiende los brazos y recita tres fórmulas largas a las que el pueblo responde "Amén".
En tiempo pascual a las fórmulas de saludo final se le agregan "aleluya, aleluya":
-Podéis ir en paz. Aleluya, aleluya.
R: Demos gracias a Dios. Aleluya, aleluya.

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