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El Testigo Fiel
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José acusado por la mujer de Putifar

José acusado por la mujer de Putifar

1655

 

 Gn 39,1-20


José fue bajado a Egipto, y le compró un egipcio, Putifar, eunuco de Faraón y jefe de los guardias; le compró a los ismaelitas que le habían bajado allá. Yahveh asistió a José, que llegó a ser un hombre afortunado, mientras estaba en casa de su señor egipcio. Este echó de ver que Yahveh estaba con él y que Yahveh hacía prosperar todas sus empresas. José ganó su favor y entró a su servicio, y su señor le puso al frente de su casa y todo cuanto tenía se lo confió. Desde entonces le encargó de toda su casa y de todo lo que tenía, y Yahveh bendijo la casa del egipcio en atención a José, extendiéndose la bendición de Yahveh a todo cuanto tenía en casa y en el campo. El mismo dejó todo lo suyo en manos de José y, con él, ya no se ocupó personalmente de nada más que del pan que comía. José era apuesto y de buena presencia.


Tiempo más tarde sucedió que la mujer de su señor se fijó en José y le dijo: "Acuéstate conmigo."

Pero él rehusó y dijo a la mujer de su señor: "He aquí que mi señor no me controla nada de lo que hay en su casa, y todo cuanto tiene me lo ha confiado. ¿No es él mayor que yo en esta casa? Y sin embargo, no me ha vedado absolutamente nada más que a ti misma, por cuanto eres su mujer. ¿Cómo entonces voy a hacer este mal tan grande, pecando contra Dios?"

Ella insistía en hablar a José día tras día, pero él no accedió a acostarse y estar con ella.


Hasta que cierto día entró él en la casa para hacer su trabajo y coincidió que no había ninguno de casa allí dentro.

Entonces ella le asió de la ropa diciéndole: "Acuéstate conmigo." Pero él, dejándole su ropa en la mano, salió huyendo afuera.

Entonces ella, al ver que había dejado la ropa en su mano, huyó también afuera y gritó a los de su casa diciéndoles:

"¡Mirad! Nos ha traído un hebreo para que se burle de nosotros. Ha venido a mí para acostarse conmigo, pero yo he gritado, y al oírme levantar la voz y gritar, ha dejado su vestido a mi lado y ha salido huyendo afuera."

Ella depositó junto a sí el vestido de él, hasta que vino su señor a casa, y le repitió esto mismo: "Ha entrado a mí ese siervo hebreo que tú nos trajiste, para abusar de mí; pero yo he levantado la voz y he gritado, y entonces ha dejado él su ropa junto a mí y ha huido afuera."


Al oír su señor las palabras que acababa de decirle su mujer: - "Esto ha hecho conmigo tu siervo" - se encolerizó. Y el señor de José le prendió y le puso en la cárcel, en el sitio donde estaban los detenidos del rey. Allí se quedó en presidio.

 

 

La historia en sí misma es bien sencilla (como toda la saga de José), y carecería de grandes méritos narrativos si no estuviera al lado de la trágica historia de Judá y Tamar (Gn 38), a la que sirve de contrapunto: ésta mostraba la incontinencia e injusticia de Judá, mientras que la de José nos presenta el modelo del "siervo fiel y prudente".

 

Hasta aquí, no parece que el aprovechamiento artístico pudiera dar más que para retratar la anécdota, y sin embargo... Rembrandt, retocando algunos detalles, logra explorar en tres sentimientos humanos que "se salen" por los ojos de los personajes.

Ante todo, si atendemos al foco luminoso del cuadro, el protagonismo no lo lleva la mujer, ni José, ni el marido, sino las manos de ella: la luz cae sobre la cama sin deshacer, y deja en primer plano el dedo acusador a la derecha, y la mano que protesta inocencia, apoyada sobre el pecho de la esposa.

Esas dos manos se encargan de contarnos por completo la anécdota, de tal modo que si no tuviéramos la historia bíblica, con facilidad podríamos imaginarla.

Libre entonces del peso de la historia, puede ahora el artista dedicarse a penetrar en el alma de los personajes: develar lo que no está en la narración bíblica. Y notemos que se detiene en el momento en que aún el esposo no ha tomado una decisión; su rostro, y toda su figura, expresan a la vez perplejidad, interés, y sobre todo, la actitud de aquél que, sí, está dispuesto a creer... pero requiere más detalles.

La respuesta de la esposa no se hace esperar: ¿acaso no basta esa ropa que ves allí, y mi inocencia, que conoces?

Pero el centro de este pequeño forcejeo en torno a cuál será la verdad, no está ni en uno ni en otro, sino en la figura de José, retirado del centro de la escena. Su postura, y sobre todo su rostro, expresan sentimientos complejos: una sonrisa casi irónica, porque sabe que no es posible ir contra el que habla con malicia. Y a la vez resignación, ante un desenlace que lo pondrá de nuevo frente a su destino: para llegar a ser el depositario de las promesas, deberá pasar por humillaciones.

 

El cuadro no contiene nada explícitamente religioso, y sin embargo, en la serenidad de este José, es posible recuperar la mirada cristiana, que sabe que cada cabello de nuestra cabeza está contado, y que cada momento de nuestra vida no es sino un punto de fuga hacia el tiempo inescrutable de los planes de Dios.

 

 

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