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El Testigo Fiel
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David, músico de Saúl

Saúl y David

1655-60

 

1Samuel 16,14-23


El espíritu de Yahveh se había apartado de Saúl y un espíritu malo que venía de Yahveh le perturbaba.

Dijéronle, pues, los servidores de Saúl: "Mira, un espíritu malo de Dios te aterroriza; permítenos, señor, que tus siervos que están en tu presencia te busquen un hombre que sepa tocar la cítara, y cuando te asalte el espíritu malo de Dios tocará y te hará bien."

Dijo Saúl a sus servidores: "Buscadme, pues, un hombre que sepa tocar bien y traédmelo."

Tomó la palabra uno de los servidores y dijo: "He visto a un hijo de Jesé el belemita que sabe tocar; es valeroso, buen guerrero, de palabra amena, de agradable presencia y Yahveh está con él."


Despachó Saúl mensajeros a Jesé que le dijeran: "Envíame a tu hijo David, el que está con el rebaño."

Tomó Jesé cinco panes, un odre de vino y un cabrito y lo envió a Saúl con su hijo David.

Llegó David donde Saúl y se quedó a su servicio. Saúl le cobró mucho afecto y le hizo su escudero.


Mandó Saúl a decir a Jesé: "Te ruego que tu hijo David se quede a mi servicio, porque ha hallado gracia a mis ojos."

Cuando el espíritu de Dios asaltaba a Saúl, tomaba David la cítara, la tocaba, Saúl, encontraba calma y bienestar y el espíritu malo se apartaba de él.

 

 

La Biblia recoge episodios diversos acerca de la llegada de David a la corte de Saúl, reflejo seguramente de la complejidad histórica de la que surgió la dinastía mesiánica. Uno de ellos es éste, en el que se destaca el aspecto artístico del Rey (en el relato de Goliat destacará su valerosidad en la guerra).

La escena es puramente anecdótica, y sirve al desarrollo del capítulo mostrando, por un lado, que David no era un artista improvisado, y por otro, lo central, resaltando que Yahveh había abandonado a Saúl.

Sin embargo, en esta pequeña anécdota, apenas una "bisagra narrativa" con la que el relato bíblico prepara el desarrollo central de la sucesión de Saúl, el pìntor ha puesto la mirada y ha percibido el instante preciso en que la belleza de la música vence a la maldad del "espíritu malo que venía de Yahveh".

El rostro de David trasluce la concentración en su música, y una cierta serenidad de fondo. El de Saúl, en cambio, mantiene la mirada en un punto distante, preguntándose tal vez -cargando con la rica vestidura expresión de su poderío real-, por qué Yahveh le permitió descender a ese dolor luego de haberlo encumbrado tanto.

Rembrandt se había interesado ya en este tema en su juventud artística, en 1929; véase la misma escena en ese otro cuadro, y, sobre todo, el gran avance entre uno y otro en cuanto a lograr expresar el carácter propio de la lucha interior de Saúl con el espíritu de la locura.

 

 

 

Saul y David, óleo de 1929, y detalle del rostro de Saúl.

 

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