Hola, quisiera recomendarles la lectura de un libro que me sorprendió mucho. Se trata de "Carácter y neurosis" del psiquiatra chileno Claudio Naranjo. Este autor tiene sus adeptos en España. El libro es una caractereología de tipos humanos analizados con mucha profundidad y perspicacia. Se fundamenta en muchas tradiciones caractereológicas, desde los personajes de la comedia del arte hasta los diferentes trastornos definidos en el manual de psiquiatría estadounidense dsm. Toda esta literatura la consolida definiendo 9 caracteres o "eneatipos", cada uno asociado a uno de 9 pecados capitales dentro un listado ampliado: Ira, Orgullo, Vanidad, Envidia, Avaricia, Miedo, Gula, Lujuria y Pereza. Estos eneatipos tienen a su vez 3 subtipos: el conservacional, el social y el sexual según el instinto predominante.
Lo más valioso del libro es que ayuda a identificar las ideas locas que cada uno tiene y entrega una orientación para abrirse a una experiencia más rica de la vida.
La tesis es que todas las personas en su infancia temprana desarrolla una forma de lidiar con la falta de amor, o sea, una neurosis. Incluso los padres más afectuosos, pacíficos y presentes no pueden entregar exactamente lo que piden los niños (ya sea desprotección o sobreprotección). Voy a copiar un párrafo acerca de la estructura del rasgo predominante de cada eneatipo a ver si se ven identificados. Yo soy claramente eneatipo V, avaricia. El libro está aquí.
Saludos a todos
Ira
Más que un simple rasgo entre otros, la «ira» puede considerarse como el transfondo
emocional generalizado y la raíz original de esta estructura de carácter. La manifestación más
específica de la experiencia emocional de la ira es el resentimiento, que, por lo común, se
experimenta en conexión con un sentido de injusticia ante las responsabilidades y esfuerzos
que el individuo realiza en mayor medida que los otros. Esto es inseparable de una crítica a
los otros (o a las personas que son significativas) por mostrar menos celo y algunas veces
conlleva la adopción del papel de mártir. La expresión de ira más visible aparece cuando ésta
se percibe como justificada, y en tales ocasiones adopta la forma de una vehemente «justa
indignación».
Por otro lado, la ira está presente en forma de irritación, reproche y odio, que permanecen
generalmente inexpresados, porque la destructividad percibida entra en conflicto con la virtuosa
autoimagen característica de este eneatipo.
Sin embargo, más allá de la percepción de la ira en el plano emocional, podemos decir que la
pasión de la ira impregna todo el carácter del eneatipo I y es la raíz dinámica de impulsos y
actitudes que trataremos en relación con las restantes agrupaciones: crítica, exigencia,
dominación y asertividad, perfeccionismo, exceso de control, autocrítica y disciplina.
Avaricia
También se puede considerar la evitación del compromiso como una expresión del no dar,
puesto que obedece a la evitación de tener que dar en el futuro. En esta evitación del compromiso
hay, sin embargo, otro aspecto: la necesidad de los individuos del eneatipo V de
permanecer completamente libres, sin límites, sin impedimentos, en posesión de la totalidad
de ellos mismos.
Este rasgo representa una mezcla de avaricia y supersensibilidad a ser absorbidos (que se
tratará más adelante). Cabe destacar que el acaparamiento no sólo implica avaricia, sino también
una proyección de la avaricia hacia el futuro: una protección frente a la posibilidad de
quedarse sin nada.
Aquí, de nuevo, el rasgo representa una derivación, no sólo de la avaricia, sino también de la
intensa necesidad de autonomía de este carácter (que veremos luego).
Envidia
Otro campo de expresión de la envidia es el social, donde se puede manifestar como una
idealización de las clases superiores y un fuerte impulso de ascenso social -como retrató
Proust en Recuerdo de las cosas pasadas- o, por el contrario, como una odiosa competitividad
con el privilegiado, como retrató Stendhal en Rojo y Negro). Aún más sutilmente, la envidia
puede manifestarse como una búsqueda constante de lo extraordinario y lo intenso, con la
correspondiente insatisfacción con lo ordinario y lo no dramático. Una manifestación
patológica primitiva de la misma disposición es el síntoma de la bulimia, que he observado
que se produce en el contexto del eneatipo IV. Mucha gente experimenta un sutil eco de esa
condición: una sensación ocasional de vacío doloroso en la boca del estómago.
Mientras que la avaricia y, más característicamente, la ira son rasgos ocultos en los síndromes
de personalidad de que forman parte (ya que han sido compensados por un desapego patológico
y por rasgos reactivos de benignidad y de dignidad, respectivamente), en el caso de la
envidia la pasión misma es evidente y la persona sufre así por la contradicción entre una
necesidad extrema y el prejuicio en contra de ésta. De igual modo, a la luz de este choque
entre la percepción de una intensa envidia y el correspondiente sentimiento de vergüenza y
vileza por ser envidioso, podemos comprender el rasgo de «mala imagen» que tratamos a
continuación.
Lujuria
Así como la ira puede considerarse como la más escondida de las pasiones, la lujuria es
probablemente la más visible, en lo que parece una excepción a la regla general de que, donde
hay una pasión, existe también un tabú o prejuicio en la psique contra ella. Digo «parece»
porque aunque el eneatipo lujurioso está apasionadamente a favor de su lujuria y de la lujuria
en general como forma de vida, el propio apasionamiento con el que adopta esta postura
denuncia una actitud defensiva, como si necesitara demostrarse a sí mismo y al mundo que lo
que todos llaman malo, en realidad no lo es.
Algunos de los rasgos específicos que implican lujuria -tales como «intensidad», «fruición»,
«contacto», «gusto por la comida», etc- están íntimamente ligados al estrato constitucional de
esta personalidad. La disposición sensomotora (el transfondo so-matotónico de la lujuria)
puede considerarse como la base natural en la que se apoya la lujuria propiamente dicha.
Otros rasgos, como el hedonismo, la tendencia al aburrimiento cuando no hay estímulo
suficiente, el ansia de excitación, la impaciencia y la impulsividad, pertenecen al ámbito de la
lujuria propiamente dicha.
Debemos tener en cuenta que lujuria es más que hedonismo. En la lujuria no sólo hay placer,
sino también placer en reafirmar la satisfacción de los impulsos, placer por lo prohibido y,
particulamente, placer de luchar por el placer. Además del placer en sí mismo, hay aquí una
dosis de cierto dolor que se ha transformado en placer: o el dolor de aquéllos que han sido
«víctimas» de la satisfacción de uno, o el dolor implícito en el esfuerzo de superar los
obstáculos del camino hacia la satisfacción.
Es esto lo que hace de la lujuria una pasión por la intensidad y no sólo por el placer. La
intensidad extra, la excitación extra, la «especia», no viene sólo de la satisfacción de los
instintos, sino también de una lucha y un implícito triunfo.
Gula
Los individuos del eneatipo VII son más que simplemente exploradores de mente abierta: su
búsqueda de experiencia les lleva, característicamente, de un aquí insuficiente a un allí prometedor.
La insaciabilidad del glotón, sin embargo, está velada por una aparente satisfacción;
o, para decirlo con más precisión, la frustración se esconde tras el entusiasmo, un entusiasmo
que parece compensar la insatisfacción y, al mismo tiempo, mantener la experiencia de
frustración fuera de la conciencia del individuo.
Tanto en cuestión de comida como en otras áreas, lo característico de la gula del glotón es que
no está por lo común, sino que, por el contrario, se dirija a lo más destacable, a lo extraordinario.
En esta línea está el típico interés por lo mágico o esotérico, manifestación de un
interés más amplio por lo remoto, ya sea geográfico, cultural o de los límites del
conocimiento.
También, la atracción por lo que hay más allá de los límites de la cultura propia refleja el
mismo desplazamiento de valores de aquí para allí; y lo mismo puede decirse de las típicas
tendencias anticonvencionales del eneatipo VII. En este caso, el ideal puede ser un enfoque
utópico, futurista o progresista, más que de modelos culturales existentes.
Un par de rasgos inseparables de la tendencia al placer de los glotones es la evitación del
sufrimiento y, concomitante-mente, la orientación hedonista, característica de la personalidad
del eneatipo VII.
Orgullo
Si bien algunos descriptores podrían agruparse como manifestaciones directas del orgullo -la
exaltación imaginaria de la propia valía y atractivo, «interpretar el papel de la princesa», el
exigir privilegios, la jactancia, la necesidad de ser el centro de atención, etc-, hay otros que
pueden ser entendidos como "corolarios" psicológicos del orgullo. En éstos me centraré ahora.
Necesidad de amor - Hedonismo - Seducción - Asertividad - Tendencia a cuidar y falsa abundancia - Histrionismo - Emocionalidad impresionable
Vanidad
Si consideramos la sustitución del ser por la apariencia como la fijación del eneatipo III, ¿qué
debemos considerar entonces como pasión dominante de este carácter?
Mi impresión es que el estado emocional más característico y, al mismo tiempo, el que
subyace en el interés característico por la exhibición, hasta el punto de la autofalsificación, es
la necesidad de atención: una necesidad de ser visto que se frustró en el pasado y que busca
ser satisfecha mediante el cultivo de la apariencia. Además del sentimiento percibido de
querer ser visto, oído, apreciado, hay en el carácter del eneatipo III un sentimiento
correspondiente de soledad que surge no sólo de la frustración crónica de la necesidad de ser a
los ojos de los demás, sino también del hecho de que cualquier éxito que se alcance tiene que
ser atribuido a la falsedad del yo y a la manipulación.
Con ello, persiste la pregunta «¿Sería yo querido por lo que soy, si no fuera por mis logros, mi
dinero, mi cara bonita, etc?» La cuestión se perpetúa por el hecho de que al individuo no sólo
le mueve un temor al fracaso en su carrera en busca del éxito, sino que también está muerto
de miedo a quedar expuesto y a ser rechazado si tuviera que revelarse al mundo sin una máscara.
He incluido la expresión «preocupación por las apariencias» en el grupo de los descriptores
del eneatipo III, junto con «vanidad», que no sólo hace referencia a una pasión por «figurar»,
sino que implica una capitulación ante los valores culturales y una sustitución de la dirección
interna por una dirección y valoración extrínsecas. También he incluido en el grupo de la
vanidad el «perfeccionismo con respecto a la forma», la «imitación» y el «camaleonismo» (en
virtud del cual, por ejemplo, la vanidad en la contracultura puede cultivar una autoimagen de
evidente descuido de la apariencia personal).
La psicología del eneatipo III no sólo consiste en una pasión por la modulación de la
apariencia. La habilidad para lograr los propósitos de la vanidad da pie típicamente a aquella
pasión en la psique del individuo. Así, las mujeres hermosas tienen más probabilidades de
adoptar la estrategia de la brillantez (con el correspondiente error existencial de confundir su
atractivo con su verdadera personalidad). Además de las características que reflejan un deseo
general de complacer y atraer, tales como el refinamiento, la consideración o la generosidad,
trataremos a continuación algunos rasgos que destacan notoriamente: el impulso por el
triunfo, la habilidad social y la preocupación por la apariencia personal.
Miedo
De entre los rasgos descriptivos del eneatipo VI, una característica central es la peculiar
emoción que la psicología contemporánea ha descrito como ansiedad. Ésta puede asimilarse a
un miedo congelado o una alarma congelada ante un peligro que ha dejado de amenazar
(aunque continúa siendo imaginado).
Examinando los descriptores del eneatipo VI, encuentro, aparte de la ansiedad, muchos en los
que el miedo es la característica psicológica explícita: miedo al cambio, miedo a cometer
errores, miedo a lo desconocido, miedo a soltarse, miedo a la hostilidad y al engaño, miedo a
no ser capaz de sobrellevar las situaciones, miedo a no sobrevivir, miedo a la soledad en un
mundo amenazante, miedo a la traición y miedo a amar. Los celos paranoides se podrían
incluir en el mismo grupo.
Muy en conexión con éstos, están los rasgos relacionados con la expresión de miedo en la
conducta: inseguridad, duda, indecisión y titubeo (una consecuencia del temor a cometer errores),
paralización, inmovilización por la duda, pérdida de contacto con el impulso, evitación
de las decisiones e inclinación a las componendas, exceso de cuidado y precaución,
propensión a la recomprobación compulsiva, nunca estar seguro, falta de confianza en sí
mismo, exceso de ensayos y dificultad con las situaciones no estructuradas (es decir, aquellas en las que no hay unas pautas de conducta establecidas).
Si el miedo paraliza o inhibe, la inhibición de los impulsos alimenta la ansiedad, como
pensaba Freud; y podemos decir que el miedo es un miedo a los propios impulsos, un miedo a
actuar espontáneamente. Este «miedo a ser», para usar la expresión de Tillich, se complica
típicamente por un miedo al mundo exterior y un miedo a las consecuencias futuras de las
acciones presentes de uno.
Una manera adicional en la que el miedo, mediante la inmovilización, se realimenta es a
través del sentimiento de impotencia que invade al individuo que teme dar rienda suelta a sus
impulsos agresivos o sexuales. El no ser capaz de confiar en su propio poder, el desconfiar de
las propias aptitudes y de la capacidad para afrontar las situaciones -con la consecuente
inseguridad y la necesidad de confiar en otros- puede considerarse como no totalmente
irracional, sino como el resultado de saberse, en un sentido psicológico, «castrado».
Pereza
Cuando procuro poner orden en la lista de descriptores del eneatipo IX, clasificándolos según
su similitud psicológica, me encuentro con que uno de los grupos conceptuales implica un
rasgo que se podría entender como «escasez de experiencias interiores» -usando la expresión
de un artículo de Horney que lleva el mismo título-, una falta de fuego, una flemática falta de
pasión. A estos términos podemos añadir «narcotización» (también introducido por Horney) y
«de piel gruesa» (una insensibilización que responde a un «prolongado sufrimiento»). Una
expresión intelectual de la pérdida de interioridad como defensa es la falta de sutileza y de
imaginación; una consecuencia emocional, el amortecimiento de los sentimientos, que puede
ser aparente (en una actitud excesivamente flemática o en la falta de comunicación sobre sí
mismo) u oculta (bajo una actitud simpática o jovial).
En el ámbito cognitivo, el aspecto más decisivo es el ensordecimiento de la persona hacia sus
voces interiores, una pérdida de instinto bien oculta por una aparente animalización (así como
la pseudoespontaneidad de la libertad sexual y social coexiste con un amortecimiento
interior).
El no querer ver, el no querer estar en contacto con la propia experiencia, es algo semejante a
la pereza cognitiva, un eclipse del experienciador o testigo interior de la persona. En línea con
este eclipse de la cognición y teniendo en cuenta la actitud predominantemente activa, hay un
rasgo que podríamos llamar «concretismo», cuya expresión abarca desde la literalidad hasta
una actitud excesivamente terrenal, una preocupación sanchopancesca por la supervivencia y
lo práctico, a expensas de lo sutil y lo misterioso, una pérdida de apertura a lo inesperado y al
espíritu.