«¡Así pues, está Yahveh en este lugar y yo no lo sabía!»Y asustado dijo:
«¡Qué temible es este lugar! ¡Esto no es otra cosa sino la casa de Dios y la puerta del cielo!»
Este texto de Génesis 28, que se usa en el formulario de dedicación de un templo, es lo que mejor se adapta a la experiencia que tuve ayer.
Tuve que ir fugazmente a Barcelona, a un trámite consular, y aproveché a visitar la Sagrada Familia, a la que sólo había visto por fuera (hacía, además, muchos años) y luego por TV en la retransmisión de la dedicación, y en fotos.
Debo decir que entrar es una experiencia verdaderamente impresionante, uno se siente inundado por la sensación de estar en un ámbito sagrado. Me viene bien para ilustrarlo una cita de un poeta árabe que trae Otto en Lo Santo:
«Allí, mientras yo le contemplaba, no con los míos, sino con sus propios ojos, vi que mi luz, comparada con la suya, no era más que tiniebla y oscuridad. Y que mi grandeza y mi magnificencia no era nada ante la suya. Y cuando con los ojos de la verdad examiné las obras de piedad y devoción que había realizado en su servicio, reconocí al punto que todas procedían de Él mismo y no de mí.»
No es que sea especialmente gigantesca, incluso una vez dentro, recorriéndola, la impresión de monumentalidad es mucho más afuera que adentro, donde más bien parece hasta pequeña (al menos comparada con esos planos de profundidad que se vieron por TV). Tampoco es el silencio o la serenidad que reinan, porque no reina ninguna clase de silencio ni ninguna clase de serenidad, sino que es un enjambre multicolor y multisónico de seres humanos de todas las procedencias (casi no se puede andar dentro, es una verdadera marea humana), pero -no sé ni cómo describirlo- uno se siente inundado de «algo», provocado por la altura, por la luz, pero que no es ni la altura ni la luz.
Y me alegré porque esa fascinación es toda una experiencia de lo sagrado, y sé que no era yo sólo el que lo percibía, sino que cada uno a su manera, incluso gente que posiblemente no ha pisado un templo nunca, también lo percibía, lo estaba percibiendo al mismo tiempo.
Luego vienen las cosas que se pueden poner en palabras, incluso el «gusto»: si te gusta más este aspecto del templo o aquel otro, si la fachada de la Pasión es más acorde que la de la Natividad, o al revés... pero todo es es posterior. Es el hecho de pisar, de entrar, lo que hace la diferencia.
De todas las fotos que vi, la que mejor capta en generaol la sensación que da la luz dentro (sin que, como dije, ninguna foto pueda captar lo que se siente entrando), es la que puso Andrea de la nave central en la colección de imágenes (http://.www.eltestigofiel.org/informacion/imagen.php).
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«La adversidad es el anillo espiritual que sella los esponsales con Dios» (Gertrudis la Magna)