La Cuaresma nos enfrenta a lo esencial. Nos lleva a un espacio material y simbólico liberado de lo superfluo. Las cosas que nos distraen, incluso las buenas, se dejan temporalmente a un lado. Abrazamos libremente un período de abstinencia de los sentidos.
La fidelidad al ejemplo y a los mandamientos de Cristo es el signo distintivo de la autenticidad cristiana. El alcance de la paz que encarnamos —esa paz ejemplar «que el mundo no puede dar»— da testimonio de la presencia constante de Jesús en nosotros.
Es importante insistir en este punto, ya que el Evangelio se instrumentaliza a menudo como arma en las guerras culturales.
Cualquier manipulación de las palabras y los signos cristianos para otros fines debe ser enérgicamente contestada. Al mismo tiempo, es importante corregir las ideas erróneas no solo contestándolas con indignación, sino enseñando y mostrando en qué consiste la auténtica lucha espiritual. La paz cristiana no es una promesa de vida fácil; es la condición para una sociedad transformada.
Es hora de articular la radicalidad de la «paz» cristiana, su arraigo en la justicia, el valiente don de sí mismo, recordándonos al mismo tiempo a nosotros mismos y a los demás la verdad de las palabras inmortales de san Juan Clímaco: «No hay mayor obstáculo para la presencia del Espíritu en nosotros que la ira».
La Iglesia infunde la paz en nuestro programa cuaresmal. No minimiza la invitación a combatir los vicios y las pasiones nocivas: su lenguaje es «Sí, sí», «No, no», no «ahora esto», «ahora aquello».
Pero la Iglesia nos ofrece al comienzo de la batalla cuaresmal una melodía que trae paz, como banda sonora para este tiempo. Desde hace más de mil años, la liturgia romana del primer domingo de Cuaresma mantiene como componente fijo un tractus (ver video infra) de exquisita belleza que prepara para el Evangelio, siempre el de la tentación de Cristo en el desierto.
El tractus reproduce casi íntegramente el texto del Salmo 90, Qui habitas. Es una obra de exégesis melódica que merece nuestra atención. No se trata de una reliquia de una estética obsoleta. El tractus transmite un mensaje vital.
Un hombre atento a ese mensaje fue san Bernardo. En la Cuaresma de 1139 predicó a sus monjes un ciclo de diecisiete sermones sobre el Qui habitat. Aborda lo que significa vivir en la gracia cuando luchamos contra el mal, promovemos el bien, defendemos la verdad y seguimos el camino del éxodo de la esclavitud hacia la tierra prometida, sin desviarnos ni a la derecha ni a la izquierda, permaneciendo en paz, conscientes de que bajo lo que a veces puede parecer un caminar por el filo de la navaja «hay brazos eternos».
Nos invita a comprometernos con nuevo ímpetu a un discipulado lleno de amor y lucidez.