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El Testigo Fiel
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«Mira que estoy a la puerta y llamo,
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Buscador simple (o avanzado)
El buscador «simple» permite buscar con rapidez una expresión entre los campos predefinidos de la base de datos. Por ejemplo, en la biblioteca será en título, autor e info, en el santoral en el nombre de santo, en el devocionario, en el título y el texto de la oración, etc. En cada caso, para saber en qué campos busca el buscador simple, basta con desplegar el buscador avanzado, y se mostrarán los campos predefinidos. Pero si quiere hacer una búsqueda simple debe cerrar ese panel que se despliega, porque al abrirlo pasa automáticamente al modo avanzado.

Además de elegir en qué campos buscar, hay una diferencia fundamental entre la búsqueda simple y la avanzada, que puede dar resultados completamente distintos: la búsqueda simple busca la expresión literal que se haya puesto en el cuadro, mientras que la búsqueda avanzada descompone la expresión y busca cada una de las palabras (de más de tres letras) que contenga. Por supuesto, esto retorna muchos más resultados que en la primera forma. Por ejemplo, si se busca en la misma base de datos la expresión "Iglesia católica" con el buscador simple, encontrará muchos menos resultados que si se lo busca en el avanzado, porque este último dirá todos los registros donde está la palabra Iglesia, más todos los registros donde está la palabra católica, juntos o separados.

Una forma de limitar los resultados es agregarle un signo + adelante de la palabra, por ejemplo "Iglesia +católica", eso significa que buscará los registros donde estén las dos palabras, aunque pueden estar en cualquier orden.
La búsqueda admite el uso de comillas normales para buscar palabras y expresiones literales.
La búsqueda no distingue mayúsculas y minúsculas, y no es sensible a los acentos (en el ejemplo: católica y Catolica dará los mismos resultados).

Gloria

25 de febrero de 2026
A San Agustín le gustaba decir que llevamos la imagen de la gloria en una «forma oscura». Una vez que hayamos pasado por esta vida, la forma se revelará explícita y «luminosa».

Cuando Jesús explicó lo que significaba permanecer con él y entrar en el Reino que anunciaba, «muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él». No estaban dispuestos a aceptar sus discursos sobre el realismo sacramental, la indisolubilidad del matrimonio, la necesidad de la Cruz. Cuando Cristo fue crucificado en el Calvario, el synodos que había caminado con él solo seis días antes ya no estaba. Solo quedaban dos seguidores: su Madre y Juan, el discípulo amado.

Juan ofrece un relato preciso de la kenosis de Jesús, que se desarrolla en dos niveles: el del amor divino, exprimido en el lagar de la Cruz; y el de la traición a la lealtad humana, cuando incluso aquellos que habían prometido fidelidad usque ad mortem huyeron, encerrándose en sus casas para lamerse las heridas en secreto.

Sin embargo, Juan insiste en que precisamente esta escena de abandono manifiesta la gloria de Cristo.

La glorificación, dice Bernardo, tiene lugar cuando, una vez completado nuestro viaje terrenal, finalmente contemplaremos lo que en esta vida hemos esperado firmemente, poniendo nuestra confianza en el nombre de Jesús. «Spes in nomine, res in facie est». No hay manera de transmitir el sentido de esta concisa y hermosa fórmula sino con una paráfrasis un poco ampulosa: «Nuestra esperanza está en el nombre del Señor; la realidad esperada está en verlo cara a cara».

Sin embargo, ya ahora se puede percibir una cierta «gloria oculta». Agustín solía decir que aquí y ahora llevamos la imagen de la gloria en una «forma oscura», una forma que está encarnada y sujeta a las vicisitudes de la existencia concreta. Una vez que hayamos atravesado esta vida, la forma se revelará explícita y «luminosa» .

Las posibles deformidades causadas por una libertad mal ejercida serán entonces reformadas, para que la forma emerja en su belleza imaginada originalmente: como «forma formosa». Agustín, tan profundamente humano y a la vez penetrante, subraya que la gloria de la imagen no puede perderse; está impresa en nuestro ser. Sin embargo, puede quedar sepultada bajo capas de oscuridad que se acumulan y deben ser eliminadas.

La Iglesia recuerda a las mujeres y a los hombres la gloria secreta que vive en ellos. La Iglesia nos revela que la mediocridad y la desesperación del presente, y no en último lugar mi desesperación por mis persistentes fracasos, no tienen por qué ser definitivas; que el plan de Dios para nosotros es infinitamente maravilloso; y que Dios, a través del Cuerpo místico de Cristo, nos dará la gracia y la fuerza que necesitamos para alcanzarlo, si se lo pedimos.

La Iglesia manifiesta esplendores de «gloria oculta» en sus santos. Los santos son la prueba de que la enfermedad y la degradación pueden ser medios que la Providencia utiliza para lograr un propósito glorioso, dando fuerza a los débiles y, no contenta con tan poco, convirtiéndolos en santos radiantes.

La Iglesia comunica la «gloria oculta» en sus sacramentos. Todo sacerdote, todo católico conoce la luz que puede irrumpir en el confesionario, o durante una unción, una ordenación o un matrimonio. La más espléndida, y en cierto modo la más velada, es la gloria de la santa Eucaristía.

¿Qué sacerdote no podría decir, después de haber celebrado los santos misterios, lo que una gran música declaró una vez sobre la experiencia de ser instrumento de una luminosa comunicación de belleza, sanación y verdad: «la muerte no sería realmente una tragedia: [porque] lo mejor de lo que hay en el centro de la vida humana se ha visto y se ha vivido», con el corazón ardiendo de glorioso asombro?

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