adrid,20/10/04 (La Razón) Los organizadores del Domund insisten en que el mandato misionero de Jesús «no incumbe sólo a unos especialistas, los misioneros o misioneras, sino a todos. Dios llama a todos a poner la mano en el arado, sin excusas ni dilación». Por ello se han propuesto que la jornada del Domund se enmarque dentro de lo que denominan «Octubre misionero», una campaña de sensibilización, oración, apoyo económico y fomento de las vocaciones misioneras.
El objetivo es conseguir un mayor compromiso personal y vocación misionera, en un momento en que la sensibilidad ante los problemas de los países en vías de desarrollo es muy grande. Sin embargo, la campaña no quiere caer en presentar la tarea de los misioneros como una simple acción social, sino en destacar su aportación para que «el anuncio evangélico pueda llegar a todos los pueblos de la tierra», como ha reconocido Juan Pablo II en el mensaje que ha dirigido con motivo de esta jornada.
Es esta convicción la que hace más necesarios a los misioneros, sobre todo en momentos de conflicto, cuando son los únicos ocidentales que no abandonan en lugar y se convierten en el único apoyo a la población local. En estos días también es el momento para recordar a los misioneros que fueron asesinados mientras anunciaban el evangelio. El pasado año fueron 29 los católicos que perdieron la vida mientras trabajaban en tareas de misión. Entre ellos se encuentra la la joven española Ana Isabel Sánchez, de 22 años, que murió tiroteada en Guinea Ecuatorial cuando viajaba a una Casa Escolapia para impartir clases. También en África, en Burundi, fue asesinado el Nuncio Apostólico, monseñor Michael Courtney. De hecho, este continente, se ha convertido en el más peligroso para los misioneros, pues en 2003 fueron asesinados 20 de ellos.
En Ámerica fueron asesinados siete y dos en Asia. Entre los actos organizados en esta semana, la mayoría de parroquias españolas contarán con la presencia de algún misionero que contará, de primera mano, su experiencia. También se organizarán vigilias y oraciones, además de diferentes iniciativas para recoger dinero. «Sólo salvamos las hostias al ser secuestrados» Julia Montero desempeñó su labor misionera durante 10 años en Angola y otros 15 en Costa de Marfil, donde se ocupaba de la educación en una escuela.
A lo largo de su estancia en Angola fue secuestrada por los militares UNITA, suceso que la marcó profundamente: «Vivía junto a otras seis religiosas, siete novicias y un sacerdote cuando los secuestradores ?que nos desplazaron en un largo peregrinar de base en base militar? nos dieron veinte minutos para recoger nuestras cosas, pero nosotros decidimos salvar sólo unas hostias que acabábamos de comprar», explica la religiosa.
Muchos de los raptores eran cristianos y pertenecían a familias cristianas que eran drogados para que arrasaran aldeas y secuestraran a la gente. «En medio del cautiverio ?continúa? nuestros captores observaban medio escondidos cómo celebrábamos la eucaristía con las formas que logramos salvar. Estoy convencida de que para ellos nuestro testimonio fue una vía de evangelización».
Portugueses, brasileños, angoleños y otros españoles compartían cautiverio con Julia. La Cruz Roja llegó a un acuerdo con los captores para liberarlos, pero «el pacto quedó roto cuando descubrimos que nos liberarían a todos salvo a los angoleños», recuerda. Juan Pablo II se interesó personalmente por la experiencia de estos misioneros, a quienes recibió en el Vaticano. «Decidí irme con los leprosos al leerlo en un cómic» Rosa Porta quedó fascinada de pequeñita por la labor que hacían unas misioneras en una leprosería de Surat (India). Lo había leído en un cómic de esos que Obras Misionales Pontificias edita con tanto primor, y se quedó con la copla hasta que cumplió los 16 años.
Ingresó en la Compaña del Sagrado Corazón de Jesús y... voilà. La Providencia le tenía reservados a los leprosos de Surat que tanto ansió de pequeñita. «Ahí pasé los mejores años de mi vida». Desempeñaba las labores de médico en los suburbios atendiendo a más de 200 familias leprosas. A Rosa todavía se le dibuja una sonrisa en la cara al recordar cómo eran acogidos en la zona y cómo hablaban todos sobre Dios: «Había budistas, árabes, hindúes y cristianos y nos llevábamos muy bien; podíamos convivir sin problemas».
Sin embargo, esa sonrisa se le desdibuja al pensar en cómo las familias rechazaban a sus parientes leprosos y les expulsaban de casa. Rosa Porta rememora cómo en una ocasión, el alcalde de un pueblo cercano acudió al centro, en el cual desempeñaban las misioneras su labor, acompañado de numerosos habitantes del lugar para que diagnosticaran si un miembro de una familia vecina poseía lepra. Rosa fue una de las personas que se ocuparon del caso, el cual, finalmente, dio positivo. «Fui muy feliz entre los leprosos», dice. «Reinsertaba a niños soldado en Sierra Leona»
Luis Pérez Hernández ha dedicado su vida a la rehabilitación de niños soldado de entre 11 y 16 años en Sierra Leona, uno de esos lugares recónditos del planeta cuya guerra casi nunca aparece en los titulares de los periódicos. Cuando comenzó su colaboración con un programa de UNICEF no se esperaba el panorama que encontró: «Primero poníamos en marcha lo que llamábamos movilización; después continuábamos con la etapa del desarme y terminábamos con la de la reinserción».
El lugar donde este misionero recogía a los chicos a los que dedicó su vida era «un antiguo hotel con ?bungalows? en el que se encontraban cerca de 250 personas y desde el cual se intentaba que los niños soldado rompieran con el violento pasado que pesaba como una losa sobre sus espaldas». El éxito no siempre llegaba con puntualidad. «Unas veces lo conseguimos y otras no porque algunos de los niños se escapaban del centro y volvían a la perdición del mundo militar», confiesa. Pero no bastaba con alejarles de las armas.
«Una vez preparados para la reinserción, llevábamos a los niños a un piso tutelado, donde se les enseñaba y proporcionaba un oficio junto con las herramientas necesarias para desempeñarlo ?explica? mientras que trabajábamos en paralelo con los vecinos para que acogieran favorablemente a los niños». «En las aldeas de Togo me recibían con los brazos abiertos» El padre Severiano desempeñó su labor misionera en Togo (África), aunque durante los últimos años ha estado en el pueblo de Comandancia de Ferias, en Argentina.
El misionero, de 90 años, relata cómo su labor consistía en asistir a las distintas comunidades cristianas del lugar y presidir sus celebraciones eucarísticas: «Tenía que ir a celebrar la misa en 24 sitios diferentes una vez al mes. Era muy difícil llegar hasta las aldeas, por lo que tenía que ir a pie hasta el lugar siguiendo un camino de tierra muy peligroso y en malas condiciones».
El misionero recuerda que más tarde tuvo que utilizar un caballo y una mula para poder llegar a celebrar la eucaristía a las distintas aldeas de Togo, porque «tener que ir a pie era muy cansado». Pero, a pesar de las dificultades, siempre llegaba hasta la aldea donde las personas del lugar le esperaban con los abrazos abiertos y contentos por la visita del religioso. Aunque, cuando el misionero debía volver, se entristecían y le pedían que se quedase más tiempo. Estas ansias de evangelización fueron constantes durante toda su carrera misionera y todavía las conserva hoy en día, aunque actualmente se encuentra en Madrid y no puede volver a África por problemas de salud. «Yo vine a Madrid con billete de vuelta hacia la misión», comenta entre risas el marista, y no sin cierta tristeza.