adrid, 16/03/05 (La Razón) Fausto Marín Sánchez perdió a uno de sus cuatro hijos, Vicente, de 37 años, en los atentados del 11 de marzo del pasado año. Un año después de su muerte, este diácono permanente de la diócesis de Madrid quiso recordar a su hijo ofreciendo su testimonio de fe y esperanza en el programa «Es domingo» de la Cadena Cope.
Fausto comenzó reconociendo su dolor por la pérdida de Vicente: «Ahora mismo tengo el corazón partido y llevo un año con él así porque sino no sería padre, ni sería humano. Pero tengo fe en que mi hijo Vicente, a pesar de su ausencia física, está en el cielo». «Pese a mi fe y de mi esperanza, te sigo y te seguiré llorando», añade el padre.
«Sé que él ahora está mejor que nosotros porque está disfrutando de la presencia de Dios: donde no hay dolor, donde no hay llanto, donde no hay guerras. Sin embargo, nosotros estamos en este valle de lágrimas, en esta Iglesia peregrina que va al encuentro del Señor».
Fausto dirigió en nombre de toda su familia una carta a su hijo Vicente en la que quiso «recordarle lo más importante que nos ha ocurrido en este año». En ella, comenta el orgullo de su madre cuando recuerda que «Vicente está en el cielo». «En nuestra familia, gracias a Dios, estamos muy unidos y hablamos muchísimo. Cuando tenemos esas charlas familiares Vicente está con nosotros, porque hablamos de él, de sus cosas», explica al hablar de la ausencia de su hijo. Fausto reconoció en su testimonio su confianza en la resurrección: «Ya nos queda un año menos para estar juntos y vivir nuestra resurrección con Cristo».
También recordó cómo vivieron él y su familia los acontecimientos del 11 de marzo. «Creo que es el tren que cogía Vicente», le confirmó otro hijo suyo después de comunicarle que se había producido un atentado en Atocha. Comenzó entonces una angustiosa espera: primero, al comprobar que Vicente no contestaba su teléfono móvil; después, toda la noche en el Ifema, a la espera de que fuera identificado. «Yo estaba allí sentado, rezando, pensando qué sería de mi hijo. Decía: ?Dios mío, ¿dónde está mi hijo??. Y al decir ?Dios mío?, me relajaba».
Un medicamento calmante. En ese trance, uno de los psiquiatras voluntarios que colaboraban en la atención de los familiares de la víctimas le ofreció una pastilla calmante. Fausto se la agradeció «como si la hubiera recibido, pero no la necesitaba». Le explicó por qué: «No la necesito porque esta mañana he tomado una medicina más importante, he recibido el cuerpo y la sangre de Cristo».
Fausto afirma que tanto él como su familia creen que «resucitaremos y nos veremos otra vez. Hemos estado tan unidos toda la familia que sé que volveremos a estarlo de nuevo». Y añade: «A lo mejor alguien se ríe, pero ésta es mi fe y es lo que tengo que manifestar. Nos preguntamos el por qué, investigamos, pero después debe entrar la conformidad, es decir, la voluntad de Dios. Esa voluntad de Dios es un desgarrón en tu corazón, pero sólo se puede superar desde la fe».
Fausto y su familia perdonaron desde un primer momento a los asesinos que mataron a su hijo: «Hace poco un medio de comunicación quería que yo fuese a Marruecos para hacerme una foto perdonando al padre de uno de los terroristas, pero yo les dije que para perdonar no hace falta ir hasta allí». Sobre su hijo Vicente comentó que era «fabuloso». «Estaba lleno de vida; era el más alegre y cariñoso de mis cuatro hijos. Con su hermano Antonio, con el que se llevaban un año y un día, eran hermanos y verdaderos amigos. El otro día, me decía Antonio que había perdido el 75 por ciento de él mismo».