a Razón, 19/04/06 - Messori no olvida uno de los grandes temas del pontificado de Benedicto XVI: la liturgia. «Para él es una de las mayores traiciones del Concilio. El verdadero error es pensar en la liturgia como si fuera un show, con el sacerdote que cierra la función diciendo buenas tardes a todos y hasta la próxima, como ocurre en muchas iglesias. Para Benedicto XVI la fuerza de la misa está, precisamente, en la repetición, en decir las mismas cosas todos los días del mismo modo, alternando gestos y silencios.
El sacerdote es solo un instrumento al servicio del pueblo. Hasta el Papa lo es. Y, de hecho, las celebraciones papales se han vuelto mucho más sobrias. Me dicen que los realizadores de la RAI están descolocados, porque este Papa ha reintroducido la adoración eucarística dentro de la misa: silencio y oración ante el sacramento, que es lo más antitelevisivo que puede haber. Porque, ¿qué haces en esos momentos, encuadras la hostia y esperas?», comenta.
«Ratzinger quiere hacer a la Iglesia menos “papacéntrica”. El carisma de Wojtyla, de alguna manera, hizo que la Iglesia se identificase con un hombre, pero Ratzinger busca ser lo menos invasor posible.
No quiere que la Iglesia se convierta exclusivamente en el hombre que la guía. Aunque quizá la mayor diferencia entre ambos está en la misma idea de la fe: Juan Pablo II era un temperamento místico, y el místico no necesita razonar la fe. Ve. Toca. Constata. Para él la fe era una evidencia.
No dejaba lugar a dudas o preguntas. Para Benedicto XVI la fe es un redescubrimiento diario, que es necesario explicar, buscarle las razones. Se interroga sobre la fe y conoce la posibilidad de la duda. No es que él mismo dude, pero se da cuenta de que gran parte de los hombres occidentales lo hacen. Y quiere responderles también a ellos», concluye.