adrid, 09/09/05 (La Razón) Cada año es más voluminoso el Anuario Pontificio, con más nombres de funcionarios eclesiales y nuevas estructuras diocesanas y de conferencias episcopales. A más secularización, más estructuras, reuniones, comités, documentos, sociólogos y pastoralistas aleccionado al personal sobre las nuevas teorías sacadas del último laboratorio de teólogos.
Nunca en la Historia de la Iglesia había habido una estructura burocrática tan extensa y con tantos funcionarios eclesiasticos cobrando un sueldo como en el momento actual. Nunca antes obispos y sacerdotes habían consumido su tiempo en tantas reuniones. Las escasos curas y religiosos que tenemos están, en un porcentanje altísimo, calentando las sillas para escribir el enésimo documento o pergeñando mágicos planes de evangelización.
Y, según dicen en Roma, el Papa Benedicto XVI ya está preparando sin prisa, pero sin pausa, una verdadera reforma de la Iglesia. Una revolución consistente en «eliminar». Eliminar reuniones, comisiones, comités... estructura burocrática, vamos. Eliminar las estructuras inútiles concebidas por los activistas clericales para dejar sitio al misterio y descubrir así el auténtico rostro de la Iglesia. «Cuantos más organismos creamos ?decía en su momento el entonces cardenal Ratzinger?, por modernos que sean, menos espacio hay para el Espirítu Santo, menos espacio hay para el Señor y menor es la libertad».
La palabra que más se oye en estos momentos en la Santa Sede es «eliminar». La consigna es desmontar, hacer sitio, talar, dejar espacio... ablatio. Apartar todas aquellas estructuras que desvían la atención de lo fundamental para poder reencontrar con sencillez el Evangelio de siempre, sin absurdos filtros. Una verdadera reforma. Benedicto XVI es el más convencido luchador contra la burocracia eclesial.