lfa & Omega, 14/05/05 -El cardenal arzobispo de Madrid, don Antonio María Rouco Varela, ha presidido en Valencia la Eucaristía de la Misa de Infantes, en honor a la Patrona de Valencia, Nuestra Señora de los Desamparados. En la homilía, dijo:
De nuevo me es dado el compartir con vosotros la Fiesta de la Patrona de Valencia, la fe que la sustenta y la alimenta. ¡Un verdadero don de Dios para todos nosotros! No abrigo la menor duda de que el Papa que nos ha regalado el Señor para esta hora nueva de la historia de la Iglesia y de la Humanidad, Su Santidad Benedicto XVI, puede contar incondicionalmente con vuestro amor, con vuestra fe, con vuestra esperanza y con vuestras plegarias incesantes.
¡No dejaremos solo al Papa y, menos, ante los lobos que acechan al rebaño! Recordad cómo nos lo encarecía en la homilía de la Eucaristía del comienzo solemne de su pontificado: «Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante los lobos».
¡Sí, roguemos por él, para que sea el pastor y pescador de hombres que Cristo desea, y nosotros, y el hombre de nuestro tiempo necesitamos!
No hay mayor situación de desamparo para una persona y para un pueblo que la de la pérdida de la fe, sobre todo si se minimiza el daño y se intenta pasar de largo ante sus efectos deshumanizadores, porque es entonces cuando el interior de las personas y de las sociedades se convierten en un desierto inhóspito, sin horizonte alguno de esperanza.
A ese desierto de las almas que han perdido la fe en Dios se refería incisivamente Benedicto XVI en la citada homilía del 24 de abril, en la plaza de San Pedro: «La santa inquietud de Cristo ha de animar al pastor: no es indiferente para él que muchas personas vaguen por el desierto.
Y hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre.
Los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores». Efectivamente, perdida la fe, el hombre se queda sin luz que ayude a su razón a encontrar la verdad plena, la de su dignidad y la de los caminos de su salvación. ¡En este tipo de existencia, vacía interiormente, es imposible que alumbre la esperanza!
¡Abrid, pues, las puertas de vuestras casas de par en par a la Madre de Dios de los Desamparados, sin cortapisa alguna! ¡Abridlas a la que es la Madre de vuestra fe y de la fe de vuestros hijos! Lo necesitan urgentemente; lo necesitan también urgentemente los otros niños y jóvenes de España y de Europa.
No nos engañemos: muchas y poderosas son hoy en día las fuerzas sociales, políticas y culturales que pretenden arrebatarles la fe de sus padres o, al menos, entorpecer al máximo su debida transmisión, ya en el seno de la familia y, muy especialmente, en la escuela. ¿Por qué tanta cicatería jurídica, por ejemplo, a la hora de abrir camino a la enseñanza de la Religión católica en ese ámbito tan decisivo para la formación de la persona que son los centros de educación Primaria y Secundaria? ¿Por qué hacer tan difícil a los padres ?¡casi imposible!? la educación de sus hijos en esa dimensión tan básica de la formación moral y religiosa, de acuerdo con sus convicciones, y de la cual son ellos los primeros responsables, con anterioridad al Estado y a cualquier otra instancia humana?
Si cupiera alguna vacilación intelectual o moral ?¡que no cabe!? en la tesis o afirmación del papel inigualable e intransferible de la madre natural en la generación y en la formación del hombre, de acuerdo con su vocación de imagen e hijo de Dios, la maternidad divina de María la disiparía totalmente. ¡No hay duda! Abrid de verdad las puertas de vuestras casas a la Madre de Dios de los Desamparados, para que os ampare a vosotros y a vuestros hijos en la realización lograda de su destino temporal y eterno, y comprobaréis cómo se os muestra como la Madre de vuestras madres.
La función de la madre es insustituible en la historia del niño, para que pueda saberse y reconocerse como hijo, es decir, como persona, fruto de un amor gratuito: de Dios Creador y de sus padres; más exactamente, de su madre y de su padre, sus cooperadores necesarios al engendrar la nueva vida. Romper esa triple relación de maternidad, paternidad y filiación por cualquiera de sus partes, falsificarla a través de parejas del mismo sexo, sólo puede ocurrir ?más allá de causas inculpables? a costa, en primer lugar, del más débil, del niño; pero, luego, también de las vidas frustradas de sus padres y de la desestructuración y grave perturbación de las familias.
Las consecuencias sociales de la generalización de esas rupturas y falsificaciones matrimoniales y familiares están a la vista de todos aquellos que no quieran ignorar la realidad de unas sociedades como la nuestra, avejentada y sin niños, abocada a una crisis demográfica sin precedentes.
¡Qué difícil se lo estamos poniendo en todos los ámbitos de la vida social a las jóvenes que quieren ser madres!: en el ámbito laboral, en el económico, el cultural y moral y ?no en último lugar? en el político y jurídico... Todas son dificultades para aquellos jóvenes esposos que se disponen a contraer matrimonio y fundar una familia según el modelo que se desprende de la naturaleza del hombre querida por Dios.
En el caso de las familias numerosas, son de tal magnitud, que sólo pueden ser superadas con el espíritu de la heroicidad. Parece como si la madre, cuando entrega y emplea su vida en el cuidado y educación de sus hijos, estuviese dedicada a un lujo o diversión que no merece la más mínima retribución o reconocimiento económico y social, ni en el presente ni en la previsión social de su futuro.
+ Antonio Mª Rouco Varela