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Fui ordenado sacerdote el 8 de abril de 1939; el 21 de abril me nombraron Vicario de la parroquia de Prózana. Pero ya el 17 de septiembre de ese mismo año el ejército soviético había ocupado la parte oriental de Polonia, donde se encontraba mi pueblo. Fui arrestado por primera vez por el KGB y encerrado en el corredor de la muerte de la cárcel de Brzesc. En dos meses, me sometieron a interrogatorio 59 veces, siempre por la noche. Me salvé gracias a la ofensiva de los alemanes, que conquistaron la ciudad el 21 de junio de 1941. Nada más salir de la cárcel, liberado por la gente del lugar, me mezclé entre los soldados alemanes borrachos.
Como hablaba su idioma, pude salir vivo. Regresé a pie a Prózana, pero en mi casa se había asentado la Gestapo. Durante toda la ocupación, a pesar de los inevitables conflictos, me permitieron ejercer mi ministerio sacerdotal. Cuando, en verano de 1944, se acercaba la ofensiva del Ejército Rojo, me negué a escapar. Por desgracia, los rusos, nada más entrar en la ciudad, me echaron el ojo y me arrestaron. Pasé cinco meses en la cárcel de Minsk. No me fusilaron porque, como me dijeron, no querían derrochar una bala conmigo. Me condenaron a diez años de trabajos forzados.
En septiembre de 1945 me encontraba en el campo de trabajo de Marwinsk, en Siberia oriental. Pasé dos años. En invierno cortaba leña y en verano trabajaba en los campos. Sobreviví al cansancio y entonces me llevaron más al norte, a las orillas del mar Ártico, a Workuta. Trabajaba en la construcción, tenía que excavar en la tierra congelada con el pico. El trabajo era durísimo, las condiciones climáticas terribles, siempre faltaba comida... En los campos de trabajo se ejecutaban condenas a muerte, aunque nunca hubieran sido sentenciadas por un tribunal.
Recibíamos 300 gramos de pan cada mañana, luego había que caminar entre siete u ocho kilómetros en la nieve para dirigirnos al lugar de trabajo. Adelante obligaban a caminar a los más débiles, que con frecuencia se quedaban en la nieve para siempre. En el campo siempre se trabajaba mucho. Sólo se podía sobrevivir con la fe. Yo tenía este privilegio, y nunca dudé de que podría salir de allí.
El papel de la Iglesia en todo tiempo consiste en explicar el sentido de la vida, iluminar todos nuestros problemas con la luz del Evangelio, que nos recuerda que no sólo de pan vive el hombre. Creo que es el desafío más grande para la Humanidad, allí donde el imperio del materialismo ha creado un vacío, ha hecho áridos los espíritus.
Cardenal Kazimierz Swiatek
del Testimonio hecho público por Juan Pablo