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Alfa & Omega,11/02/2010 - La «cueva era utilizada como establo por los montañeros de las altiplanicies de Belén que todavía conducen sus ganados por tales agujeros y cavernas en la oscuridad de la noche. Aquí fue, bajo la roca, donde una pareja sin hogar buscó cobijo junto al ganado, cuando les fueron cerradas las puertas del abarrotado caravanserai, y aquí, bajo las mismas sendas de los transeúntes, en una oscura morada del suelo del mundo, nació Jesucristo»: con estas bellas palabras lo decía Chesterton, allá por 1925, en El hombre eterno. Y añadía: «Éste es, quizás, el más poderoso de los misterios de la cueva.
Es evidente que, aunque se dice que los hombres han buscado el infierno bajo la tierra, en este caso es más bien el cielo el que está bajo la tierra. Y de ello se sigue, en esta extraña historia, la idea de un levantamiento del cielo. Ésa es la paradoja de todo el asunto: que, de ahora en adelante, lo más alto puede alcanzarse desde abajo». ¿Cabe mayor riqueza humana que esta pobreza, la que justamente hace gritar a Jesús: «¡Dichosos los pobres!»?
En su Vida de Jesús, François Mauriac se pregunta cómo es que los lisiados, los desvalidos, los pobres..., todos aquellos que no podían ser los primeros en llegar a escuchar a Jesús el Sermón de la Montaña, sin embargo no dejaban de avanzar, por muy lejos que tuvieran que quedarse y apenas pudieran oírle. Es fácil la respuesta: les bastaba con escuchar la bellísima melodía que no dejaba de brotar de los labios del Señor: ¡Dichosos..., dichosos...! ¿Quiénes? Precisamente ellos, los pobres, los que lloran, los que sufren... ¡Porque con Él ha llegado la verdadera riqueza, la auténtica alegría, la victoria sobre todo mal! «¿De qué te sirve ganar el mundo entero -son también palabras de Jesús-, si te pierdes a ti mismo?» ¿Qué clase de riqueza es aquella que ha perdido toda humanidad?
Así de claro lo dice Benedicto XVI en su última encíclica, Caritas in veritate: «Mientras los pobres del mundo siguen llamando a la puerta de la opulencia, el mundo rico corre el riesgo de no escuchar ya estos golpes a su puerta, debido a una conciencia incapaz de reconocer lo humano». No es ésa, desde luego, la conciencia de Pablo, para quien «todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganarle a Él». ¿Acaso no es Él quien primero se hizo pobre, bajó a la cueva, ¡precisamente para hacernos ricos de veras!, ¡para elevarnos al cielo!? He ahí el peregrino, con los ojos fijos en Él, que ilustra este comentario, modelo ejemplar de esa pobreza, sin la cual -lo escribió Juan Pablo II en su Exhortación apostólica Redemptionis donum, de 1984- «es imposible comprender el misterio de la donación de la divinidad al hombre, donación que se ha realizado precisamente en Jesucristo». Sólo quien tiene abierto de par en par su corazón vacío de cosas, sólo el pobre, puede recibir este Don, y así hallar la Dicha prometida en el Sermón de la Montaña. La Iglesia lo vive desde su mismo inicio.
Lo cuenta Benedicto XVI en su primera encíclica, Deus caritas est, donde evoca al diácono Lorenzo, en la mitad del siglo III, a quien, «como responsable de la asistencia a los pobres de Roma, tras ser apresados sus compañeros y el Papa, se le concedió un cierto tiempo para recoger los tesoros de la Iglesia y entregarlos a las autoridades. Lorenzo distribuyó el dinero disponible a los pobres y luego presentó a éstos a las autoridades como el verdadero tesoro de la Iglesia».
¡Cuán equivocado está el mundo, aspirando a riquezas sin alma, incapaces por tanto de proporcionar la más mínima dicha que pueda merecer el nombre de humana! En la encíclica Redemptoris missio, de 1990, Juan Pablo II lo explica perfectamente: «Una cierta modernidad arreligiosa, dominante en algunas partes del mundo, se basa sobre la idea de que, para hacer al hombre más hombre, basta enriquecerse y perseguir el crecimiento técnico económico. Pero un desarrollo sin alma no puede bastar al hombre, y el exceso de opulencia es nocivo para él, como lo es el exceso de pobreza». Basta con tener alma, el alma llena de riquezas que sólo pueden tener los pobres.
Imágen : Monumento al peregrino, en Santo
Domingo de la Calzada (La Rioja).
Ilustración de Altar Mayor