lfa & Omega , 14/05/05 - La ciencia actual no permite la más mínima duda de que ya en el primer instante de la fecundación del óvulo femenino por el espermatozoide masculino hay un nuevo ser humano con su propio código genético, y sin embargo se llega a negar tal evidencia, al entrar en juego intereses de todo tipo, las más de la veces espurios.
Pero, incluso siendo aparentemente bondadosos, como puede ser, por ejemplo, el deseo de curar enfermedades, la ceguera es tal que se buscan mil subterfugios para llamar blanco a lo negro y viceversa.
Hace unos días, el Tribunal Supremo ha absuelto a un profesor que tuvo relaciones sexuales con una alumna de 14 años: no hubo agresión ?sentenció?, pues «ambos consintieron». Que la niña necesitara tratamiento psicológico y psiquiátrico no cuenta; es más, los jueces explican: «Sólo podríamos considerarlo una iniciación temprana en las relaciones sexuales que, por otra parte, tampoco puede calificarse de excepcional en los tiempos actuales». Es decir, en los tiempos actuales ya no sirve la razón.
Si ésta no se usa negando la verdad más elemental de la ciencia que reconoce al ser humano en el instante de la concepción, y hasta legislando, por ejemplo, que lo masculino y lo femenino sólo existe o deja de existir a capricho, ¿qué tiene de extraño que no se use ante un sujeto que tiene relaciones sexuales con una niña? Absolutamente marginada, ¿quién va a usar ya la razón?
En la homilía que pronunció la víspera de ser elegido Papa, el cardenal Ratzinger definió con toda exactitud esta característica de los tiempos actuales: «una dictadura del relativismo». Inmediatamente antes, recordaba que, hoy día, «tener una fe clara, según el Credo de la Iglesia, es etiquetado con frecuencia como fundamentalismo».
Curiosa etiqueta que no puede definir mejor a quienes la lanzan. Ya hemos tenido ocasión, en estas páginas, de salir al paso del concepto que hoy suele tenerse de fundamentalismo, vinculándolo con la religión, y entendiendo ésta como algo al margen de la razón, cosa de otros tiempos, precientíficos ?¿¡cabe mayor sarcasmo!??, ya superados con la modernidad.
¿A quién se le iba a ocurrir vincular el fundamentalismo con la modernidad? Y, sin embargo, ha sido precisamente ésta el caldo de cultivo de los fundamentalismos que nos invaden, cada día más, por todas partes. ¿No dicen que la religión está acabada? ¿Cómo, entonces, van a más los fundamentalismos?
Como en los tiempos actuales la lógica brilla por su ausencia, no es fácil encontrar a quienes se hagan tan elementales preguntas. Quienes se atreven a hacérselas, a usar la razón ?hoy son más entre los que entran en la iglesia, donde, en gráfica expresión de Chesterton, «no hay que quitarse la cabeza, basta quitarse el sombrero», que entre los que no entran desechando la fe, verdadera garantía de la razón?, no pueden por menos que reconocer algo tan sencillo como que la realidad me precede, que yo no me he dado la vida a mí mismo.
Pero, en lugar de la razón, se usa la arrogancia, y eso, precisamente, es el fundamentalismo. El sábado pasado, en la homilía de la Misa de Acción de Gracias por el nuevo Papa, lo describía con claridad meridiana el cardenal arzobispo de Madrid: «¿Hay forma de mayor arrogancia que la que pretende desde el poder proyectar y regular el derecho a la vida, el trabajo, el matrimonio, la familia, la sociedad, la política, la cultura, la patria?, como si Dios no existiese?»
El fundamentalismo, y el consiguiente totalitarismo, están servidos.
La variante, digamos religiosa, que es el fundamentalismo islámico no es un fenómeno antiguo, sino plenamente moderno. No en vano el más genuino forjador del mismo, Jomeini, se formó en el modernísimo París, donde la sustitución del único Dios por la diosa Razón dejaba a la Humanidad huérfana, no ya de Dios, sino ?como sobradamente demuestran los hechos? de la propia razón, y con ello, lógicamente, la religión quedaba contaminada de raíz.
Si Dios no existe, o no cuenta de hecho en la vida, sólo existe el hombre solo, sus solas fuerzas, y con ese concepto moderno de Dios de trasfondo no hay más que fundamentalismo.
Privado Dios de su fuerza, ¿qué queda sino la de los hombres? Unos impondrán, por la fuerza, su laicismo, otros, también por la fuerza, su religión.
Cuando la razón está herida, ya dijo claramente Dostoyevski lo que sucede: «Si Dios no existe, todo está permitido, y si todo está permitido, la vida es imposible».
Al final, sólo Dios, la razón, la verdad, que ?en palabras de nuestro queridísimo Juan Pablo II? «no se impone, sino que se propone», es garantía de libertad.