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Alfa & Omrga, 07/07/08 - A los 20 años de su muerte, ofrecemos este texto, inédito, de una enorme hondura teológica, de Hans Urs von Balthasar; lo pronunció el 20 de mayo de 1959, en la Universidad de Friburgo.
Lo ha anticipado el diario Avvenire, bajo el título La libertad de Cristo y nosotros
La elección cristiana significa que nuestro ser se sumerge en un origen de Dios tal, que estamos como abismados en el mismo lugar en el que, en eterna libertad y necesidad, el Hijo procede del Padre. No seremos Dios, no seremos el Hijo, pero el Padre quiere colocarnos como criaturas suyas en este acto de generación. De este modo, aquello que precisamente parece configurar nuestros límites, la elección (Yo he elegido a Jacob, y no a Esaú; he elegido a la Iglesia, pero no del mismo modo al mundo), es, en este punto de origen, destino a la totalidad. Porque el Hijo es el único que ha nacido del Padre, quien todo lo da al Hijo, la unicidad y la totalidad en el Hijo coinciden, y en ellas nosotros tenemos parte, de ellas participa el elegido. Sólo el pecado alza fronteras, vuelve a Dios diverso; es el pecado lo que encierra a uno en sí mismo.
Jesucristo es aquel que ha venido a eliminar esta alienación del pecado respecto a la totalidad de Dios. En la Cruz Él asumió sobre sí esta extrañeidad del pecado, y nos restituyó a la unidad con Dios. Ya en su aparición como Dios y hombre superó todos los límites: Quien me ve a mí, ve al Padre. Ve a la criatura, que aquí es la unidad con el Padre, la revelación del Padre: Yo y el Padre somos uno.
Juan Pablo II, en el Jubileo del año 2000 Nosotros no llegamos a entender hasta el fondo qué significa que límite y finitud, espacio y tiempo, lo que no es Dios y no está en Dios, pueda convertirse en lenguaje auténtico de lo ilimitado, puro vaso santo de la vida eterna que se despliega hasta el punto de que, en el fondo, las últimas realidades de Dios deben ser dichas justo en este lenguaje de finitud; que la vida eterna y la eterna libertad de Dios deben representarse precisamente en esta obediencia hasta la muerte. En Cristo, Dios ya no es sólo aquello que aparece, es decir, lo otro. Y la voluntad del Padre no es, en modo alguno, heteronomía para el Hijo, sino que, por el hecho de que Él ama esta voluntad como la voluntad de su Padre, hace de ella su voluntad más profunda.
Sólo así, Él es el Hijo; de este modo recupera su entero ser eterno. Lo que era eternamente como Hijo, es lo que recupera como hombre. Podemos decir que en este instante de extrema obediencia -la pronuncia en el huerto de los Olivos, la cumple hasta la muerte- la libertad de Dios en el mundo ha surgido en la criatura, y se ha convertido de verdad en nuestra libertad.
Nuestro ser es fundado por Dios en la palabra de Dios, y habla con Dios, y Dios habla con él, y nosotros sólo necesitamos ser reales, ser en la existencia de Cristo para no interrumpir jamás este diálogo. En este diálogo Dios no es el otro, mas que en cuanto Dios, y al mismo tiempo nuestro propio e íntimo fundamento, más profundo que cuanto pueda serlo yo para mí mismo. Así queda superada del todo toda aquella mística y filosofía de la identidad propias de las religiones naturales, sin que por ello deba ser mínimamente liquidada y destruida en cuanto falsa. Como toda realidad humana, es un inicio, el comienzo que debe ser completado en la imagen divina de Jesucristo.
Hans Urs Von Balthasar
Un teólogo de la continuidad :
El cardenal Angelo Scola, Patriarca de Venecia, en una entrevista a Radio Vaticano, ha recordado así la figura de Von Balthasar:
«Von Balthasar aceptó tranquilamente el ser catalogado entre los reaccionarios y conservadores, sin ningún miedo, porque tenía una idea muy clara de la gran fuerza de la tradición cristiana y, como ha dicho Benedicto XVI, el Concilio no podía de ningún modo ser concebido según una hermenéutica de ruptura respecto a la tradición precedente, sino según la gran hermenéutica clásica y auténtica de la doctrina de la Iglesia, que es la de un avance en la continuidad».