!--ned//-->
Alfa & Omega, 29/09/08 - Roma, año 1198. El diecisiete de diciembre, el Papa Inocencio III firma la Bula Operante divine dispositionis, por la que el Sumo Pontífice aprueba la Orden de la Santísima Trinidad y de la Redención de Cautivos, que desde ese momento y durante siglos será conocida como orden de los Trinitarios. En plena Edad Media, gracias a la regla establecida por su fundador -el francés Juan de Mata-, la Iglesia católica cuenta con la primer institución oficial dedicada al servicio de los presos cristianos que sufrían cautividad por su fe.
Módulo de mujeres de la cárcel de Alcalá-Meco, en Madrid; mes de septiembre de 2008. El padre Eliseo de Gea, sacerdote diocesano, pasea entre las reclusas con una imagen de la Virgen Reina de la Paz entre las manos. Ocho siglos separan estas dos estampas, con un denominador común: la presencia de la Iglesia sigue abriendo espacios de libertad tras los muros del presidio. Y no sólo para los cristianos cautivos, como antaño, sino para todos aquellos que cargan sobre su alma condenas más duras que las judiciales.
Ganzúas sacerdotales
Según los últimos datos facilitados por Instituciones Penitenciarias, en España hay más de 71.200 presos, repartidos en 77 cárceles. Y en todas, al menos un capellán se esfuerza por hacer presente a Cristo entre los reclusos. Uno de esos sacerdotes es don Eliseo de Gea, capellán en la cárcel de mujeres de Alcalá-Meco, en Madrid. Lleva cuatro años cruzando dos veces por semana las puertas enrejadas de la prisión para servir de ganzúa a las cadenas espirituales: «Es sorprendente, pero con los curas se sinceran más que con el abogado. Y no sólo en el sacramento de la Confesión, sino para contarnos sus problemas, sus angustias, y buscar una palabra de consuelo», dice. Desde su experiencia sabe que «las personas que están en la cárcel necesitan a Dios, buscan consuelo y lo encuentran en Él. Descubren que no las ha dejado solas nunca, incluso en situaciones de mucho dolor. Algunas retoman su fe con otra conciencia, porque en la soledad de la prisión hay mucho tiempo para pensar y orar. Hay conversiones impresionantes, y las presas se convierten en testigos que llevan a Cristo a sus módulos, dan testimonio y consuelo a sus compañeras. Se percibe la misericordia, sobre todo en las que más sufren, y uno puede encontrar a Cristo en ellas, ver cómo Cristo las va liberando de sus prisiones interiores».
Fe entre delincuentes
Pero no es fácil vivir la fe entre rejas. «El de la cárcel es un mundo muy difícil -afirma el padre Eliseo-, porque supone vivir entre delincuentes. Hay presas que pertenecen a sectas, o son ateas, y que se burlan de las católicas, que nos insultan mientras celebramos o, simplemente, nos desprecian. También pasa con algunos de los funcionarios. Pero, por lo general, lo más duro es vencer la desesperación interior». Y desesperación, en la cárcel, no falta: «Hay mujeres que están rotas por dentro, que sufren un dolor profundo por lo que han hecho, y que tienen en su alma la amargura y el rencor contra lo que a ellas les ha llevado hasta esa situación. La mayoría de la población reclusa es suramericana, mujeres a las que han engañado o involucrado en cuestiones de droga. Y el 90 por ciento de ellas han pasado por situaciones muy problemáticas en su país: mujeres violadas por sus padres y hermanos, abandonadas en la niñez, maltratadas por su pareja, estafadas, sin dinero para mantener a sus hijos… Por eso tienen que sentirse liberadas del odio y del rencor para poder vivir en paz consigo mismas. Tienen que perdonar antes de sentirse perdonadas por Dios. La falta de libertad espiritual es la más dolorosa».
Para derribar esos muros interiores, el padre Eliseo y su compañero de capellanía han organizado un grupo de oración semanal, celebran la Eucaristía dos veces por semana, rezan el Rosario con las presas, las preparan para recibir los sacramentos -«en la última tanda, siete recibieron la Confirmación; cuatro o cinco, el Bautismo; y ocho o nueve la Comunión»-, tienen dirección espiritual, hablan con las familias… Y claro, eso se nota: «Cuando el grupo de oración funciona, hay más paz en la prisión. Por eso ellas mismas nos lo piden. Gozan muchísimo cuando están junto al Señor. Dios vence sus miserias, está actuando constantemente. Y, aunque la gente sólo vea delincuentes, desde dentro se ven milagros porque Dios las ama».
J. L. Vázquez / J. A. Méndez