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Alfa & Omega,03/05/10 - Como encontrar un oasis en el desierto: así es el Cottolengo del padre Alegre. Antes de cruzar el puente que te conduce al lugar donde el amor por Jesucristo en el hermano más pobre y necesitado es la razón de la existencia, una estatua del Sagrado Corazón te ofrece sus manos abiertas para que te agarres a Él. Ya te está preparando para que veas con tus propios ojos su amor derramado.
La madre Claudia, Superiora de la Congregación de Servidoras de Jesús, del Cottolengo del padre Alegre en Madrid, saluda firme y decidida. Su sonrisa sempiterna y dulce es espejo del carisma que caracteriza a la Congregación: abandono en la Providencia de Dios; tener, como centro vital de su entrega, la Eucaristía; y formar una familia con los enfermos pobres.
Mientras paseamos por las instalaciones, cuidadas al detalle, la madre Claudia explica que han sido construidas gracias a la Providencia. Una norma que caracteriza a la casa es que nunca piden ayuda, porque Sólo Dios basta. Y a los hechos me remito: 8 Hermanas, con ayuda de personal cualificado y voluntarios, cuidan de 70 enfermas y 5 Hermanas de la Congregación que ya no pueden valerse por sí mismas.
Las clases de logopedia, fisioterapia, activación sensorial a través de música, colores, juegos... están repletas. La madre, Claudia reflexiona en voz alta: «Ahora, no dejan nacer a niños con discapacidad, o matan a personas con enfermedades irreversibles y resulta que son más felices que el resto».
«Ellas son mi familia», reconoce la madre. Pasamos por las habitaciones donde duermen: sobre cada cama descansa un peluche, esperando a ser abrazado por la noche. «Se toca a Cristo en cada detalle. Ellas te dan muchísimo más de lo que tú puedas dar, de una forma totalmente gratuita. Cuando hasta la salud es un regalo cada mañana, vives aferrado a lo más esencial», admite la Superiora.
Las Hermanas luchan porque nadie en este mundo se sienta sin familia. Por eso, dos requisitos son fundamentales para ingresar en el Cottolengo: enfermos irreversibles que no pueden ser atendidos por otras instituciones, con preferencia aquellos que no tienen familia o, si la tienen, que no puedan hacer frente a su cuidado.
Viene muchísima gente a ayudar
La familia del Cottolengo de Madrid en el patio de la casaVirginia tiene 31 años. Enfermera de profesión en Huelva, conoció a los 19 años el Cottolengo de Madrid y se enamoró: «Me hace recobrar el sentido de la vida», dice mientras juega con Silvia, una niña de 10 años con una enfermedad respiratoria. Sonriente, Virginia se deleita con los regalos que recibe cada minuto: «Una mirada, una sonrisa, un gesto.. valen mucho más que todas las palabras del mundo. He encontrado la verdadera amistad con personas que ni siquiera saben hablar». Virginia trabaja día y noche para juntar días libres y venirse corriendo a Madrid, a cuidar a sus amigas.
Los voluntarios son otra parte fundamental de la familia del Cottolengo. «Viene muchísima gente a ayudarnos, gracias a Dios», señala la madre Claudia: «Los domingos por la tarde, llegan sacerdotes con grupos de jóvenes a celebrar la Eucaristía y dar la cena a las enfermas. También existen jóvenes así, y esto no se sabe».
Esperanza y un grupo de amigos van una vez al mes. «Me impresionó muchísimo la primera vez que fui -explica-. Una Hermana estaba cambiando pañales y limpiando las llagas de una chica con la ternura con la que una madre cuidaría a su hija. En este gesto vi el amor de Dios por ella, hasta el punto de poner alguien a su lado que la quiere como si fuera carne de su carne».
Cristina Sánchez
La historia del Cottolengo :
San José Benito Cottolengo fue un santo italiano que vivió en el siglo XIX. Su mayor preocupación era no tener una cama para los enfermos que acudían a su parroquia, por lo que fundó la Piccola Casa Della Divina Providenza, en el barrio turinés de Valdocco. El padre Jacinto Alegre conoció la obra y supo que era lo que él buscaba para los enfermos que visitaba en Barcelona. No pudo ver realizado su sueño, pero, antes de morir, tuvo tiempo de contagiar su ideal al obispo de Barcelona, monseñor Irurita, al jesuita padre Guim y a un seglar, el señor Zaragoza.
En su nombre, fundaron, en 1932, dos años después de su muerte, el primer Cottolengo en Barcelona. La obra creció y dio sus frutos también en Cáceres, ambas casas para hombres y mujeres, y Valencia, Alicante, Madrid, Santiago de Compostela, dos en Colombia y Lisboa, sólo para mujeres.