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Alfa & Omega,08/04/10 - No son pocas las enseñanzas que se reciben después de leer esta magnífica, cuidada, documentada, biografía del fundador de la Escuela Bíblica de Jerusalén, el dominico Marie-Joseph Lagrange.
Con la Biblia ocurre como con la Eucaristía: Jesús está presente; Dios se hace presente, y nuestro esfuerzo por recibir a Dios no es ajeno a la acción que genera esa presencia, que interpela todo lo nuestro, la razón, el pensamiento, la inteligencia, las emociones, las mociones, y, sobre todo, la fe.
La dedicación del padre Lagrange a los estudios bíblicos, sus trabajos sobre el método histórico-crítico -aquellos fundamentos de un método que era para él método- respondían al camino de la exigencia de verdad, tan propio de un discípulo, tan propio de un maestro de la teología del Aquinate.
El padre Lagrange construyó, no sin esfuerzos, no sin incomprensiones, no sin desfases que pertenecen a los no siempre acompasados ritmos de la Historia, un edificio intelectual que ha permitido, a lo largo de los tiempos, dar una respuesta cabal a la denominada cuestión bíblica, y ha hecho de la investigación en este ámbito una investigación a la altura de los tiempos.
Sorprende leer del padre Lagrange que, siendo el iniciador de una escuela cuya orientación metodológica estaba vinculada a la observación del terreno con el estudio de los textos, que había permitido la armonización de los métodos histórico críticos con la regla de la fe, no se quedara ahí y se
preocupara del futuro de las ciencias en general, y en particular de las ciencias sociales.
Habrá quien tenga la tentación reduccionista de subrayar, en la vida del fundador de la Escuela Bíblica de Jerusalén, los diversos procedimientos, encuentros y desencuentros que tuvo con diversos organismos de la Curia romana en su época.
Habrá quienes sientan un especial regusto en las polémicas de escuela teológica, y de mucho más, como las que sostuvo con los jesuitas, con los franciscanos o con los asuncionistas, debates muy variados, de muy diversa naturaleza.
Habrá quien padezca la pulsión irrefrenable de hacer del padre Lagrange un mártir de no se sabe qué causas. El autor de esta biografía no tiene, ciertamente, esta tentación. Y no la tiene por el hecho de manejar con rigor la documentación de primera mano, las fuentes primarias. Y, sobre todo, cualquier intento de utilizar la figura del padre Lagrange para enarbolar cualesquiera banderas, está condenado al fracaso si nos detenemos en los principios sobre los que sustentó su vida, personal, sacerdotal, de religioso dominico, que quedan claramente descritos tanto en sus apuntes personales como en su abundante correspondencia.
Es ejemplar la vida de fe, de devoción del biografiado. Estremecen algunas de sus confesiones íntimas, su devoción a la Santísima Virgen, su filial obediencia a la Iglesia, al Papa, a sus superiores, su amor a la Eucaristía, al sacerdocio.
José Francisco Serrano Oceja
Precio: 50,00 €
Páginas: 597
Año: 2010