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Alfa & Omega, 26/03/09 -
Si ponderamos el valor de la amistad, debemos reconocer con el Eclesiástico que «el que encuentra un amigo, encuentra un tesoro». Porque no hay mayor bien, por raro que sea, que la presencia segura del que, en los momentos difíciles, alivia nuestra precariedad; el que nos es leal con la crítica, o el elogio de nuestra conducta; el que, como la voz de nuestra conciencia, no nos miente nunca; el que respeta nuestra intimidad y sabe esperar cuando nos alejamos; el que trata siempre de que seamos mejores; el que no se acerca a nosotros por el solo interés, algo que distingue a los amigos de las amistades; el que está siempre dispuesto, antes de que se le pida, a prestar y a compartir, con una actitud gratuita y generosa, nunca posesiva o mezquina. Amigo es aquel, decía Cicerón, «con quien poder hablar de todas tus cosas, como si fuera contigo mismo». Para que esta identificación se alcance, la amistad debe asentarse en la igualdad y en la humildad. Para el cristiano, la amistad es la principal huella de Cristo, el Hijo de Dios. Amistad verdadera, amor sin límites, hasta dar la vida en un acto de libre cumplimiento de la voluntad del Padre.
Así su sacrificio, o desprendimiento de sí mismo por amor a la criatura humana, se convierte en un signo de esperanza que da sentido a nuestra vida. Desde esa perspectiva de la fe, cercana siempre al corazón humano, lo que define singularmente al amigo es su celo paciente en busca de nuestra amistad. «¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?», se pregunta el gran Lope, en su inefable rima sacra. «¿Qué interés se te sigue, Jesús mío?» Con el mismo poeta nos preguntamos, sintiéndonos personalmente interpelados y asombrados de la insistencia amorosa: ¿por qué tanta porfía? Quizá el celo se deba a que el ser humano, a pesar de estar marcado por sus miserias, ha sido creado, como nos recuerda Benedicto XVI, a imagen y semejanza de Dios, le es afín y por ello, con los talentos recibidos, es llamado a proseguir su obra. El propio salmo 8 reconoce explícitamente la magnanimidad del Creador: «Lo hiciste poco menos que un dios, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajos sus pies».
Sin embargo, aun reconocida la dignidad del ser humano y la confianza de la que es depositario, no es el poder, ni la posesión, sino el amor, lo que nos reconcilia con el Padre y nos salva de la soledad estéril. Mientras, en la noche inclemente, con las plantas llagadas por la espera, como en los versos inmortales de Lope, está Cristo, nuestro Amigo más fiel, porfiando en llamar a nuestro corazón, aunque la respuesta sea la más insensible, la del que no abre porque antepone sus asuntos efímeros a la razón última de su vida; una razón que, ya se ignore o se niegue, lleva el sello del Creador y, en él, la marca del Amigo, el celo del que quiere contar con nosotros.
Claro J. Fernández-Carnicero