n mis tiempos de seminarista en Toledo, los candidatos al sacerdocio nos aficionamos a las Letanías de la humildad, tomando así devoción a su autor, que las rezaba diariamente después de comulgar. El cardenal Merry del Val nos remitía, inevitablemente, a san Pío X. Dos santidades que se salpican mutuamente virtudes y sufrimientos, soledades y consolaciones. Dos hombres preparados con mimo por Dios uno para el otro.
Don Rafael Merry del Val y Zulueta, hijo de un diplomático español, nació en Londes en 1865. En su infancia y juventud fue el primero en los juegos y el más ingenioso en las bromas, y era al mismo tiempo tan ecuánime que resultaba punto menos que imposible sorprenderlo en un momento de mal humor o brusquedad. Sin pretenderlo, se imponía con su natural sonrisa. Su señoril porte exterior sin afectación era el continente de una educación esmerada, un talento clarísimo, una voluntad de trabajo disciplinada y enérgica. Dios se había volcado con él. Y Dios no hace nada al acaso.
Bulle en su mente el sueño de toda su vida: la conversión de los protestantes de Inglaterra.
El deseo de ser sacerdote, perfilado desde su infancia, se dibuja en él con nitidez creciente; como ministro del Señor podrá poner en juego todos los resortes de familia, educación, talento, trabajo, voluntad..., para ganar la Iglesia de Inglaterra para el Papa. Recién cumplidos sus veinte años, ya es clérigo. Personalmente, León XIII dispone que vaya a la Academia de Nobles Eclesiásticos, donde será el alumno más joven y el único no sacerdote. Con sólo 22 años, el Papa le hace monseñor, antes de ser sacerdote, para ir a Londres con la Legación pontificia con ocasión del Jubileo de la Reina Victoria. Se agranda en su pecho la suprema aspiración de su vida: «Señor, dame almas, y quítame todo lo demás».
Primer cargo en el Vaticano:
Doctor en Teología y Derecho Canónico, es nombrado Camarero Secreto Participante de Su Santidad, el 31 de diciembre de 1891. Sólo tiene veintiséis años: ¡es la voluntad del Papa! Ve derrumbarse sus sueños apostólicos entre los protestantes ingleses. Pero León XIII le nombra Secretario de la Comisión especial para la unión de las Iglesias disidentes, y Secretario de la Comisión especial pontificia para el examen de la validez de las ordenaciones anglicanas. Para Merry, el da mihi animas se convertía en da mihi anglos...
A sus 32 años, el Papa le nombra su Prelado Doméstico para enviarlo como Delegado Apostólico a Canadá, donde dejará pacificada la Iglesia. En mayo de 1900, Merry es consagrado arzobispo titular de Nicea.
Pero aquel hombre principesco, diplomático, cultísimo, nunca dejó de tener un alma de niño, de hacerse pequeño con los pequeños. Donde de veras se sentía a gusto era entre las almas sencillas. Durante cuarenta años, todas las tardes que estuvo en Roma, fue al barrio del Trastevere empujado por su amor a Dios y su celo por las almas. En 1890 fundó, con siete chicos, el Oratorio del Sagrado Corazón. De él salió poco después la Pía Asociación del Sagrado Corazón de Jesús in Trastevere, que fue durante largos años una de las más florecientes y mejores asociaciones juveniles de Roma. Incluso siendo Secretario de Estado, el cardenal quiso seguir viendo todos los días a sus chicos.
A la muerte de León XIII, Merry fue designado secretario del cónclave que eligió Papa a Pío X. Es deliciosa la narración de su primer encuentro con el santo cardenal Sarto, llorando arrodillado en la Capilla Paulina al ver que los votos se concentraban en él. «Ánimo, Eminencia, el Señor le ayudará...», se atrevió a decirle. Elevado el Papa Sarto al Supremo Pontificado, quiso tener junto a sí, ante el general asombro, a aquel jovencísimo prelado: «Trabajaremos juntos y juntos sufriremos por amor a la Iglesia», le pidió el Papa. Il mio Merry, se complacía en llamarle san Pío X. Tuvieron que sufrir juntos ?se lo había avisado el Papa? por la valiente defensa de la libertad en Francia, Alemania, Portugal, Méjico, Rusia...; y por el estallido de la gran guerra, que mató de pena a Pío X: «Deseé evitarlo y no pude.
Sólo me queda mi dolor...» Merry escribió entonces a un amigo: «Mi corazón está destrozado. Le amaba con todas las fibras de mi alma; era para mí más que un padre y siento como si no pudiera vivir sin él. Era verdaderamente un santo».
El 26 de febrero de 1930, de la manera más prosaica ?una operación urgente de apendicitis?
fue a reunirse para siempre con su Papa. Hay que morir alguna vez, dijo con una sonrisa, mirando a la Dolorosa ante la que tantas veces había orado. Sin ruido, tejiendo, con sus trabajos y sus días, una sobrecogedora letanía de humildad: «Libre del deseo de ser estimado, elogiado, ensalzado, preferido, consultado... Libre del temor de ser humillado, despreciado, calumniado, olvidado, ridiculizado, injuriado... Anhelando que otros sean más estimados, más considerados que yo; que otros crezcan en la opinión del mundo, y yo mengüe; que otros
sean empleados en cargos, y se prescinda de mí; que otros sean ensalzados, y yo no; que otros sean preferidos a mí en todo... Que otros sean más santos que yo, con tal que yo lo sea en cuanto puedo...»
Alberto José González Chaves