ste año se ha encendido la antorcha del Quijote con motivo del cuarto centenario de la edición de la primera parte de esta obra cervantina. ¿Cuánto durará su llama? ¿Asistiremos de nuevo a una conmemoración en la que los oportunistas de turno (entre los que hay que incluir a editores, filólogos, literatos, periodistas, historiadores y hasta políticos que sabrán hacer de la figura emblemática del loco idealista ariete contra los adversarios de sus ideas) sacarán provecho ocasional? Muchos se han acordado de Cervantes ahora, aunque pocos recuerdan que, en este mismo año, hace un siglo, Unamuno escribió su, quizá, obra más intensa y personal, tan inmortal como el espíritu que la animó, la Vida de Don Quijote y Sancho. No somos muy partidarios de las conmemoraciones centenarias por lo que tienen de momentáneas y perecederas.
No hace mucho que se celebró, con escasa proyección por cierto ?¿por qué??, el centenario de Calderón de la Barca, nuestro más grande dramaturgo, y ya nadie se acuerda de él, a excepción de los especialistas, claro. Si pasamos hoy por una librería, veremos montones de ediciones del Quijote, gente que se sitúa ante los mostradores en los que se expone el libro, o incluso en una interminable cola, para preguntar a los dependientes por tal o cual edición que promocionan determinadas editoriales, en la más variada gama de textos y adaptaciones. De todo ese público, ¿quiénes realmente van a leer el libro? Aceptemos, si somos optimistas, que únicamente lo lean con provecho una décima parte de ellos. Sólo por eso habría merecido la pena este centenario.
Cervantes juega con una ventaja añadida, que en el año 2015 tendremos la oportunidad de conmemorar la edición de la segunda parte del Quijote. Esperemos que se conserve algo del espíritu actual de la conmemoración, y que no sólo sea una moda pasajera. Porque el Quijote es obra que no necesita de modas para perdurar. Posiblemente no haya libro de ficción sobre el que más se haya escrito y más opiniones se hayan vertido, más se haya divulgado y adaptado a otros medios artísticos, desde la pintura, la música o el cine.
Cervantes puso en ella toda su sabiduría de la vida, de la literatura y de la lengua (obra de arte del lenguaje, la llamaba Helmut Hatzfeld), y si es grande esta obra lo es no sólo porque inaugure un tipo de narración moderna en la que palpitan por vez primera seres reales, de carne y hueso pero llenos de ideales, de humor y de ternura, sino también porque Cervantes sabe tratar a sus protagonistas con un extraordinario cariño y simpatía, y si hay crueldad en la novela, algo que repugnaba por ejemplo al novelista Vladimir Nabokov, no es por puro capricho del autor, sino precisamente para reflejar los duros contrastes de la vida, porque ésta es a veces cruel con el que más ingenuidad y buenas intenciones se conduce en la misma.
Se ha dicho también que en la dualidad Quijote y Sancho hay una mutua correspondencia en la influencia que el uno sobre el otro proyectan, pero no es sólo eso, el genio del autor hace que esa influencia se proyecte sobre el lector, de tal manera que el espíritu abnegado de Don Quijote se sobreponga a su locura, pues, como es bien sabido, él sólo es loco para su monomanía, pero prudente y sabio para todo lo demás. La misma sabiduría popular de Sancho se complementa con la de su autor, y juntos nos dan la medida cabal del ser humano, como la medida cabal de la sociedad se ofrece en el increíble cuadro de costumbres que van de lo popular de las ventas y los caminos, hasta los palacios cortesanos.
Medida cabal del ser humano:
Otro de los aspectos de la obra que permanece y permanecerá es su gran riqueza de significado abierto, pues Cervantes rara vez se pronuncia categóricamente sobre algo, manteniendo la extraña pero fecunda ambigüedad que se percibe tanto en las aventuras de Don Quijote como en su constante diálogo con Sancho.
La misma recuperación de su cordura y su subsiguiente muerte no tienen un propósito exclusivamente de remate final novelesco (para que no le continúen otros escritores desaprensivos como el misterioso Avellaneda), sino para dar humano fin a lo que la realidad impone a todo ser vivo, y de paso recordar que, aunque su cariño por el personaje le ha llevado a recrearse en su locura, la cordura es la vuelta necesaria al mundo de la realidad.
Jorge Luis Borges amaba este final, y sobre él dio una charla inolvidable en la Facultad de Letras de la Universidad Complutense. Es un final triste, sin duda, pero significa también la ineludible conexión con la vida. Su generoso Testamento y el espectáculo de todos sus allegados en sus últimas horas conmueven con la sencillez de una despedida sin aspavientos, humana a fuerza de natural y nada heroica. Este final, de auténtico caballero de la realidad, es contrapunto de una vida de caballero del ideal que trató de seguir bajo el dictado de sus queridos libros de caballerías.
Don Quijote en sus andanzas nos traza el camino de la vida con todos los contrastes que ésta ofrece al ser humano. Por su complejidad, por su humanidad y su amor a la justicia, el Quijote es una obra que merece revivirse, no sólo releerse, en una lectura intuitiva, pero también reflexiva y reposada. Aunque sea en un centenario.
Ana Suárez Miramón