lfa & Omega, 16/01/07 - Vivimos en un tiempo en el que lo correcto es decir que uno no se arrepiente de nada. Y así nos va. Porque, más allá de la soberbia, ésta es una actitud enormemente empobrecedora. Inevitablemente, a poco que cualquiera haga examen de conciencia, descubre cosas que no le gustan. No conozco un solo caso que lo desmienta. Lo que separa a unos hombres de otros es cómo afrontan este momento doloroso. Hay quien sabe aprovecharlo. El arrepentimiento es un paso más, necesario, hacia la realización personal, hacia aquello que uno está llamado a ser, con la guía de Cristo o, cuando menos, de la voz de la conciencia.
Nadie se absuelve a sí mismo a la ligera. Somos jueces implacables. Lo que sí podemos hacer -y lo hacemos- es imaginar que podemos cambiar las leyes a nuestro antojo. La ficción deviene patología, si no lo remedia un buen examen de conciencia. Es el mejor camino para convertirnos en una caricatura de nosotros mismos. En unos perfectos insatisfechos; en hombres frustrados y mezquinos.
Saberse pecador es aceptar la necesidad de gracia. Y ésta, probablemente, sea la lección más importante en nuestras vidas. «Al final -escribía C.S. Lewis en El gran divorcio-, hay solamente dos tipos de personas: las que dicen a Dios: Hágase Tu voluntad, y aquellas a quienes Dios dice: Hágase tu voluntad». No nos vendría mal pensar de vez en cuando en ese momento, ante el Creador, que será el decisivo de nuestra existencia. Muchos teólogos afirman que Él nos perdonará, sin distinción. Pero nos presentaremos tal cual somos y deberemos renunciar a todo el mal que portamos. Algunos aceptarán el perdón, y otros no.
Ricardo Benjumea
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