lfa & Omega, 04/03/07 - ¿Puede ir una niña al colegio con velo? ¿Se puede equiparar la unión homosexual al matrimonio? ¿Quién y cómo decide que la vida de una persona ya no merece la pena ser vivida? Éstas son algunas de las preguntas que los medios de comunicación están planteando continuamente a la conciencia de la opinión pública. Las respuestas, a menudo, son contradictorias. En las sociedades multiétnicas, multiculturales, multirreligiosas y con otros muchos multis, lo que antes parecía evidente, ha dejado de serlo.
Las sociedades europeas, basadas en un Humanismo y en unos valores religiosos fraguados tras siglos, coincidían, hasta hace poco, en las repuestas a estos interrogantes. Hoy todo ha dejado de ser obvio. Generalmente, los medios que plantean estas preguntas ofrecen las mismas respuestas: esencialmente dos. Ante todo -no faltaba más-, se dice que la respuesta la tiene el Derecho, pues no es posible atentar contra la Ley. Pero, ¿qué pasa cuando los representantes elegidos por el pueblo quieren cambiar la Ley? ¿Cuáles serán sus principios orientadores?
Dictadura del relativismo :
Entonces se aduce la segunda respuesta: la democracia. La legislación se convierte así en un compromiso entre intereses diversos: se trata de transformar en derechos, intereses privados, o deseos apoyados por una mayoría que pueden chocar con los deberes derivados de la responsabilidad social. De este modo, las mayorías se convierten en los nuevos dioses, con capacidad para imponer el bien o el mal. Se olvida que también Hitler llegó al poder gracias al voto democrático, o que el mal seguirá siendo mal, por más apoyo que reciba en los sondeos de opinión o en los votos. Surge así esa dictadura del relativismo, que se ha convertido en una de las preocupaciones centrales del pontificado de Benedicto XVI: la ética convertida en rehén de los grupos de poder, que no son sólo de carácter político, sino también económico, e ideológico.
¿Cuál es entonces el criterio básico que permite discernir entre el bien y el mal cuando, en una sociedad, las tradiciones culturales y religiosas han dejado de ser homogéneas? En definitiva, ¿cuál es la base del diálogo en el mundo postmoderno? ¿Es posible la convivencia?
Para Benedicto XVI hay una respuesta a todas estas preguntas: la ley moral natural, que, según el número 1954 del Catecismo de la Iglesia católica, «expresa el sentido moral original que permite al hombre discernir, mediante la razón, lo que son el bien y el mal, la verdad y la mentira».
El cardenal Joseph Ratzinger, cuando era Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ya había afirmado que la crisis del reconocimiento de la ley natural es la crisis ética del tiempo presente. Por este motivo, encomendó a la flor y nata de la teología católica, la Comisión Teológica Internacional, un estudio sobre el argumento, que ya se está ultimando.
Ahora, como Papa, sigue estimulando la reflexión de los mayores intelectuales católicos. Sin ir más lejos, en el mes de febrero que acaba de concluir, se ha reunido con los participantes en dos Congresos mundiales celebrados en Roma dedicados, de manera directa o indirecta, a afrontar este tema.
Normas inderogables
El 12 de febrero Benedicto XVI recibió a los 200 participantes en el Congreso Internacional sobre Derecho Natural, convocado por la Pontificia Universidad Lateranense, de Roma. La ley natural -dijo el Papa en su discurso- expresa esas «normas inderogables y obligatorias, que no dependen de la voluntad del legislador y tampoco del consenso que los Estados pueden darles, pues son normas anteriores a cualquier ley humana y, como tales, no admiten intervenciones de nadie para derogarlas». Y añadió: «La ley natural es, en definitiva, el único baluarte válido contra la arbitrariedad del poder o los engaños de la manipulación ideológica». Concluyó Benedicto XVI: «Por tanto, la primera preocupación para todos, y en especial para los que tienen responsabilidades públicas, debería consistir en promover la maduración de la conciencia moral. Éste es el progreso fundamental sin el cual todos los demás progresos no serían auténticos. La ley inscrita en nuestra naturaleza es la verdadera garantía ofrecida a cada uno para poder vivir libre y respetado en su dignidad».
Las aplicaciones que tiene el reconocimiento (o la falta de reconocimiento) de la ley natural son de vida o muerte, como dijo el mismo Papa, el 24 de febrero, al recibir en el Vaticano a los participantes en el Congreso organizado por la Academia Pontificia para la Vida, sobre el tema La conciencia cristiana como sustento del derecho a la vida.
El derecho a la vida :
«Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término, y afirmar el derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo», dijo el Papa. «En el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política», recalcó ante una audiencia de teólogos, filósofos, juristas, médicos, científicos y expertos en bioética.
El derecho a la vida «es un derecho que exige ser apoyado por todos, porque es el derecho fundamental con respecto a los demás Derechos Humanos», afirmó el Santo Padre. Ahora bien, las amenazas a la vida en estos momentos son múltiples. «Son cada vez más fuertes las presiones para legalizar el aborto en los países de Iberoamérica y en los países en vías de desarrollo -denunció-. Se incrementan las políticas de control demográfico, a pesar de que ya se hayan reconocido como perniciosas, incluso desde el punto de vista económico y social».
Al mismo tiempo, en los países más desarrollados, «crece el interés por la investigación biotecnológica», que lleva a una nueva forma de eugenismo, a «la búsqueda obsesiva del hijo perfecto», que implica la eliminación de los embriones humanos que no son considerados a la altura de los tiempos que corren. Esta negación de la ley natural -indicó el Papa- lleva, por ejemplo, a legalizar la eutanasia, pues la vida humana deja de tener un valor en sí misma, y hace más fuerte la presión para «legalizar las convivencias alternativas al matrimonio y cerradas a la procreación natural», penalizando, así, al matrimonio.
En definitiva, para Benedicto XVI, el auténtico progreso de una sociedad no depende del número de televisiones u ordenadores que se tienen en casa. El auténtico adelanto depende del reconocimiento «del valor inalienable que la ley natural posee para un progreso real y coherente de la vida personal y del orden social».
Jesús Colina. Roma