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Mientras el impresionismo revolucionaba la historia del arte en Europa, en España tuvo que entrar por la puerta pequeña. Eso de que a un pintor le diera por salir del taller y plantar su caballete en la calle, o en el campo, o frente al mar, para poder jugar con la luz y el color tal como demandaba la nueva corriente impresionista, era algo que no entraba en la mentalidad academicista de la época.
Pero Darío de Regoyos (Ribadesella, 1857- Barcelona, 1913) se quedó fascinado por ese nuevo sendero que se estaba abriendo camino en Europa y, a pesar de la incomprensión de gran parte de la crítica, se mantuvo fiel a los postulados impresionistas a lo largo de toda su carrera. Esta rebelión personal no le salió gratis, puesto que apenas vendió cuadros en vida, y gastó la fortuna heredada de su padre (el arquitecto que diseñó el madrileño barrio de Argüelles) en pintar lo que sabía que nadie iba a comprar. Gracias a esta toma de partido, un tanto quijotesca, Darío de Regoyos contribuyó decisivamente a la introducción del arte contemporáneo en España.
En 1879, huyendo de los estudios de arquitectura que nunca le gustaron, e invitado por su amigo Isaac Albéniz, viajó a Bruselas, donde se adiestró en nuevas técnicas para su pintura, en contacto con Pissarro, Seurat y Signac. Viajero incansable, buscaba constantemente nuevas escenas para sus cuadros y, por este motivo, se desplazó por cientos de lugares de la geografía española, intentando expresar en sus obras la impresión inmediata que le producía la contemplación de un paisaje y la fugacidad de los efectos de la luz sobre estas imágenes.
A pesar de su frágil salud, trabajaba directamente del natural, lloviera o hiciera calor, con rapidez y sin bocetos previos, y por este motivo en su obra abundan los formatos pequeños y medianos, más fáciles de transportar. En uno de sus innumerables viajes, conoció a una aristócrata francesa que residía en Bilbao, con la que contrajo matrimonio.
De estos primeros años, en los que se manifiesta su interés por los efectos de la luz, surgen cuadros como Plaza en Segovia, de 1882, óleo que refleja una pintoresca vista castellana bajo la potente luz del sol. En esta etapa inicial, pinta sus primeros nocturnos, como La playa de Almería, de 1882. Aunque Darío de Regoyos era un incondicional del paisaje, la presencia de la figura humana también es habitual en sus cuadros, aunque en muchas ocasiones apenas se detalla, como si careciera de un contorno definido que las delimite. Lo observamos en El mes de María en Bruselas, de 1884. Otro de sus puntos fuertes fueron los fenómenos atmosféricos, porque le permitían experimentar con la pincelada y el color. Lo comprobamos en Viento sur (Salida de misa con siroco), de 1885.
Eva Fernández
Imágenes :1) Autoretrato. 2) Por los muertos.3) La calle de Alcalá (1892)