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En la familia podemos transmitir con mucha naturalidad el amor al Señor. ¿Cómo aprende un niño a tratar a Dios? Si ve a sus padres tratarlo. ¿Cómo un niño admite en su intimidad, como un amigo, al Señor? Si ve que forma parte de la intimidad y de la amistad personal de sus padres. Si ve a sus padres rezar, él también rezará; si ve a sus padres cuidar la Santa Misa, la cuidará; si ve a sus padres adorar al Señor en la Eucaristía, lo adorará; si ve a sus padres acercarse al sacramento de la Confesión, él también querrá acercarse.
En realidad, educar no es difícil, a pesar de las apariencias de una sociedad conflictiva como la nuestra. Educar es una cuestión de amor. Cuando alguien quiere a otra persona, desea transmitirle lo mejor que lleva en el corazón. Y si lo quiere, lo logra, siempre que haya coherencia entre lo que se muestra con nuestro actuar y lo que se dice con nuestras palabras.
Los niños aprenden de sus padres mucho antes de que los padres sean conscientes, porque desde pequeñitos ven, captan el ambiente, sienten qué alegra y qué entristece, dónde hay paz y dónde no… Según van creciendo, hay que aprender a darles razón de eso que han visto y que han aprendido casi por ósmosis. Educar es fácil, si somos coherentes. Si nuestros niños ven en nosotros cosas que merecen la pena, y somos capaces, con nuestra palabra, de darles razón de eso que han vivido, los chicos se educan. Y, normalmente -aunque la libertad humana siempre es una aventura-, cuando se siembran ideales nobles, afectos rectos e ilusiones serias en el corazón de los niños, estos fructifican.
Probablemente, todos nuestros hijos, como a nosotros nos ha pasado, vivirán épocas turbulentas y cometerán errores, pero, al final, lo que se siembra desde joven, lo que arraiga en el corazón desde muy pequeñitos, acaba aflorando, antes o después. Por tanto, hoy, la familia tiene que ser absolutamente responsable para transmitir la fe. Quizá el gran problema de nuestra época, lo que más singulariza nuestro momento cultural respecto a cualquier otro anterior en la Historia, es que una gran parte de nuestros contemporáneos está desarraigada de nuestra cultura.