Alfa Y Omega, 19/03/06 - Me llamo Luis, y mi mujer, Lourdes. Tenemos seis hijos y otro en camino. Estoy muy contento por la confianza que Dios ha depositado en mí, como hizo con san José, salvando las distancias, por supuesto.
A san José me gusta imaginármelo como la estrella que guió a los Reyes Magos. Es la estrella que, con su luz, su ejemplo, me ayuda a encontrar el camino. San José y un padre de familia me parece que deben tener muchas cosas en común. Comenzando por la fe, sobre la que ha de apoyarse todo los demás. Esto significa abandonarse en las manos de Dios y cumplir la voluntad divina. En mi caso, entiendo que se concreta, junto con mi mujer, en ser el padre de siete hijos, que también son de Dios.
La vida de san José no fue nada fácil: alegrías, sufrimientos y contrariedades. San José tuvo el gran gozo de ser el esposo de la Virgen María y el padre en la tierra del Hijo de Dios. Pero las contrariedades que tuvo que soportar fueron muy grandes: estar desposado con María y enterarse que estaba embarazada, no encontrar un sitio digno para que la Virgen María diera a luz a Jesús, tener que dejar su hogar y trasladarse a otro país (huída a Egipto), la vuelta a Nazaret, perder a Jesús en el viaje a Jerusalén…
Hoy en día la vida tampoco es fácil, y la de un padre familia numerosa, menos aún. La gente te mira como un bicho raro, los compañeros de trabajo se escandalizan (aunque en mi caso, gracias a Dios, eso no ocurre), a mi mujer, en la empresa donde trabajaba, le proponían acuerdos para dejar de trabajar, la propia familia te dice: ¡Cuándo paráis!, las casas que construyen son pequeñas y muy caras, no tenemos casi ninguna ventaja fiscal, salvo que emigremos a otro país de Europa, etc.
Pero, en realidad, todas esas dificultades e inconvenientes se superan, no con facilidad, eso sería una ingenuidad, pero ciertamente en todas las situaciones sí que he sentido la ayuda, la cercanía de Dios nuestro Señor.
San José se apoyaba en tres pilares: fe, esperanza y amor. Una fe honda y consciente en Dios; la esperanza confiada porque sabía que Dios estaba detrás de él; y un amor fiel a María y a Jesús.
Todo padre de familia, da igual el número hijos o si no tiene hijos, puede basarse en estos tres pilares enunciados. Yo juego con ventaja respecto a san José, ya que conozco su vida y sé que Dios premia la fidelidad, pero eso no quita que seamos humanos y cometamos muchos errores y, a veces, alguno de estos pilares se tambaleen.
Pero si tenemos claro el fin, la felicidad junto a Dios, superaremos lo que haga falta para que nosotros y nuestros hijos alcancemos la meta. Esto es lo bueno de ser cristiano y del mismo equipo que san José: sabemos que ganaremos por muy adverso que el marcador se ponga.
Hay una faceta de mi vida y de la de san José que se me ha olvidado comentar, la profesional. San José también era un trabajador, como cualquier padre de familia. Además, tuvo la dificultad añadida de emigrar a otro país, con la inseguridad de lo desconocido, y, al cabo de unos años, regresar dejándolo todo otra vez y comenzar de nuevo.
Me hago una ligera idea de esto, ya que mi mujer y yo tenemos a nuestras espaldas cinco mudanzas: empezamos con un piso con una habitación en alquiler, hoy tenemos un bajo con jardín con cuatro habitaciones, pero a 28 kilómetros de Madrid… Me figuro que para mantener a la Virgen y a Jesús, tuvo que volver a buscar clientes para realizar su trabajo de carpintero, y comenzar desde cero no es fácil.
Por tanto, san José es un hombre que sabe enfrentarse también a cualquier contrariedad profesional y personal, y aunque el evangelio no diga nada, parece que supo solucionarlo, y salir adelante de situaciones difíciles y complicadas. El trabajo de san José me lo figuró muy bien hecho y bien acabado; teniendo como aprendiz a Jesús debió ser un acicate para lograrlo. ¿Alguno se imagina que san José fuera chapucero?
Por eso, para mí, es de una gran ayuda hacer esta reflexión ante cualquier pequeño inconveniente profesional y a la hora de terminar mi trabajo. Creo que sería una ofensa a Dios el realizar un trabajo chapucero o mal acabado.
Para finalizar, me gustaría proponer a los que lean este artículo que sigan una antigua costumbre entre los cristianos: los siete domingos de San José. Allí se repasa toda la vida, como una película y, metiendo la imaginación, uno se hace a la idea de lo que sucedió.
Luis Elejalde Caballero