lfa & Omega, 23/11/04
El jesuita padre Luis Ladaria, mallorquín, de 60 años, sustituyó el pasado mes de marzo al padre George Cottier al frente de la Secretaría General de la Comisión Teológica Internacional, que preside el cardenal Joseph Ratzinger.
El Santo Padre ha recibido en audiencia a todos sus miembros y les ha encargado profundizar en la cuestión de los niños fallecidos sin recibir el Bautismo. Publicamos una entrevista concedida por el padre Ladaria al diario Avvenire:
¿Por qué se vuelve ahora a hablar del limbo?
Porque después del Concilio Vaticano II han cambiado los presupuestos fundamentales sobre los cuales la Teología dio respuesta a esta cuestión. A nosotros nos toca ahora profundizar en esta materia. Quiero advertir que la palabra limbo no ha sido nunca utilizada en los trabajos de la Comisión. De cualquier modo, como decía Pío VI a finales del siglo VIII, el limbo no es una invención de los pelagianos. La Iglesia quiso desde muy temprano responder a la cuestión de los niños muertos sin ser bautizados.
Hagamos un breve recorrido histórico?
San Agustín decía que estos niños iban al infierno, aunque su pena era leve, porque no habían cometido ninguna culpa. Más tarde, durante la Edad Media, sobre todo por efecto del IV Concilio de Letrán y del Concilio de Florencia, se desarrolla la doctrina del limbo como lugar de la felicidad natural. Esta doctrina, en la práctica, se mantiene como válida hasta mediados del siglo pasado.
Según el Catecismo de san Pío X, «los niños fallecidos sin bautizar van al limbo, donde no gozan de Dios, pero tampoco sufren, porque, teniendo el pecado original, y sólo éste, no merecen el Paraíso, pero tampoco el infierno o el purgatorio».
¿Es todavía válida esta enseñanza?
Hoy tenemos el nuevo Catecismo, que recuerda cómo la Iglesia no puede más que confiar a estos niños a la misericordia de Dios. Cito textualmente: «La gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven, y la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis, nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo».
¿Es éste el camino que la Comisión debe buscar y definir?
Como decía antes, el Concilio Vaticano II ha contribuido a hacer madurar una nueva perspectiva en relación a este tema específico. La Constitución Gaudium et spes, por ejemplo, afirma, en su número 22, que el Espíritu Santo da a todos los hombres la posibilidad de ser asociados al Misterio Pascual. Así, intentaremos profundizar en esta cuestión bajo la luz de enseñanzas como «la voluntad salvífica universal de Dios, la unicidad de la mediación de Cristo y la sacramentalidad de la Iglesia en orden a la salvación», remarcadas recientemente por el Papa.
¿Será éste el fin oficial del limbo?
No puedo anticipar las conclusiones de un trabajo que apenas ha comenzado, que convoca a teólogos de todos los continentes y que atañe a la Teología Dogmática, al estudio de la Biblia y a la misma Historia de la Teología. No creo que sea posible un pronunciamiento antes de dos o tres años.
¿Su reflexión afecta también a los niños no nacidos a causa del aborto?
Es posible que haya alguna referencia.
¿Cuál es la orientación predominante entre los teólogos que participan en estos trabajos?
La línea dominante se abre a la esperanza. La misericordia de Dios, como recuerda Dante, «tiene grandes brazos». Éste es un elemento fundamental de nuestra fe, más que un mero motivo de consolación. Y es el tema que debemos estudiar.
Mimmo Muolo