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Alfa & Omega,11/03/10 - «Me están robando la dignidad»: Ibrahim, senegalés sin papeles está cansado de vivir sorteando obstáculos, debido a la creciente oleada de controles de identidad a la que se ven sometidos todos los extranjeros sin papeles a quienes, un día, se «abrieron las puertas porque los necesitábamos», y a los que ahora «se abren también las puertas, pero para que se marchen, porque ya no son útiles», tal y como ha denunciado monseñor José Sánchez, obispo de Sigüenza-Guadalajara, y Presidente de la Comisión episcopal de Migraciones.
Las redadas policiales cada vez son más frecuentes. Se pueden encontrar policías pidiendo papeles a los extranjeros en las puertas de los ambulatorios, a la salida del Metro, en la puerta de los comedores sociales, en los locutorios, e incluso en los parques, mientras juegan al fútbol.
Ibrahim encontró abiertas las puertas de la ciudad de Madrid, porque hacía falta mano de obra barata e incondicional. Ahora, con la crisis, ya no es útil, y está cansado de sentirse como un delincuente: «Estoy perdiendo mi dignidad: ni siquiera puedo ir en Metro, porque tengo miedo de que me coja la policía». Lleva cuatro años en España, pero los últimos meses han sido un calvario. En los tres últimos, ha sido detenido en tres ocasiones, «por ir andando por la calle».
Él es un joven, como tantos con los que cada día nos cruzamos por la calle, que venía en busca de una oportunidad que ahora parece más lejos que nunca. «Es una situación terrible, porque te sientes como basura, utilizado», denuncia quien, hace unos meses, trabajaba de soldador en las grandes obras de la M-30, la arteria que rodea el centro de Madrid. «Tenían mucha prisa para terminar el trabajo», constata.
«Trabajábamos desde las 8 de la mañana hasta las 10 de la noche, y así, durante 7 meses seguidos. Los españoles se quejan de que los inmigrantes quitamos los puestos de trabajo, pero hay labores que nadie quiere hacer. El trabajo en la M-30 fue un sufrimiento, pero como lo necesitábamos, teníamos que aceptarlo».
El joven senegalés sufre ante la injusticia social que se cierne sobre los inmigrantes, sobre todo en estos días. «Nosotros no hemos traído la crisis: ha venido sola. No es fácil aceptar un trato así, sobre todo cuando sabes que el trabajo de los extranjeros «ha enriquecido la economía», dice con tristeza.
Cuando se le pregunta si tiene esperanza, su cara refleja un mar de dudas: «Tengo y no tengo. Llevo mucho tiempo esperando y sólo se complican las cosas, pero sí que espero que, uniendo nuestras fuerzas, todas las personas que vivimos esta situación, podamos luchar juntos». Porque no es fácil sobrevivir; sin trabajo y sin papeles no se puede pagar, ni acceder, a una vivienda. Hay días en que Ibrahim ni siquiera puede comer, ni tampoco está a su alcance comprarse un pantalón de repuesto, y el que lleva puesto está lleno de agujeros.
Pero, además de sufrir con más fuerza que el resto la crisis, los inmigrantes se encuentran con la incomprensión e indiferencia de la gente que pasa por su lado. No es una cuestión secundaria: encontrar a una mano amiga es tan importante como conseguir un techo. «En mi país la gente se ayuda», dice Ibrahim con nostalgia.
Las Dominicas Hermanitas del Cordero tienen precisamente ese carisma, y contribuyen, en lo posible, a paliar la falta de humanidad en nuestras calles. Se trata de acompañar en la soledad, compartir una conversación con quien nadie quiere hablar.
En sus paseos por Madrid, estas religiosas tienen la oportunidad de acercarse cada día a los anhelos del corazón del hombre. «Nosotras queremos ser esa relación de alma a alma que le falta al mundo de hoy», cuenta una de ellas. También dan la ayuda material que pueden. En uno de sus periplos, vieron a un hombre solo y llorando. Era de Bolivia y les dijo a las Hermanas, entre sollozos, que sólo quería poder volver a su casa, y para eso, tenía que llegar hasta Valencia para encontrarse con unos familiares, y no tenía dinero para el autobús. Las Hermanitas le ayudaron con los pocos euros que tenían; porque antes, supieron ver en él a un ser humano.
Cristina Sánchez