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«Ranyita -en la foto- tiene tres años. Su padre murió de sida. Su madre está infectada y no se ocupaba casi de ella. Por eso, el Superior hizo una excepción para acogerla, tan pequeña, en el hostel». La misión jesuita en Bijapur (India) tiene un colegio para 900 niños del slum -suburbio-. En el hostel viven los alumnos que, además de la pobreza, cargan sobre sus hombros otras cruces: han perdido a alguno de sus padres, son hijos de madres solteras... Durante las semanas que ha estado de misión en la India, Ignacio de la Infiesta ha visto muchos aspectos del trabajo que hacen los misioneros, «pero el hostel es lo que más me ha gustado. Fuera, todo es un caos y un desastre..., pero ahí están a salvo, crecen en un ambiente sano, estudian y, sobre todo, reciben cariño. Por la noche, todos -de distintas religiones- rezaban juntos». Rostros como el de Ranyita «marcan la diferencia cuando los conoces de cerca y dejan de ser datos sobre la pobreza, para ser una persona, con una historia, y con la que puedes tener una relación»
El mejor testimonio, la Misa
Miguel Ángel Martín es uno de los 14 jóvenes madrileños que, el pasado agosto, viajaron al Vicariato apostólico de Requena (Perú) con la Delegación diocesana de Infancia y Juventud. Cuenta que, en el momento de tomar esta foto, el padre Francisco Cañestro, Subdelegado de Infancia y Juventud, estaba a punto de celebrar la Eucaristía en la capilla de uno de los barrios de la ciudad.
«El obispo -explica Miguel Ángel- tenía 8 ó 9 capillas para atender, y cada dos o tres días nos pedía que fuéramos a una. Había sólo cuatro o cinco personas, pero qué ilusión les hacía que hubiera Misa. Otros días estábamos en la catedral. El primer día no había nadie; el segundo, tres o cuatro...; el último día, estaba llena. No avisábamos, pero la gente sabía que los misioneros iban a estar allí. Nos dijeron que el mayor testimonio que habíamos dado era que, cada día, rezábamos el Rosario y teníamos Misa».