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Alfa & Omega, 12/10/07
«Estamos ante uno de esos tabúes de los que nadie quiere hablar», escribe, con acierto, monseñor José Ignacio Munilla, obispo de Palencia, en una reciente Carta pastoral
Su Carta ha suscitado numerosos comentarios, especialmente en foros de internet que discuten cuestiones de actualidad. Sus palabras son directas y certeras, y probablemente muy duras para muchas parejas que se han visto en la terrible situación -no puede edulcorarse la realidad- de hacer frente a la llegada de un hijo que se sabe que no tendrá una vida como la de los demás niños. El obispo de Palencia, monseñor José Ignacio Munilla, narra, en su Carta, una experiencia en Italia que ha dado la vuelta al mundo:
«A veces, Dios permite ciertos sucesos, para que podamos comprobar, de forma evidente e incuestionable, la deriva tan errónea por la que se conduce nuestra cultura, pues con frecuencia ocurre que solamente reaccionamos ante el mal cuando hemos llegado a ver su rostro en toda su crudeza.
Me estoy refiriendo a un caso que se hizo público en Milán (Italia), a finales de verano: una mujer, embarazada de tres meses, esperaba gemelos. Al hacerse la prueba de la amniocentesis, se le comunica que uno de los gemelos tiene el síndrome de Down, por lo que solicita un aborto selectivo. Llegado el momento de la intervención, los fetos se intercambian su posición y la doctora elimina por equivocación al sano, dejando vivo al que quería matar. Comprobado el error, tras los pertinentes análisis, días más tarde, la madre decide acabar también con el gemelo con síndrome de Down que continuaba vivo en su seno.
El caso es especialmente dramático, pero la cuestión de fondo no varía con respecto a los demás casos de aborto: el problema moral está en el endiosamiento de nuestro deseo. Perseguimos una realidad a medida de nuestros planes, y cuando las expectativas no se cumplen, somos capaces de autoerigirnos en dueños de la vida del prójimo, sin detenernos ante nada. Esta es la inquisición contemporánea: ¡nuestra santa voluntad!: si un niño es deseado, hoy en día podemos llegar a mimarlo hasta hacer de él nuestro tirano; y si no fuera deseado, procederemos a eliminarlo sin miramientos. Soy consciente de la dureza de estas palabras, pero estaría falseando la realidad si cayese en la tentación de dulcificarlas».
Por ello, el obispo de Palencia alude a la dignidad de quienes sufren el síndrome de Down como cualquier otro ser humano, y manifiesta: «¿Somos conscientes de que cuantos tienen el síndrome de Down han desaparecido prácticamente de nuestra sociedad? Bien es verdad que todavía conocemos algunos de edad más avanzada, pero... ¿dónde están los menores de 10 años, por ejemplo? Estamos ante uno de esos tabúes de los que a nadie le gusta hablar, porque presentimos muchas complicidades encubiertas. ¿Quién sería capaz de mirar a los ojos de estos niños y negarles su dignidad? ¿Quién se siente con derecho a definir y a establecer el concepto de normalidad, más allá del cual el derecho a la vida quedará sin protección?»
En su Carta, además, analiza la realidad de las pruebas de la amniocentesis, con las declaraciones del Presidente de la Sociedad Española de Ginecología, don Manuel Bajo Arenas: «...si una embarazada se somete a la amniocentesis, normalmente aborta si el resultado es positivo. Si no, ¿para qué se iban a hacer la prueba? Lo cual plantea la responsabilidad moral de quienes, en su intencionalidad, se hacen cómplices de este grave pecado. La forma tan trivial en la que se oferta y realiza la amniocentesis, en el sistema sanitario, está contribuyendo a desdibujar en muchas conciencias el principio de la inviolabilidad del don de la vida. Es un contrasentido que un diagnóstico médico se convierta en una sentencia de muerte». Y escribe también: «Parece que a nadie le llama la atención el hecho de que el diagnóstico de una amniocentesis sea suficiente para autorizar un aborto y que, sin embargo, posteriormente no se exija una autopsia para comprobar si verdaderamente el diagnóstico había sido acertado. ¡Cuántas sorpresas nos llevaríamos si pudiésemos comprobar la veracidad de tantos alarmismos a los que se recurre para cubrirse las espaldas!»