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Alfa & Omega, 02/12/08 - Ahora entiendo por qué el genio y la frescura teológica y literaria de Charles Péguy escribió aquello de mi niña esperanza. Para comprender la esperanza, para vivir la esperanza, hay que aprender a acariciar la esperanza. Muchos años, demasiados años, los católicos hemos dejado de acariciar la esperanza, como se acarician los dedos tiernos de un recién nacido; como se acaricia el rostro de la belleza descubierta; como se acaricia la verdad de una idea que hace avanzar la ciencia; como se acaricia el perdón y la paz del abrazo con el amigo recuperado; como se acaricia la compañía de quien sabemos nos ama. Años, muchos años, demasiados años, los cristianos hemos dejado de acariciar la esperanza.
Nos confundieron; claro que nos confundieron quienes vociferaban la revolución de una caridad de la nada, vacía de ser; quienes nos habían gaseado con una fe, macedonia de emociones y de fáciles sentimientos, con una esperanza travestida de ideología de progreso. Años y años, los hombres y las mujeres, los pequeños y los grandes, dejamos de acariciar al esperanza carnal de Cristo en la Eucaristía, sacramento del amor redentor que expone y propone la esperanza, y nos entregamos a acariciar las ideas, los pensamientos, los confusos sistemas políticos y sociales, a acariciar una modernidad mal entendida que sólo nos ha conducido a la desesperaza. ¡Cuántas veces recuerdo a aquel santo sacerdote que acaricia tiernamente el Cuerpo de Cristo en la patena durante la celebración de la santa misa! Si algo hemos aprendido en el aún vivo décimo Congreso Católicos y vida pública es a acariciar de nuevo, con nuestras manos, con nuestra mirada, con toda la pasión y toda la pulsión de la vida, la esperanza.
«Mi pequeña esperanza es/la que duerme todas las noches,/ en su cama de niña, después de rezar sus oraciones, y la que todas las mañanas se despierta y se levanta/ y reza sus oraciones con una mirada nueva». Las nubes de la Historia no oscurecerán nuestra esperanza. Es verdad, el domingo pasado, en Madrid, hacía un sol de esos que facilitan aquello de que, de Madrid, al cielo. Frío, como el tiempo, pero sol, mucho sol, un sol resplandeciente que nos permitía ver con más claridad.
Mientras los mayores desgranaban las razones, las raíces, el sentido y el sentimiento de la esperanza cristiana, los niños, que duermen todas las noches, que se despiertan cada mañana y que rezan sus oraciones, también acariciaron la esperanza. Tenía a Juan Pablo en mis brazos, mientras nuestro cardenal, don Antonio, explicaba a los participantes en el Congreso Infantil, en medio de la pista de tenis del Colegio Mayor San Pablo, que Jesús y la Virgen María son amigos que nunca fallan. El pequeño niño que reza por las noches y es promesa que brota del amor de los padres y del Sí de Dios a la Historia, me pidió qu
e le acercara a Jesús para darle un beso. Un niño de dos años; un pequeño travieso e inquieto como la sangre de sus venas, me había hecho comprender lo que los mayores llevábamos más de cuarenta y ocho razonando. Ese beso inocente y limpio a Cristo resucitado es nuestra esperanza.
Pilar sabe que cuando habla, cuando se recoge el pelo rubio y descubre sus verdes ojos de mar océana, cautiva, atrae, fascina. Se sabe guapa, lista y, además, coqueta. Mientras el amigo Gonzalo capeaba el testimonio de la conversión de Pilar, un silencio hondo, casi infinito, conquistaba el Aula Magna de la Universidad CEU San Pablo. Ocurrió en la noche joven de un Congreso sobre Cristo, la esperanza. Pilar no pudo retener las lágrimas al recordar otra noche, aquella noche, en el hospital, hastiada de la vida, con las venas a punto de explotar de desesperanza.
En medio del abismo, vio Su rostro, brotó de sus labios una simple frase, la más sincera oración jamás pronunciada: Jesús, dame otra oportunidad... Y Jesús se la dio, cómo no, siempre da otra oportunidad. Cristo siempre da otra, y otra, y otra oportunidad, confianza, esperanza. Al Congreso, Pilar, tan famosa y tan resplandeciente, llegó con una fotografía de su Virgen Madre. Y a ella se refería; y a ella le pedía permiso para confesar, en público, ante cientos de jóvenes, que atónitos la escuchaban, que Cristo le dio su vida, que tiene ya el nombre de esperanza. «Pero, sin esperanza, todo eso no sería más que un cementerio»... En el X Congreso Católicos y vida pública aprendimos muchas cosas, pero sólo una importante: a acariciar la Esperanza.
José Francisco Serrano Oceja
Director del Congreso Católicos y vida pública