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El 18 de julio de 1936, usted era seminarista en Madrid. ¿Qué recuerda de aquel día?
Yo tenía entonces 18 años, y la tarde del 18 de julio, teníamos retiro en el Seminario. Se tuvo que terminar antes y nos mandaron salir. En mi barrio, en Pacífico, estaban ya repartiendo armas a la gente por la calle.
El domingo, día 19, fui a Misa; y el lunes 20 de julio, volví a ir, esta vez a los dominicos de Atocha. El convento estaba cerrado, pero lo abrieron para celebrar la Eucaristía. El padre dominico dio la comunión y se metió dentro otra vez. Pues bien, a las 12 del mediodía estaba ya la basílica ardiendo, y todos los dominicos habían sido asesinados y tirados a la calle.
¿Cómo vivió los días siguientes?
Por aquel entonces, teníamos que buscarnos una manera de sobrevivir para no quedar atrapados en casa, sin documentación. Por eso, me inscribí en el Cuartel de la Montaña, y fui destinado a las oficinas de organización. Me eligieron a mí para dirigirla. ¡Con 18 años! Cuando iba a empezar mi misión, llegan los Junkers alemanes que bombardearon y destruyeron parte del cuartel. Aquella misma noche nos enviaron al cuartel de María Cristina, que también fue bombardeado.
Al cabo de un tiempo, tuve que ir al frente, cuando pasaron las milicias al Ejército republicano. Me destinaron a la 68 División, que había participado en la batalla de Teruel. Allí me destinaron como ayudante de comisario político, por lo que me libré de estar en las trincheras. No disparé ni un solo tiro.
Usted seguía siendo seminarista.
Yo me seguía sintiendo seminarista, y a pesar de todos los avatares de la guerra buscábamos mantener el contacto, utilizando los permisos que nos daban en el ejército. Nosotros mantuvimos relación con don José María García Lahiguera. La de Madrid era una Iglesia de catacumbas, lo vivíamos todo en un piso. Y cuando volvíamos del frente íbamos a ver a don José María. Después de las primeras efervescencias, todo se empezó a serenar y ya se pudo establecer una red de ayuda; se celebraba la Eucaristía en una casa y se llevaba la Comunión a los enfermos. Él estuvo viviendo un tiempo en el Hotel Laris, en la plaza de Santa Bárbara, y allí íbamos a recibir la Eucaristía y a confesarnos. A los seminaristas que estábamos en el frente nos decían, por ejemplo, que para rezar el Rosario utilizáramos una cuerda con diez nudos, para rezarlo discretamente.
Su carné de las milicias del Cuartel de la Montaña¿Qué le decía García Lahiguera en sus cartas?
Nos escribíamos cartas en clave, para que no nos descubrieran. Él me llamaba mi compañero Serrano y me escribía cosas como: «Estáis viviendo los años más importantes de la vida»; «Esto nos está ayudando a los jóvenes a hacernos hombres»; «Mira al futuro, para ser útil a la Humanidad». Me llamaba compañero de ideales en la misma causa; nosotros ya sabíamos cuál era nuestra causa.
¿Qué pueden aprender los jóvenes de hoy de los de aquellos años, especialmente de cara a la JMJ?
Tenemos que aprender de Jesucristo, nada más. Cristo es el Camino, no hay otro. Tenemos que seguirle a Él, pisar sus huellas. Yo lo que temo es que la JMJ se convierta en una especie de espectáculo. Espero que después quede un trabajo posterior en las parroquias, como los centros de formación en la fe que deben ser.