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«Detrás de su amable carácter, su modesto humor y la gran sonrisa, yace una determinación de acero». Así comienza la presentación oficial que hace la delegación española de Ayuda a la Iglesia Necesitada de monseñor Daniel Adwok, obispo auxiliar de Jartum, la capital de un Estado, cuyo Presidente, Omar Hassan Ahmad Al-Bashir, está en busca y captura por el Tribunal Penal Internacional, acusado de crímenes contra la Humanidad, crímenes de guerra y genocidio.
Monseñor Adwok, auxiliar del cardenal Zubeir, es originario del sur, pero obispo en el norte, donde quiere permanecer, junto a la minoría católica. No lo va a tener fácil.
El Gobierno ve a la Iglesia como su gran enemiga. Los obispos de todo Sudán apoyaron la opción de la independencia, en el referéndum del pasado 9 de enero, y el propio monseñor Adwok visitó, en octubre, Nueva York y Washington para lograr que la ONU y el Gobierno norteamericano mantuvieran la presión sobre el Gobierno sudanés, y forzaran la celebración del referéndum, previsto en el Acuerdo de Paz que puso fin, en 2005, a una guerra de más de 20 años, que provocó alrededor de 2 millones de muertes en el sur.
Muchos cristianos han abandonado ya los campos de refugiados de la ONU en el norte, a los que huyeron durante la guerra. A quienes habían pensado quedarse en estas tierras, porque lo dejaron todo, y no tienen un hogar al que volver en el sur, les disuade el anuncio de Al Bashir, que, con la partición, va a intensificar la islamización y arabización del país.
«Hay miedo entre los cristianos», denuncia el obispo. «Va a quedar muy reducida la presencia cristiana», admite, pero la Iglesia no va a desaparecer de regiones que cuentan con importantes minorías cristianas desde hace siglos, con grupos católicos, protestantes, coptos y greco-ortodoxos procedentes de Siria, algunos anteriores a la llegada del Islam. La situación es difícil, y amenaza con recrudecerse. «No hay reconocimiento legal de los cristianos», y «la discriminación se extiende a todos los ámbitos de la vida social».
Sin embargo, hay elementos que podrían propiciar un cambio. El régimen está encontrándose resistencias entre los propios musulmanes a la extensión de la sharia, explica monseñor Adwok. Hay demandas de democratización. Al Bashir reprimió por la fuerza dos conatos de manifestación en Jartum a favor de la democracia, inspirados en las protestas de Túnez o Egipto, pero ha bastado para dejar constancia de que existe un malestar con la dictadura.
A esto hay que añadir que el conflicto abierto en la región occidental de Darfur, guerra que enfrenta a musulmanes entre sí, le está pasando factura al Gobierno tanto hacia fuera, como en el interior del país. Además, la partición del sur le va a obligar a reconstituirse también como nación. «La Iglesia quiere acompañarle en ese proceso, y pide la reconciliación de los sudaneses, y que el nuevo país reconozca los derechos humanos», dice el obispo.
Los peligros en Sudán del Sur
La partición, que debe materializarse el 9 de julio, era una necesidad para el sur, sostiene monseñor Adwok. Sin embargo, su lectura de los últimos acontecimientos allí es muy crítica. Como ejemplo, cita que la bandera y símbolos del futuro Estado son los del movimiento rebelde. «Creo que deberían haber dedicado un poco más de tiempo a pensar», afirma.
Existe el problema también de antiguos guerrilleros, que se han acostumbrado a robar y a apropiarse de tierras por la fuerza. Esto -advierte- puede degenerar fácilmente en conflictos vecinales o tribales que están latentes, y pueden ser muy peligrosos, porque «los combatientes no tienen ya lanzas, sino armas automáticas». Y hay también importantes minorías musulmanas. «Hasta ahora, existe una coexistencia pacífica, pero hay peligro» de que esto cambie en cualquier momento.
Un posible detonante que teme la Iglesia es que la persecución de los cristianos en el norte desate represalias en el sur. La situación es precaria, y puede bastar para incendiarla «la acción de grupos descontrolados».
Monseñor Adwok insiste en que es de vital importancia el diálogo entre el norte y el sur. Será difícil, porque las relaciones son ahora muy tensas, pero es imprescindible el entendimiento, considera. De entrada, harán falta grandes dosis de diálogo de cara a resolver el espinoso asunto pendiente del reparto de los beneficios del petróleo, que se extrae en el sur, pero hasta ahora es refinado en el norte. Sin una solución aceptable en este punto, todos los avances hacia la paz podrían venirse abajo.
Ricardo Benju