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Alfa & Omega, 01/12/08 - Hay dos Rembrandt: uno es excesivo e histriónico, y el otro es reflexivo, consumido por el dolor. El primero tiene éxito, dinero y fama; el segundo es ya viejo, y ha visto morir a casi todos sus hijos y a sus esposas. Los dos miman la luz y pueden detener el tiempo en cada cuadro. Los dos están, hasta el 6 de enero, en el Museo del Prado.
Rembrandt pinta la luz como si tuviera con ella una relación especial, como si pudiera detenerla y hacer de ella una modelo obediente e inmóvil. La exposición Rembrandt, pintor de historias, que organiza el Museo del Prado en colaboración con el BBVA hasta el próximo día 6 de enero, recoge cuarenta obras del pintor holandés en las que se ve reflejada toda su capacidad artística.
Son obras de gran dramatismo, en las que el autor se recrea en el momento principal de cada escena, lo que se refleja en los gestos y expresiones de los personajes que componen cada cuadro. Rembrandt capta con genialidad los detalles de cada acción y la luz que se desprende de ella, como si ésta fuera un personaje más. Después de una primera etapa centrada en los detalles exteriores, deudora del estilo de Rubens, su pintor de referencia, con los años se volvió más dramático, preocupado por mostrar el aliento espiritual de sus personajes.
Fue hacia 1645, con 39 años, cuando se inicia la transformación de la pintura de Rembrandt, más preocupado por representar lo esencial del ser humano y acentuar la fuerza expresiva de sus cuadros, en los que abundan los de temática religiosa. Esta inflexión en su vida artística se explica por los dolorosos sucesos que tuvo que vivir durante aquellos años: su hijo Rumbartus muere en 1635, su primera hija Cornelia en 1638, su segunda hija Cornelia en 1640, su mujer Saskia en 1642. Se queda solo con su hijo Titus, de 9 meses. Años después, en 1656, fue declarado insolvente, y sus bienes fueron subastados en los años siguientes. Se casaría en segundas nupcias con Hendrickje Stoffels, que le da un hijo, el cual muere en 1652, y una hija, de nuevo Cornelia, que fue la única que sobrevivió al pintor. Hendrickje moriría en 1663, y su hijo Titus en 1668. Un año después, muere Rembrandt.
No es de extrañar, por ello, que la paleta de Rembrandt se vuelva más expresiva a medida que pasan los años. El carácter extrovertido de sus comienzos y las acciones dramáticas dejan paso a escenas de mayor introspección y quietud, y si pintar es una manera de ver la vida, Rembrandt mira ahora hacia adentro, como si la luz saliera del interior de sus personajes. Las expresiones excesivas y el dinamismo de sus primeras composiciones desaparecen ahora de sus cuadros, sustituidos por la quietud y la concentración psicológica. En cualquier caso, Rembrandt es un pintor siempre en búsqueda, no sólo artística, sino también existencial, y todo ello se puede observar en la exposición del Museo del Prado.
Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo.
( Imágen : San Pedro arrepentido )