lfa & Omega, 01/07/07 - Si en el pasado el protestantismo liberal ponía en cuestión que el Jesús histórico fuese el mismo que el Cristo de la fe, una nueva hornada de libros, más o menos esotéricos, sobre Jesús de Nazaret ha introducido una nueva figura que reclama un nuevo tipo de fe : la fe de quien quiere creer en lo que se dice en códigos da vinci y similares, así como en las investigaciones de sus autores. Si, según algunos, no se puede acceder al verdadero Jesús que vivió en Palestina al comienzo del siglo I, entonces caben todo tipo de recreaciones de su figura, para todos los gustos y colores. Y en el fondo, una sospecha: la de que la Iglesia no puede ser el vehículo válido para el conocimiento de Jesús, y el cristianismo no tiene nada que ver con Jesús de Nazaret; con lo cual, sólo queda crearse un Cristo a medida de los deseos e intereses propios.
Así lo ha denunciado el padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, en un artículo publicado recientemente en Avvenire : «Da la impresión de que de la investigación sobre Jesús se pasa a veces al chisme sobre Jesús. Siempre ha existido la tendencia a revestir a Cristo con los vestidos de la propia época o de la propia ideología. En el pasado, por discutible que sea, eran causas de gran alcance: el Cristo idealista, socialista, revolucionario... Nuestra época, obsesionada con el sexo, no puede pensar en Él sino introduciendo la obsesión, presentando problemas sentimentales. Todo lleva a un resultado de conjunto inaceptable, no sólo para el hombre de fe, sino también para el historiador».
Dejando aparte los lanzamientos literarios más o menos escandalosos y rentables, lo cierto es que Jesús de Nazaret sigue atrayendo, hasta el punto de que muchos autores pretenden apropiarse de su figura y reproducir una imagen de Jesús muy alejada de la verdadera, que hasta ahora conocíamos. Según don Luis Santamaría, autor del trabajo Otro Jesús. Evangelios apócrifos y cultura actual y miembro de la Red Iberoamericana de Estudio de las Sectas (RIES), «nos están presentando otras versiones de Jesús, que resulta así muy diferente al que conocemos por los evangelios canónicos. Sobre todo, puede verse un intento de disociar a Cristo del cristianismo.
Pero ya no es el clásico Cristo sí, Iglesia no, sino que va más allá, proponiendo nuevas identidades de Jesús de Nazaret. Una de ellas es la del maestro de verdades morales universales, y entonces se le adapta al molde de la modernidad liberal. En otras ocasiones se le presenta como el gnóstico, el prototipo del iniciado, que aprendió la sabiduría oculta de niño en Egipto, o en Oriente tras su muerte ficticia ; también puede aparecer como enviado extraterrestre. Pero, sobre todo, lo común es no verlo como Dios encarnado; puede ser un hijo excelso de Dios, pero nada más. Claro, así la exigencia es menor, no puede plantearse un seguimiento radical».
Don Javier Prades, profesor de Teología Fundamental en la Facultad de Teología San Dámaso, de Madrid, afirma que muchos de estos nuevos productos pretenden mostrar una imagen «no sólo distinta, sino alternativa, de Jesús. Se trata de poner en duda -una vez más, porque no es algo nuevo- la credibilidad y la veracidad de la transmisión viva del misterio de Jesús a través de la tradición eclesial».
Nueva Era y sospecha de la Iglesia :
Quien más quien menos conoce el argumento de la imagen de Jesús que presenta el mayor best seller de los últimos tiempos, el Código da Vinci. En su estela han aparecido multitud de novelas con argumentos igualmente escandalosos para la fe católica, y libros de investigadores que ofrecen lo último acerca de Jesús de Nazaret. ¿Cuál es la razón de fondo para la aparición de todos estos libros? Luis Santamaría afirma que, «aparentemente, estos autores, y corrientes, plantean una búsqueda personal en la que cada uno encuentre su versión de la verdad, su porción de sentido. Sin embargo, muchos de ellos son portavoces de la mentalidad de la Nueva Era. Una religiosidad, o mejor dicho espiritualidad, de tipo individualista y desinstitucionalizado. En el centro está el yo, y desde ahí se configura la búsqueda religiosa de manera consumista. Es como un supermercado de valores, creencias y prácticas. La espiritualidad que plantean es bastante desencarnada y prescinde de la pertenencia a una comunidad. Es algo que, aparentemente, sacia la sed de absoluto del hombre, y además añade una excitante nota de misterio y sabiduría. Algunos estudiosos dicen claramente: los apócrifos nos muestran una gran diversidad en los orígenes del cristianismo, lo que legitima entonces que yo ahora viva mi peculiar ser cristiano a mi manera, siguiendo a Jesús como nos lo presenta este escrito y no este otro».
Todo ello exige, sin duda, un nuevo tipo de fe, la que se deposita en estos nuevos autores y libros. Y es que, según Santamaría, «no sólo se pretenden separar los escritos de la comunidad eclesial, sino que también de toda la tradición en la que han surgido y que ellos mismos han producido a la luz de la fe. De hecho, hay corrientes académicas serias que tachan de prejuicio todo lo teológico, y pretenden acercarse a los textos, canónicos y apócrifos, prescindiendo de su necesaria lectura creyente y acogida eclesial, que los dota de vida. Si hablamos de los apócrifos en concreto, muchas veces se les está dando una importancia exagerada, mayor que a los incluidos en el canon, pero de manera selectiva, según los propios intereses. La reciente presentación mediática del Evangelio de Judas se basó en esto, precisamente».
También existe, en el fondo, una sospecha con respecto a la Iglesia, en el sentido de que habría ocultado durante siglos la verdadera imagen de Jesús y supone, por tanto, un obstáculo para la verdad. El profesor Javier Prades afirma, en este sentido, que «se trata de una sospecha ya antigua, que no es, simplemente, un rechazo de la divinidad de Jesús. Lo que sucedió, sobre todo a partir de la Ilustración, es que no sólo se rechaza su divinidad, sino que se pretende afirmar que hay una manipulación de los escritos del Nuevo Testamento, y se propone un ideal alternativo: una ciencia, pretendidamente neutra y aséptica, demostraría los verdaderos rasgos de esta figura. Sería muy instructivo y muy educativo que la gente pudiera conocer todas las etapas de esa historia de una interpretación alternativa de Jesús, y de los fracasos que ha tenido; porque, si no, parece que, cada vez que sale uno de estos aparentes descubrimientos, estamos ante una novedad absoluta. Y no es así».
A vueltas con los apócrifos :
Una gran parte de estas nuevas sobre Jesús están fundamentadas en los evangelios apócrifos. Se dice que la Iglesia ha pretendido ocultarlos por dar una imagen de Jesús alejada de sus intereses. Nada más lejos de la realidad, cuando los testimonios del Nuevo Testamento - y, de modo particular, de los cuatro evangelios - se muestran cada vez con más fundamento científico enormemente cercanos a los hechos descritos (ver páginas 10 y 11 de este mismo número).
Dice don Luis Santamaría que «las tradiciones primitivas sobre Jesús, sus hechos y dichos, su Pasión y resurrección, circularon al principio de forma oral, lo más normal en aquella cultura», y fueron recogidos por escrito ya en los primeros años de la predicación apostólica. Posteriormente, surgieron algunos escritos con el deseo de «llenar las lagunas de la vida de Jesús con una intención piadosa; otros quieren resolver cuestiones apelando a la autoridad de los apóstoles; y otros contienen doctrinas de grupos sectarios. Por eso es necesario un canon, un criterio con el que se diga: además de las Escrituras judías, aceptamos como libros inspirados éstos y no estos otros. Esto es lo que se hace. La Iglesia, que tiene la autoría, es la que tiene esta autoridad, para preservar la verdad revelada, que no es una teoría, sino una persona: Jesucristo. Muchos de estos escritos, además, contienen cosas bastante distantes a Jesús y extrañas a la tradición bíblica».
Don Javier Prades aporta un matiz más a la resolución de esta polémica: «Quien defienda la imagen de Jesús que aparece en un evangelio apócrifo tendrá que justificar cómo alcanza la seguridad de que esos evangelios sí reflejan la verdadera imagen de Jesús. Hay que devolver la pregunta a quien presente una imagen supuestamente revolucionaria de Jesús apoyándose en estos textos, del siglo II o III. ¿Cómo sabe a ciencia cierta que esos documentos reflejan con fidelidad la figura de Jesús? Nos piden dar crédito a esos documentos, con un acto de confianza mucho menos fundado que el de la fe eclesial. Los católicos damos crédito a los textos canónicos de los evangelios y a su interpretación porque se han mantenido en el cauce vivo de la transmisión de la Iglesia, que ha reconocido en los textos canónicos la fidelidad y veracidad en la descripción de Jesús. Situamos la Sagrada Escritura dentro de una cadena viviente de testigos, que han transmitido con su predicación y su vida la figura de Cristo».
¿Cómo conocer a Jesús hoy?
El contexto relativista en el que vivimos hoy invita a poner en entredicho cualquier interpretación que se dé sobre Jesús. El padre Raniero Cantalamessa afirma que «una cierta crítica parte con la intención de disolver los vestidos que se le han puesto encima a Jesús de Nazaret por la tradición eclesiástica, pero al final el tratamiento se revela tan corrosivo que disuelve incluso a la persona que está bajo los vestidos. A fuerza de disipar los misterios sobre Jesús para reducirlo a un hombre ordinario, se termina por crear un misterio todavía más inexplicable». Ante esta confusión de interpretaciones, alguien podría pensar que lo mejor sería suspender el juicio y declarar que es imposible conocer a Jesús. ¿Esto es realmente así? ¿Es imposible conocer a Jesús hoy, a veinte siglos de distancia desde su nacimiento? Don Luis Santamaría habla de la necesidad de «hacerse amigo de sus amigos»; y don Javier Prades dice que «a Jesús se le puede conocer hoy de modo similar como se le conoció en los orígenes del cristianismo, a través de un encuentro con una presencia humana que suscita un atractivo, despierta una curiosidad y que invita a un seguimiento: esto es lo que pretende ser la Iglesia, que hace presente a Cristo para cualquier hombre de hoy. Quien quiera conocer a Cristo hoy, lo puede hacer encontrándose con la Iglesia».
Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo