3/02/05 Alfa y Omega les ofrece un fragmento de artículo La grandeza de Roma y la nostalgia del hogar, escrito por Gilbert K. Chesterton en 1929. Aparece en el libro Vidas romanas, de Antonio Rubio, publicado por Rialp, a quien agradecemos su gentileza para poder reproducirlo:
Me han sugerido que pasemos la Navidad en Roma, pero echaría de menos el pudding de Navidad, mis guantes, mi bufanda, mis botas y mi paraguas. Mucha fe tendría que tener si creyera que en Roma iba a tener ocasión de utilizar todas mis prendas de invierno. Estoy seguro también de que el más crudo de los inviernos proporciona a todo escritor una lucidez y una creatividad probablemente muy superiores a las que yo he tenido en esta Roma de ruinas grandiosas, iglesias y fuentes.
Vine a Roma con el propósito de escribir un libro, y podía haber escrito una pequeña historia de Roma, o un libro sobre Keats, pues el hotel en que nos hemos alojado está enfrente de la casa en que él vivió. Esa avalancha de gentes de toda nacionalidad, que suben y bajan diariamente la escalinata, me incitaba a dejar de dictar a mi secretaria y a unirme a esa fiesta urbana de alegrías, asombros y curiosidades. Si hubiera escrito un libro sobre gentes de Roma y gentes en Roma, mis lectores se habrían quedado privados de sesudas reflexiones de historia y filosofía en torno a la cúpula de San Pedro, o a las fuentes de la Roma barroca.
Al final, mi libro se va a titular La resurrección de Roma. Habrá quien piense que es una apología de la restauración de la soberanía temporal del Papado gracias a los Pactos de Letrán, que han supuesto la creación del Estado de la Ciudad del Vaticano.
Reducir la esencia de Roma y del cristianismo a unas cuantas millas cuadradas es confundir el continente con el contenido. En esta confusión incurren con frecuencia los que quieren dominar continentes sin preocuparse demasiado de las gentes en ellos contenidos. La resurrección de Roma no es otra cosa que la continua resurrección del cristianismo. Podría, por tanto, fecharse lo mismo en este 1929 que en 1999, y hasta en los peores miedos e incertidumbres del año 1000. Otros querían, por el contrario, que resucitara la Roma pagana.
Juliano era el consabido escéptico que quería creer en la mitología para no tener que creer en el cristianismo. Era un racionalista que usaba a su antojo de la irracionalidad del paganismo. Jugaban con la ventaja de saber que los pecados y los errores son humanos y, por tanto, tienen la capacidad de ser perdonados. Sin embargo, las virtudes de un tirano sólo son sueños envueltos de racionalidad.
Acaso Musolini aspire a reconstruir el imperio en los Balcanes, a falta de otro sitio mejor, pero de ahí no puede salir un nuevo y refinado imperio bizantino, porque el Duce une a su natural impetuosidad toda la rudeza de algunas de las teorías de Hegel y Nietzsche. El fascismo se presenta como superador del colectivismo y del capitalismo, y todos saben mi opinión sobre ambos sistemas políticos y sociales.
Esos recuerdos me reafirman en la idea de que el catolicismo no consiste sólo en acudir a la iglesia, sino que se trata de todo un universo en el que el creyente vive. Y es un universo tan abierto como las calles y las gentes de Roma. La agencia Cook anuncia en su propaganda que El mundo es tuyo.
El catolicismo tendría perfecto derecho de tanteo si los propietarios de este eslogan quisieran venderlo, pero resultaría más sencillo y económico que se convirtieran al catolicismo. El mundo sólo puede ser tuyo si es de tu Padre. La existencia de un Padre implica también la de un recién nacido. Una religión con un niño en brazos de su madre tiene que ser necesariamente una religión para el hombre.
Gilbert K. Chesterton