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Alfa & Omega, 16/07/09 - La Asamblea Nacional se dispone a suprimir las congregaciones religiosas. El superior de las Carmelitas, monseñor Rigaud, ordena que se dé inmediatamente el velo a las postulantes, mientras su comportamiento lo permita. El caso de Blanca de la Force (la similitud del nombre con el de la propia autora de la novela salta a la vista) plantea problemas en el Carmelo de Compiègne: es demasiado débil de carácter, asustadiza... El tiempo parece dar la razón a los escépticos. Se confirma la persecución religiosa. Las religiosas saben que les espera el martirio, y se consagran al Cielo. Blanca no puede resistir la presión. Huye. Termina vagando entre la multitud sedienta de sangre...
Las carmelitas llegaron a la plaza de la Revolución cantando. De lejos ya, se oía la salmodia; el canto se abría paso entre los gritos del populacho de manera singularmente clara, ¿o es que los estallidos de las horribles masas enmudecieron a la vista de sus víctimas?
En su canto había algo de luminoso y de amargo, de tierno, pero al propio tiempo algo de muy firme y tranquilo -¡nunca habría creído yo que pudiese brotar de los labios de criaturas condenadas a muerte!- Me tranquilicé de extraña manera. Creator spiritus, creator spiritus. A juzgar por las voces, las carretas avanzaban muy lentamente. Pero aquel canto anulaba por completo toda noción de tiempo, abolía también el espacio, suprimía la grandiosa y sangrienta plaza de la Revolución, abolía la guillotina, abolía la imagen del caos; y de pronto ¡tuve la sensación de hallarme entre seres humanos! En esto, me pareció que alguien me decía al oído: «Francia no bebe solamente la sangre de sus hijos, sino que también derrama para ellos su sangre más noble y pura!
Mi corazón empezó a latir: en ese momento tuve conciencia de que en el coro faltaba una voz muy clara, inmediatamente después, otra. Creía que la ejecución no había empezado todavía, cuando, de hecho, ya estaba casi terminada.
El canto no estaba ahora sostenido más que por dos voces: durante unos momentos notaron ambas por encima de la plaza como un radiante arco iris; después fue como si uno de los lados del arco se apagara, en tanto que el otro seguía brillando. Mas apenas se hubo disipado el primer resplandor, fue reemplazado por otra voz. Era una voz minúscula, delicada e infantil: tuve la ilusión de que no llegaba de lo alto del cadalso, sino que brotaba de las profundidades de la multitud.
En el mismo instante se produjo un movimiento tumultuoso entre las apretadas filas. Vi a Blanca de la Force en medio del torbellino de horribles mujeres: su pequeño rostro, pálido y constreñido, surgió de pronto entre los que le rodeaban. No se veía en él ni rastro de miedo: Blanca cantaba. Cantaba con su vocecilla débil, infantil, sin el más mínimo temblor; lo hacía más bien con la alegría de un pajarillo; cantaba sola en la enorme y sangrienta plaza de la Revolución, llevando hasta el fin el Veni Creator de sus hermanas: «Deo Patri sit gloria/ Et Filio, qui a mortuis/ Surrexit ac Paraclito/ In saecolorum saecula».
Oí claramente la confesión de Dios en tres personas -el Amén ya no lo oí-. (Ya sabe usted que las mujeres enfurecidas le dieron muerte allí mismo). Y entonces, amiga mía, se extinguió el arco iris por encima de la plaza de la Revolución; a pesar de todo, tuve esta impresión: la revolución toca a su fin.
Gertrude von Le Fort