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Alfa & Omega, 26/03/08 - Entre los grandes artistas, unos han destacado en sus obras plásticas más la victoria futura de Cristo sobre el sufrimiento y la muerte, mostrándole ya a la luz de la Resurrección: así lo testimonian, por ejemplo, los Cristos gloriosos del arte románico; también los góticos. Los Cristos de Juan de Juni, de Gregorio Fernández, de Francisco del Rincón, por el contrario, que siguen en esto el realismo y patetismo de autores anteriores, intentan hacer revivir los dolores y el suplicio atroz de Jesús en la Cruz. Es un realismo casi insostenible a la vista. Pero tal vez no alcanzan el patetismo de la conmovedora imagen de la Cruz pintada por Matthias Grünewald (1475-1528) en Esenheim.
¿Por qué se han representado los sufrimientos de Jesús con tanto realismo y patetismo? Cualquier imagen de Cristo crucificado, en realidad, ha sido sentida a lo largo de la historia de la Iglesia constantemente como imagen del consuelo y de la esperanza. En el caso del altar de Esenheim, hoy en el museo de Colmar (Francia), éste se hallaba en un monasterio en el que eran asistidas las personas afectadas por las terribles epidemias que azotaron el Occidente europeo al final de la Edad Media. El Crucificado es representado como una de ellas: aquejado por la honda congoja de aquel tiempo, plagado de llagas por todo el cuerpo. En Él se hace realidad la palabra del profeta de que nuestras heridas se conservarían en Él.
Los monjes oraban con sus enfermos ante esta imagen. En ella encontraban consuelo, pues sabían que Dios padece con ellos en Cristo. Así lo pensaban también nuestros imagineros al esculpir los Cristos de la Semana Santa vallisoletana. Gracias a esas imágenes tenían los fieles conocimiento de que, merced a su enfermedad y dolencias, se identificaban con Cristo crucificado, que, como derrotado, se había hecho uno con todos los derrotados de la Historia. En su propia cruz sentían la presencia del Crucificado, y sabían que, gracias a su necesidad, eran mantenidos en Cristo, es decir, en el abismo de su infinita misericordia. Vivían la cruz de Cristo como su propia salvación.
¿Sigue sucediendo hoy lo mismo que entonces? En la actualidad, hay muchos hombres y mujeres que sienten una profunda desconfianza frente a este modo de entender la salvación. Consideran el consuelo del cielo sobre este valle de lágrimas como vana promesa que para nada mejora las cosas, sino que ayuda a perpetuar la miseria del mundo y a no luchar contra ella, favoreciendo además sólo a quienes tienen interés en la conservación de la situación existente.
En lugar de esa vana promesa, reclaman una transformación que elimine el dolor y nos libere. La consigna hoy no es liberación por el sufrimiento, sino liberación del sufrimiento: el cometido no es esperar la ayuda divina, la paz que viene de Cristo solidario con nuestro dolor, sino la humanización del hombre por el hombre. Nuestro Dios, sin duda, nos invita a luchar contra el dolor, a mitigarlo, a que no recaiga injustamente sobre los más débiles, a no aceptar una resignación que, en ocasiones, no tendría nada de cristiana. La salvación del hombre por el hombre, la humanización con el solo esfuerzo humano, me parece, sin embargo, una quimera, algo tremendamente equivocado.
Lo dice mejor el Papa en su última encíclica: «Al igual que el obrar, también el sufrimiento forma parte de la existencia humana (…). Conviene, ciertamente, hacer todo lo posible para disminuir el sufrimiento; impedir cuanto se pueda el sufrimiento de los inocentes; aliviar los dolores y ayudar a superar las dolencias psíquicas. (…) Es cierto que debemos hacer todo lo posible para superar el sufrimiento, pero extirparlo del mundo por completo no está en nuestras manos, simplemente porque no podemos desprendernos de nuestra limitación, y porque ninguno de nosotros es capaz de eliminar el poder del mal, de la culpa, que -lo vemos- es una fuente continua de sufrimiento. Esto sólo puede hacerlo Dios: y sólo un Dios que, haciéndose hombre, entrase personalmente en la Historia y sufriese en ella» (Spe salvi 36).
Lo que cura al ser humano no es, pues, esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito... ¡Y ha resucitado! ¿Cómo no va a valer esta forma de morir de Cristo que, aunque nos invita a rechazar la injusticia del mundo, entrega su vida en la Cruz, y de ahí nace, por ejemplo, la Eucaristía, verdadera saciedad de los pobres?
+ Braulio Rodríguez Plaza