!--ned//-->
Alfa& Omega, 12/06/08 - En Farenheit 451, el escritor Ray Bradbury describe un hipotético futuro en el que la palabra escrita está prohibida y los libros son requisados y quemados, todo para que la gente no piense y pueda así vivir feliz. En medio de este panorama totalitario, un grupo de personas memoriza las palabras escondidas en los libros, lo que les permite resistir y custodiar así su libertad; son las personas-libro. Es un futuro imaginado, pero no muy alejado de aquel que describe George Orwell en 1984, en el que el ojo del gran hermano oprime y controla hasta el extremo la vida de los individuos. Y tampoco queda muy lejos del presente, con todas las posibilidades tecnológicas que nos rodean, ideadas para comunicarnos mejor y que, sin embargo, parecen aislarnos más que nunca.
En medio de este panorama, las palabras, los libros, surgen como un medio de resistencia, una manera de sentirse vivo, y vinculado a otros, al autor, al texto, a los otros lectores. Así ha surgido la experiencia de las personas-libro (www.personaslibro.org), un grupo de personas que, siguiendo a los protagonistas de la novela de Bradbury, se aprenden de memoria poemas o párrafos enteros de novelas para, luego, entregarlos al público. «La primera condición para ser persona-libro -dice en el entorno de la Feria del Libro don Antonio Rodríguez Menéndez, responsable de esta experiencia- es elegir un texto deseado, que te atraiga de una manera especial, porque si no te gusta no hay nada que hacer. Y la segunda condición es entregar ese texto a los demás, no soltar las palabras sin más». Y es que, para él, «las palabras tienen vida, las palabras miran y respiran, y siempre tienen una dirección, porque nos unen con el autor del libro, con los otros lectores, y con las personas a las que nos dirigimos». Tras él, sale la primera persona-libro, una chica que, con voz tranquila, recita Al cabo, de Amalia Bautista: «Al cabo, son muy pocas las palabras/ que de verdad nos duelen, y muy pocas/ las que consiguen alegrar el alma./ Y son también muy pocas las personas/ que mueven nuestro corazón, y menos/ aún las que lo mueven mucho tiempo./ Al cabo, son poquísimas las cosas/ que de verdad importan en la vida:/ poder querer a alguien, que nos quieran/ y no morir después que nuestros hijos».
Dice el señor Antonio Rodríguez Menéndez que, al entregar los textos almacenados en la memoria, «la persona hace un pacto con el libro: éste le entrega a aquella una palabra, y la persona presta al libro su propia voz. Y al leer ya no estamos en nosotros, sino en el texto y en los demás, en dos lugares con vida». Los poemas de Benedetti, o de Oliverio Girondo, resuenan en las instalaciones de la Feria del Libro, en la voz de varios hombres y mujeres que se van turnando para entregarlos al público. También Instrucciones para dar cuerda al reloj, de Julio Cortázar, o el capítulo 7 de su Rayuela: «Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar». O el inicio de Cien años de soledad, de García Márquez: «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo».
Al final de la tarde, queda resonando en el oído el eco de multitud de palabras, todas ellas llenas de vida. Y es que, como dice Rodríguez Menéndez, «la última condición para ser persona-libro es disfrutar». De esta experiencia nace la literatura, la vida, el placer de leer. Al cabo, se trata de eso.
Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo