p>El padre Hernández, carmelita, ha sido testigo del éxodo de millón y medio de católicos iraquíes, que han tenido que partir a otros lugares para salvaguardar su integridad. Vecinos católicos le cuentan, a diario, cómo reciben cartas con proyectiles para forzar la conversión de sus hijos al Islam. En Pakistán -país de los puros-, un niño católico no puede jugar con un niño musulmán porque lo contaminaría. El cuerpo del padre Iván Grgic apareció en Banja Luka con 60 balazos. El padre Philip y la Hermana Cecilia se encontraban en el interior de su iglesia cuando un camión cargado de dinamita irrumpió en el templo y lo convirtió todo en cenizas, también a ellos.
En las recientes inundaciones de Pakistán, los organismos gubernamentales encargados de socorrer a los damnificados, marginaban a los católicos que no aceptaran la conversión al Islam. En Damasco, Siria, un sacerdote recibe a diario la visita de un joven, angustiado porque sus padres, amigos y vecinos le han amenazado de muerte por haberse convertido al catolicismo.
China respeta sólo a los cristianos que pertenecen a la Asociación Patriótica China, controlados por el Gobierno y sin reconocer la autoridad del Papa, mientras entre 8 y 10 millones de chinos viven su fe católica en la clandestinidad, con peligro de muerte. En Cuba hay un comisario político en cada parroquia. Y así, suma y sigue. Hace unos días, la asociación Alborea, de Albacete, invitó a Javier Fariñas, de Ayuda a la Iglesia Necesitada, para que nos hablara de los 350 millones de cristianos perseguidos a causa de su fe.
Estoy de acuerdo con Javier: el gran favor que podemos hacerles es contar sus historias.
Juan Pablo L. Torrillas
Albacete