lfa & Omega, 15/01/07 - El viaje que hizo no hace mucho el Papa Benedicto XVI a Verona ofreció un aspecto particular. No se puede olvidar que Verona es la ciudad que vio nacer, en 1885, a Romano Guardini. Es -se podría decir- el cruce de caminos donde se encuentran las vidas de Guardini y Josef Ratzinger. Guardini pasó la primera infancia en Italia, y se hará alemán por formación espiritual e intelectual. Después de sus años de profesor en Berlín y Tubinga, enseñará Visión cristiana del mundo en Munich, donde morirá en 1968. Ratzinger hará el camino inverso: después de enseñar Dogmática en Freising, continuará su actividad en Bonn, Münster y también Tubinga, como el mismo Guardini. El 25 de marzo de 1977, Pablo VI lo nombrará arzobispo de Munich y Freising. Al igual que para Guardini, Munich parece ser para Ratzinger la etapa decisiva; pero aquí, los caminos se desvían. Si el filósofo de Verona sentirá siempre la llamada del Norte, el teólogo alemán tendrá como destino el Sur; Roma e Italia serán para este último su definitiva patria espiritual.
Junto a estos itinerarios, a la vez coincidentes y opuestos, estas dos figuras tienen otros puntos en común. De 1946 a 1951, Guardini asume en Munich el papel de referente intelectual y espiritual al que todos reconocen. Para Ratzinger, entonces en la veintena, la fascinación por una figura como ésa marcará indiscutiblemente su propio perfil intelectual. La relación entre el futuro Papa y el maestro es intensa. Son muchos los elementos en los que convergen ambos pensadores, figuras decisivas de la Iglesia en el siglo XX. Los dos beben de la tradición agustiniana, y también de la franciscana y buenaventuriana. Si Guardini escribe sobre Buenaventura su tesis de capacitación universitaria, Ratzinger obtendrá la cátedra con su trabajo La teología de la Historia en san Buenaventura. Guardini escribirá trabajos magistrales sobre san Agustín, mientras que Ratzinger se doctora en Teología con la tesis Pueblo y casa de Dios en la doctrina de la Iglesia de san Agustín. Ambos están preocupados por encontrar lo esencial del cristianismo; Guardini escribe, en 1938, la espléndida La esencia del cristianismo, mientras que Ratzinger tratará el tema en 1968, con su Introducción al cristianismo, su obra más célebre. Comparten asimismo la preocupación por la Iglesia, su sentido y su destino, así como por el futuro de una Europa que tiende a repudiar su pasado. También tienen en común la pasión por la liturgia. Para expresar su deuda con Guardini en este ámbito, Ratzinger tituló su libro de 1999 Introducción al espíritu de la liturgia, en línea con el célebre El espíritu de la liturgia, del filósofo veronés, publicado en 1918. El mismo Ratzinger escribe en su libro: «Una de mis primeras lecturas tras el inicio de mis estudios teológicos, a comienzos de 1946, fue la opera prima de Romano Guardini. Ella contribuyó de manera decisiva a hacer que la liturgia, con su belleza, su riqueza escondida y su grandeza que atraviesa el tiempo, fuera descubierta de nuevo como centro vital de la Iglesia y de la vida cristiana». Guardini y Ratzinger son un fecundo ejemplo de relación intelectual y de un destino espiritual compartido.
Silvano Zucal
en Avvenire