lfa & Omega, 10/12/06 - En algunas clínicas abortistas españolas se practican abortos hasta prácticamente el final del embarazo, en violación de una legislación ya de por sí permisiva. Hemos llegado a la macabra situación de tener que estar casi agradecidos a aquellas clínicas que sí cumplen los plazos legales para abortar. Eso le salvó la vida a Noor.
Su madre, Ayar, como la mitad de las mujeres que abortan, es inmigrante. Se dio cuenta de que estaba embarazada en el sexto mes, no tenía (ni tiene) contacto con su familia, y vivía en un piso de acogida. En la clínica no la dejaron abortar: «Luego hablé con una trabajadora social, y miré en Internet. Me arrepentí de haber querido abortar, porque el feto ya estaba completamente formado». Por su embarazo, la echaron del trabajo y su novio la dejó. En la institución que la acogía la animaron a seguir adelante con el embarazo, y la derivaron a la Fundación Madrina. Allí, recibió asesoramiento, y ayuda material y psicológica, y pudo quedarse en otro piso hasta cuarenta días después de dar a luz. Ahora, la pequeña Noor tiene tres meses y vive con su madre en un hogar para madres solteras.
La Fundación Madrina trabaja, sobre todo, con mujeres que llegan a ellos a través de los servicios sociales u otras instituciones, o enviadas por terceras personas. Presentan, en cerca de un 90% de los casos, otras problemáticas, como familias desestructuradas y problemas afectivos, que hacen que el aborto sea sólo la punta del iceberg. La ayuda que reciben, en consecuencia, no se centra sólo en proporcionarles ayuda material -pisos de acogida, canastillas, talleres de empleo-, sino también, y quizá más importante, asesoramiento y un entorno afectivo estable, con madres veteranas que las amadrinan, u hogares que las acogen, y se convierten en su familia.
Sin embargo, muchas otras mujeres están decididas a abortar y rechazan, a priori, toda ayuda o invitación a considerar alternativas. La Fundación Vida se especializa en ofrecer a estas mujeres el asesoramiento y la información que, según la ley, toda mujer debería tener: cómo es el aborto, consecuencias posteriores, alternativas, etc. Intentan ganar tiempo, reducir la tensión con que se vive la crisis, las acompañan a las ecografías para que puedan ver a su hijo, cosa que en las clínicas abortistas se evita. Esperan conseguir que ellas, muchas ya con hora para abortar, tomen la decisión con más calma y desde otra perspectiva. Al final, la mitad decide luchar por su hijo y beneficiarse del servicio integral que la Fundación les ofrece, y que incluye vivienda, guardería, empleo, seguimiento médico, asesoramiento, alimentación y ayuda material.
Son historias como la de Isabel, que, a pesar de casi no poder pagar el alquiler, y del coqueteo de su marido con las drogas, decidió salvar a su segundo hijo, y aceptó con valentía su tercer embarazo; la de María Teresa, que, ya entrada en los cuarenta, temía perder su nuevo empleo; Yina, que se quedó embarazada a los 18 años y que, si hubiera abortado, nunca habría sabido que «un hijo no te arruina la vida»; una amiga suya había abortado y le dijo: «Por favor, no lo hagas». También la de otra madre que aprendió, de la forma más dura, que «el aborto parece el camino más fácil, y es el más difícil» y, aunque uno ya no está, se siente madre de dos niños, cada uno con su nombre. Sus circunstancias son bastante diferentes, pero todas se horrorizan hoy al pensar lo que estuvieron a punto de hacer. Una frase se repite a menudo: «¡Madre mía, lo que iba hacer!» Ahora se emocionan al mirar a sus hijos. Ellos les han dado la fuerza para seguir adelante.
María Martínez López