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Alfa & Omega,01/02/11 - «Los cristianos hemos recibido en el Bautismo la consigna de servir al Señor con alegría. El mal humor no se compagina con la Buena Noticia que es el Evangelio, que hemos de vivir y anunciar a todas las gentes. El Evangelio no se puede anunciar con mala cara, ni se puede vivir con malos humores. Sabiduría sin humor no es verdadera sabiduría. Humor sin sabiduría es necedad». Así se expresa monseñor Damián Iguacén, obispo emérito de Tenerife, en su meditación sobre la advocación mariana Nuestra Señora del Buen Humor, que acaba de reeditar en una edición personal y limitada.
Humor no es sólo risa
Monseñor Iguacén es el obispo más longevo de España y ha profundizado en otras formas de referirse a la Virgen María, como, por ejemplo, Nuestra Señora del Silencio, Nuestra Señora del Stop; María, Madre de la Vida; o Nuestra Señora del S.O.S. Y en esta ocasión, como en las anteriores, lo hace con agilidad en las formas y rigor en el fondo: «El buen humor no es humorismo, comicidad, ingenio, agudeza, ni chiste. No confundamos las cosas. Humorismo es ironía en el decir; el buen humor no habla nunca con ironía. Las agudezas provocan la risa al sugerir una conexión de cosas que suelen ir disociadas; el buen humor no es para provocar la risa, sino la alegría». Y sigue: «Frente a tanta majadería, necesitamos hombres y mujeres de buen juicio, de rica vida interior, personas sensatas, con hondura, que tengan cosas importantes que decir, cosas importantes que hacer, soluciones que aportar. Necesitamos personas que entusiasmen, que estimulen y animen. No nos sirven los mitos, las personas de fachada, que engañan con sus cuentos, sonrisas y zalamerías. Necesitamos personas de buen humor».
Sin evangelizadores tristes
Por eso, al final de su meditación, monseñor Iguacén exclama: «Quiero animar, quiero entusiasmar. Ilusos no, nunca. Ilusionados sí, siempre. No se puede anunciar el Evangelio a través de evangelizadores tristes, desanimados. No caigamos en complejos de anticuados, asediados, derrotados. Santa María del Buen Humor, ruega por nosotros, pecadores, por tristes y malhumorados, para que seamos dignos de gozar de inalterable buen humor aquí en la tierra y del eterno gozo en el cielo».
Callar, o no callar
Junto a la meditación sobre Nuestra Señora del Buen Humor, el obispo emérito de Tenerife ha reeditado otra (de la misma extensión), sobre Nuestra Señora del Silencio, en la que explica, entre otras cosas, que «el silencio que nos pide el Señor no es estar callados; es un modo de hablar. El silencio de Nuestra Señora del Silencio no es mutismo»; que «necesitamos tiempos y espacios de silencio» ante el bombardeo mediático; y que, al mirar a Jesús, aprendemos cuándo hay que callar y cuándo hablar, «porque no todo silencio es bueno. Hay silencios que son cobardía, pusilanimidad, comodidad», y, de hecho, «los cristianos vergonzantes son excelentes colaboradores del mal».
Aceptar las exigencias en silencio
Monseñor Iguacén concluye: «En la Casa del Señor, esperando, se sirve. Ten ánimo, sé valiente, espera en el Señor. Cuando tantos noveleros pintan de blanco lo que siempre fue negro; cuando nos proponen caminos más anchos y el Señor nos llama a caminar por la senda estrecha que conduce a la vida; cuando lobos rapaces disfrazados de ovejas nos proponen un evangelio más natural, una fe sin obras, una religiosidad sin mandamientos, y halagan nuestros oídos con fábulas de moda; entonces, en estas situaciones, aceptar en silencio y con amor las exigencias de una vida coherente cristiana, y seguir adelante, eso es el silencio de aceptación plena de amor. No hay amor más grande».
José Antonio Méndez