El odio a todo lo católico, que se apoderó de Occidente desde la Ilustración, nunca se acabó por completo. Los intelectuales occidentales desprecian la moral católica, que les reprocha sus estilos de vida. Más aún, para describirse a sí mismos como parte de la vanguardia de la Historia, como los que nos llevan hacia el maravilloso nuevo mundo del mañana, tienen que describir el pasado católico en los términos de mayor oscuridad posible. Puesto que representan la tolerancia, la razón y el progreso, para ellos, la Iglesia debe representar justo lo contrario. Eso implica que no puede haber ningún tipo de reconocimiento del papel de la Iglesia, por ejemplo, en el establecimiento del papel del sistema de universidades, o en el fomento de las ciencias, una idea, esta última, que parecerá una sorpresa a muchos europeos, pero en la que cada vez insisten más líneas de investigación de la historia de la ciencia.
¿Qué diferencia supondrá para Europa el que tome conciencia de sus raíces cristianas o, por el contrario, decida obviarlas?
La negativa de los intelectuales y los burócratas europeos a reconocer las raíces cristianas como tales no es significante por sí misma, puesto que cualquier persona medianamente educada es consciente de esas raíces. Pero es, sin duda, revelador, ya que está claro que esos intelectuales conocen perfectamente este pasado, de modo que han debido desarrollar un odio y una animadversión intensa hacia la Iglesia católica para ignorar su influencia en la civilización europea, y para hacer creer a todos que Occidente nació solamente de la antigüedad clásica y de la Ilustración. Si los políticos e intelectuales están tan consumidos por este tipo de odio, eso sólo presagia cosas malas para el futuro. No puedo decir cuáles son serán las consecuencias. Pero si la Iglesia no es considerada como algo fundamental en el carácter europeo y, en su lugar, queda relegada a un papel secundario en la Historia, será cada vez más sencillo silenciar las objeciones que pone la Iglesia a la actual deriva cultural.
¿Cree que las diferencias entre Europa y Estados Unidos se deben a una diferente visión del mundo motivada por la diferente percepción de la presencia de Dios en la vida pública?
No estoy de acuerdo con esta idea, salvo en una excepción que expondré después. Parte de estas tensiones son económicas. En su libro Cowboy capitalist, Olaf Gersemann desarrolla los incontables errores de concepto que los europeos tienen respecto al capitalismo estadounidense, que ni es tan libre ni desestabilizador como suelen pensar. Los estadounidenses son mucho más prósperos. Los europeos ven la libertad de empresa americana como algo desagradable y vulgar, algo muy por debajo de ellos. Aunque no sé qué es lo que ven tan noble en estar desempleado o empobrecido.
La segunda fuente de tensión con Estados Unidos es su política exterior unilateral. Pero tampoco tiene mucho que ver con la religión. Sin embargo, hay una excepción, aunque no es muy relevante. Muchos evangélicos estadounidenses, proisraelíes, son proclives a la guerra porque creen que una conflagración apocalíptica en Oriente Próximo aceleraría el regreso de Cristo y les abriría el camino al cielo. De modo que no les importa lo imprudente que sea la política exterior en esta región. De hecho, cuanto más temeraria sea, mejor. Y los políticos saben que los evangélicos proporcionan un sustancioso número de votos. Los europeos, por su parte, están horrorizados con este tipo de primitivismo.
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