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Alfa & Omega, 19/11/07 -
No puede decirse que las noticias que dan hoy los medios de comunicación reflejen un mundo a la medida del hombre, y no porque falte -que falta, ¡y cuánto!- humanidad en multitud de aspectos y circunstancias de la vida, sino porque es una humanidad dañada en el centro mismo de su ser. Con esta herida en el corazón del mundo, precisamente, y no con la caricatura de la religión que suelen ofrecer esos mismos medios, tiene que ver la celebración del Día de la Iglesia diocesana, que hoy ocupa nuestro tema de portada.
La pertenencia a la Iglesia, a la familia de los hijos de Dios, que es una y extendida por toda la tierra, pero que tiene el rostro cercano y concretísimo del pastor y de los hermanos congregados en torno a él, sucesor de los Apóstoles, no puede ser una cuestión privada sin relevancia pública. Si a eso queda reducida, tal falsedad no sólo arruina la vida del cristiano, sino la de la sociedad entera. Decir esto puede parecer políticamente incorrecto, y hasta una osadía intolerable, pero es la verdad. Pertenecer a la Iglesia, ciertamente, es la auténtica realización de la vida humana, en cuanto tal vida humana. El propio Concilio Vaticano II, en su Constitución Gaudium et spes, lo subraya con su clara afirmación de que la Iglesia es «signo y salvaguardia de la trascendencia de la persona humana». Pertenecer a la Iglesia, por tanto, no es un añadido subjetivo, puramente espiritual, sino la realidad objetiva que define nuestra identidad humana en su verdad más honda. En el evangelio de San Juan, Jesús lo denomina vida en abundancia, y es su gran promesa, la única promesa que responde al deseo de felicidad infinita que constituye a todo ser humano.
«Todo hombre -escribe Benedicto XVI en su libro Jesús de Nazaret- desea la vida en abundancia. Pero, ¿qué es, en qué consiste la vida? ¿Dónde la encontramos? ¿Cuándo y cómo tenemos vida en abundancia? ¿Es cuando vivimos como el hijo pródigo, derrochando toda la dote de Dios? ¿Cuando vivimos como el ladrón y el salteador, tomando todo para nosotros?» No hay cuestión más decisiva que ésta, y justamente tal y como está formulada en estos términos tan concretos y tan esenciales. Habla el Papa de la imagen del pastor que, al contrario que el ladrón que viene «para robar, matar y hacer estragos», no quita la vida, sino que la da a las ovejas. Las palabras de Jesús no dejan lugar a dudas: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia». E igualmente es nítida la reflexión de Benedicto XVI: «Ahora bien, ¿qué significa todo esto?» Y surge la pregunta clave: «¿De qué vive el hombre?... El hombre vive de la verdad y de ser amado, de ser amado por la Verdad. Necesita a Dios, al Dios que se le acerca y que le muestra el sentido de la vida, indicándole así el camino de la vida. Ciertamente el hombre necesita pan, necesita el alimento del cuerpo, pero en lo más profundo necesita sobre todo la Palabra, el Amor, a Dios mismo. Quien le da todo esto, le da vida en abundancia». ¿Cabe mayor urgencia que vivir la pertenencia a la Iglesia, y de un modo real y concreto, tal y como se lleva a cabo en la Iglesia diocesana?
Es la vida misma lo que está en juego. Cuando la Iglesia la defiende con el máximo vigor, no está librando ninguna batalla particular, es a la sociedad entera, incluidos sus aspectos económicos, políticos, culturales y de todo tipo, a quien está defendiendo, como hizo el Papa en su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de este año 2007: «Por lo que se refiere al derecho a la vida, es preciso denunciar el estrago que se hace de ella en nuestra sociedad: además de las víctimas de los conflictos armados, del terrorismo y de diversas formas de violencia, hay muertes silenciosas provocadas por el hambre, el aborto, la experimentación sobre los embriones y la eutanasia». La conclusión no puede ser más elocuente: «¿Cómo no ver en todo esto un atentado a la paz?» En este ataque a la vida misma, porque se han cerrado los ojos a su verdad trascendente, queda bien patente la raíz que destruye el matrimonio y la familia, la educación de los hijos y todas las estructuras de la sociedad.
La pertenencia a la Iglesia, dentro de una comunidad viva en torno al obispo, no responde a ningún interés particular, sino al de la Humanidad entera, a ese interés enraizado en el fondo de todo corazón humano por la vida en abundancia. Por eso, desde el primer instante en que nace la Iglesia, el mismo día de Pentecostés, esa unidad de los cristianos no puede por menos que abrir sus brazos al mundo entero, pues es la Vida de todos los hombres lo que contiene en sí. Y no lo hace con planes y programas humanos, sino desde la experiencia misma del Don recibido. Así se lo ha dicho Benedicto XVI a los jóvenes, en su Mensaje para la Jornada Mundial de Sydney 2008:
«Toda comunidad cristiana tiene que inspirarse constantemente en este icono de la Iglesia naciente. La fecundidad apostólica y misionera no es el resultado principalmente de programas y métodos pastorales sabiamente elaborados y eficientes, sino el fruto de la oración comunitaria incesante. La eficacia de la misión -continúa el Papa- presupone, además, que las comunidades estén unidas, que tengan un solo corazón y una sola alma».
Y evocando a Juan Pablo II, en su encíclica Redemptoris missio, concluye con esta luminosa afirmación: «Antes de ser acción, la misión de la Iglesia es testimonio e irradiación», como en los comienzos, cuando, en palabras de Tertuliano, los paganos se convertían viendo el amor que reinaba entre los cristianos: «Ved -dicen- cómo se aman entre ellos». He ahí el signo supremo de la vida en abundancia, sin la cual todo se pierde.
Todo lo tenían en común :
Desde sus orígenes, la Iglesia ha realizado su misión con la ayuda de todos sus miembros. La Iglesia no sólo era un solo corazón y una sola alma , como dice el libro de los Hechos, sino que todo lo tenían en común y ninguno de sus miembros pasaba necesidad. Con los bienes que aportaban los cristianos se atendía a los pobres, se sostenía a los misioneros, que en los primeros años del cristianismo realizaron una ingente tarea apostólica, y pudieron llevarse a cabo las obras que nacían de la proclamación del Evangelio. Los cristianos eran conscientes de que lo económico, como sucede en cualquier realidad humana y social, pertenecía a la entraña de su responsabilidad como creyentes.
La Iglesia actual no puede llevar adelante su misión sin la aportación de sus fieles. Un cristiano que no se toma en serio su responsabilidad económica no ha llegado a entender plenamente la comunión de la que forma parte gracias al Bautismo y a la Eucaristía. Es preciso recordar que Cristo nos ha enriquecido para que nosotros podamos enriquecer a otros. Y en este sentido, hay que entender lo que la Iglesia hace: templos y complejos parroquiales, seminarios, colegios y centros de enseñanza superior, universidades, lugares de acogida para marginados de diversos tipos, centros de atención a los pobres, y tantas otras iniciativas que han nacido de la caridad, que es la entraña misma del cristianismo...
La nueva situación económica exige, para llevar adelante nuestra misión, que podamos contar con recursos fijos y estables, no sólo con las colectas, sino mediante las suscripciones, que permiten hacer planes a corto y largo plazo, como ocurre con cualquier familia y comunidad humana. Vivid plenamente la fe en Cristo y crecerá vuestra caridad, el signo más elocuente de la fe. Aquello que dais a la Iglesia redunda en vuestro bien, puesto que todos nos beneficiamos de lo que damos.
+ Antonio Mª Rouco Varela
de su Carta para el Día de la Iglesia diocesana
Imágen de archivo: La Iglesia diocesana: comunidads viva unida en torno al obispo